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Servicio postal

SERÍA UN mentiroso si dijese que me ha sorprendido lo que ha sucedido en los últimos días. Afirmaba un colega de profesión que los niños están llevando este confinamiento, que dura ya tres semanas, con mucha resignación, "todo lo contrario que los políticos, que ya se han cansado de tantos días de prudencia y vuelven a lo de siempre". No anda muy desencaminado. Poco ha durado la unidad, la colaboración institucional y la lealtad que debería existir entre las distintas administraciones que gestionan los recursos públicos para hacer frente, de la mejor forma posible, a esta pandemia. Ni así, ni siquiera en tan delicado trance. La mesura de los primeros días contrasta con la profusión del género epistolar que hemos percibido en la última semana. Será que el confinamiento, este encierro forzoso y forzado, alimenta la creatividad literaria de los rectores del dinero público, un capital que ahora más que nunca tiene que emplearse con racionalidad y de la forma más eficaz posible por parte de todas las instituciones. Se trata de hacer rentable cada euro. Seguramente será necesaria hasta la última moneda disponible para salir de la actual situación. Lo que sobre, por decir algo, se quedará muy corto para coser las heridas que dejarán en la economía doméstica la emergencia sanitaria y el estado de alarma. Tiempo habrá para hablar de eso. Ahora lo importante es la salud de las personas. Lo recordaba el presidente de los hosteleros de Lugo. De nada sirve "que nos entierren con los bolsillos llenos".

A veces pienso que algunos responsables políticos aún no se han dado cuenta de la gravedad de las circunstancias. No digo que no estén haciendo todo lo que pueden o saben para aliviar la difícil situación por la que estamos pasando. La buena intención se le presupone a todos. Es otra cosa. Tengo la impresión de que son incapaces de salir de esa campaña electoral en la que han vivido de forma permanente durante los dos últimos años. Siguen erre que erre con sus batallitas. Con sus pequeñas escaramuzas. Con la utilización de las instituciones como parapeto de sus ambiciones partidistas. Como si este domingo, día 5 de abril, siguiese en pie la convocatoria de las elecciones autonómicas.

Nuestros políticos vuelven a las andadas en pleno confinamiento y se dedican a zurrarse por carta

Los ciudadanos vivimos ahora pendientes de otros problemas. Hay mucha gente enferma y otra mucha que lo está pasando mal porque se ha quedado sin ingresos. También hay personas que lloran de dolor por la pérdida de alguno de sus seres queridos. No estamos en eso. Cuando salgamos de esta situación y afrontemos las consecuencias de todo lo que ha pasado, casi nadie se acordará de esas historias. De las cartas que envió el presidente de la Diputación para exigirle a la Xunta de Galicia que, en el supuesto ejercicio de sus competencias, entregase mascarillas, batas y guantes a los municipios de la provincia. Tampoco de la misiva que a modo de contestación le remitió Balseiro para recordar que fue el Gobierno de España el que asumió la compra centralizada de esos equipos de protección o para sugerirle que, al igual que hizo la de Ourense, la institución provincial adquiriese algunos elementos con cargo a sus presupuestos. Tampoco será memorable la rebelión epistolar de los señores alcaldes. Varios se quejaron también por carta en los últimos días, pero sin sorpresas. Todos arremetieron de forma valiente y disciplinada contra la administración que gobierna un partido diferente al suyo. Faltaría más.

También se cartearon, por cierto, el gobierno local de Lugo y la oposición del Partido Popular. Para sacudirse mutuamente. Y la alcaldesa le envió una epístola al gerente del Hula para agradecer la labor de los sanitarios. Pero incluso esa misiva llevaba recado. "Sois nuestro orgullo, el orgullo de la sanidad pública gallega, a la que debemos dotar de medios suficientes para que la calidad no sea solo cuestión de compromiso personal de los trabajadores", escribió.

Ni siquiera el servicio postal se beneficia de esas esas reyertas estériles. La tinta se agota antes que la saliva.

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