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Ana Pastor, la madre superiora

Así la describía un pésimo asesor del PSOE cuyo nombre escapa a mi memoria. Fue la única vez que aquel hombre acertó, aunque, todo hay que decirlo, la definía así para atacarla erróneamente porque no sabía, ni sabe, a qué se dedica una abadesa. Ana Pastor es realmente una madre superiora. Lo sé porque fui sobrino de María Dolores de la pasión de Jesús, superiora del convento de Calabazanos, en Palencia, cuyo verdadero nombre fue el de Dalia Cota, una señora que ya murió pero me recuerda mucho a Ana Pastor. 

Ana Pastor. DP

Ana Pastor es mi amiga, así que todo lo que viene a continuación ha de tomarse como un perfil escrito por un autor condicionado, propenso al elogio de sus amigos, con una opinión subjetiva y poco sutil. Nunca escribiré ni media mala palabra sobre Ana Pastor, y eso es porque es la única política que a mí jamás me ha mentido a pesar de tener miles de oportunidades para hacerlo. He dudado de ella en dos ocasiones. Una fue cuando era ministra de Fomento. Me prometió una entrevista. Pasaban los días, los meses, los años y yo ya me había olvidado de ella, pero un buen día me llamó y me dijo: "Cota, si puedes nos vemos el viernes y hacemos eso que tenemos pendiente, que os lo debo". Fue su última entrevista como ministra de Fomento y se la dio a Diario de Pontevedra; otra vez, pocos meses después, ya siendo ella Presidenta del Parlamento, le pedí otra entrevista y ocurrió lo mismo: pasaron las semanas, los meses y los años y nuevamente volvió a llamar: "Cota, a ver si puedes venir el miércoles de la próxima semana, que os debo un reportaje". También fue su última entrevista como Presidenta del Parlamento y también se la dio al periódico de su ciudad, pudiéndosela dar a cualquier medio del mundo. 

Todo esto anterior es para dar testimonio de que es una mujer de palabra. Una buena madre superiora, que luego las hay malas, es una mujer de carácter pero bondadosa; firme pero comprensiva. Sabe mandar y sabe escuchar. Tiene las ideas tan claras que las defiende hasta contra los suyos. Siempre he pensado que lo que necesita España son veinte líderes como Ana Pastor, sean de partido que sean. No vino a trepar pero ascendió; no vino a por un sueldo que no necesitaba pero acabó consiguiéndolo por méritos. En esta sección mi trabajo es señalar lo bueno y lo malo de cada personaje, y en este caso cuesta. 

Lo malo de Ana Pastor, ya que estoy obligado a escribirlo, es pertenecer al PP de Pablo Casado. Si yo fuera ella llamaría a Madrid para que no distribuyeran entre la prensa gallega ninguna cosa que llegara de fuera: ni a Suárez Illana, ni a Juan José Cortés ni a la condesa Cayetana Álvarez de Toledo, ni por supuesto a Casado. El PP no la merece, y diría que tampoco la merecen el resto de los partidos, de ahí que nunca ninguno se haya quejado de ella. 

Ana Pastor es la única política que en las dos últimas décadas no se ha pringado en asuntos turbios; la única que ha sobrevivido a las purgas judiciales, mediáticas e internas. La única marianista que ha sobrevivido a las purgas de Casado; la única que merece seguir ahí, la única en el PP que dignifica la política como algo útil a la sociedad. La única que nunca miente y que tiene una palabra que vale su peso en oro. Ya dije que es mi amiga. La amo. Ojalá me muera entes que ella, porque si no es así acabaré mis días sin creer en nada.

Ana Pastor, la madre superiora
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