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Yo no he sido

Nadie quiere asumir la culpa del esperpento en el que se ha convertido la Diputación

SE COMPORTAN como niños que acaban de hacer una trastada. Pero no lo son. Son personas adultas que ocupan un cargo público y cobran por ello. Individuos que están en una corporación provincial en representación de sus vecinos. Tienen la obligación de conducirse con dignidad y educación. Es lo mínimo que les podemos pedir. Por supuesto, también podemos exigirles, faltaría más, que obren de acuerdo con los intereses generales de la provincia y que solventen problemas. Que no se conviertan ellos mismos en uno, y de los gordos. Ya no son tiernos infantes. Después del espectáculo lamentable que vienen protagonizando desde que ha comenzado este mandato, ninguno puede irse de rositas. No basta con decir: "Yo no he sido". Todos, en menor o mayor medida, son responsables de lo que está pasando. Nadie quiere la culpa, pero todos lanzan la red para ver si pueden pescar algo en un río que ellos mismos enfangan por no sacar los pies del lodo. No puedo sentirme extrañado u ofendido cuando un compañero de A Coruña me pregunta "si hay algo raro en el aire de Lugo". Es normal que surja la sospecha. También puede ser algo que comemos. Entre una jueza que supuestamente ejerce a ratos libres como pitonisa y un exvicepresidente de la Diputación que tiene que ser retirado por dos guardias de seguridad de la tribuna de invitados podemos decir que esta semana esta servida de acontecimientos peculiares, singulares o bochornosos. Como prefieran.

Es cierto que Martínez volvió a montarla. Pero también lo es que al día siguiente pidió disculpas públicamente por su comportamiento inadecuado. No sabría decir si su expulsión del pleno fue o no rigurosa. Digamos que la celeridad del presidente de la Diputación a la hora de enseñarle la puerta de salida no es habitual. Nos tiene acostumbrados a una dosis de paciencia con el diputado díscolo que no hacía presagiar un desenlace tan rápido. Le aviso, le aviso y le echo. Punto. El alcalde de Becerreá dijo que todo estaba orquestado para evitar que pudiese votar en contra de la disolución de su Suplusa del alma. Quién sabe. Efectivamente, los rectores socialistas pudieron haber tejido esa estrategia para eliminar un chiringuito que ellos mismos crearon y del que se sirvieron profusamente para sus tejemanejes políticos. Ahora, en manos del Partido Popular y de su antiguo compañeros de filas, se está convirtiendo en una molesta pústula que entorpece sus planes. Un furúnculo administrativo que hace oposición al grupo socialista con los propios recursos de la institución provincial.

Martínez se subió al gallinero y dejó una escena memorable, para bien o para mal, en el paraninfo de San Marcos. Desde la tribuna de invitados insultó a gritos a Campos y a sus antiguos camaradas. Al jefe lo acusó de ser un presidente "indecente", Darío "I el Reprobado", y a los demás diputados socialistas de formar parte de una banda de "trileros". Al final, entraron dos guardias de seguridad y se lo llevaron. Al día siguiente no faltaron calificativos. Todos lamentaron lo sucedido y no ahorraron epítetos para describir cómo vivieron el enésimo encontronazo en lo que llevamos de mandato. Dijeron que fue bochornoso, lamentable, triste, un esperpento, un sainete, un circo o una vergüenza. Nadie asumió, eso sí, su parte de miseria en el espectáculo. Su contribución a una teatralidad tan poco edificante, para la institución y para los ciudadanos que pagamos la factura. Solo el alcalde de Becerreá, al que las formas le arrebataron cualquier indicio que razón que pudiese tener, tuvo a bien reconocer que había metido un poquito la pata. "Todos somos culpables", acertó a decir. Seguramente sea lo único verdaderamente cierto.

Los socialistas acusaron al Partido Popular de utilizar a Suplusa para hacer oposición y ocultar la extraordinaria gestión que, a su juicio, está haciendo el gobierno provincial. Candia y los suyos dejaron caer que lo sucedido en el pleno fue preparado por el secretario general del PSdeG, Álvaro Santos, para asestarle "una puñalada" a Darío Campos y usurpar, cuando se presente la ocasión, su ascendencia en el puesto de mando de San Marcos. Martínez no fue tan retorcido a la hora de exponer sus conclusiones. Su expulsión fue debida al "odio africano" que sienten por él sus antiguos compañeros y a su deseo ferviente de cargarse, de una vez por todas, esa empresa pública que, por los designios del politiqueo doméstico, él mismo ha acabado por presidir. Los del BNG se mantuvieron un poco al margen, pero nunca falta quien les recuerde su supuesta «incoherencia», porque hasta que se rompió el pacto de gobierno tragaron sapos y sables de punta.

"Eres un títere en manos de no sé quién", le dijo Martínez a su antiguo amigo y compañero de filas. Campos no respondió. Sin duda, de ser así, estaría muy bien saber quién está detrás de las supuestas "maquinaciones" y contubernios que aprecian en las entretelas de la Diputación el diputado no adscrito y la líder popular. Se me viene a la cabeza la canción de Remedios Amaya. "Ay, ¿quién maneja mi barca, quién. Que a la deriva me lleva, ¿quién?". Lo siento. No sé más.

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