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Perspectiva

Los pequeños detalles del día a día alimentan la percepción que tenemos de lo que ocurre en nuestra ciudad

EN MEDIO de esta situación sobrevenida, que ha supuesto un verdadero paréntesis para mucha gente a la hora de hacer planes de futuro, alguien me decía que es importante, que sigue siéndolo, tener proyectos, mantener vivas las ilusiones y, por supuesto, trabajar y esforzarse para llegar a ver cómo se materializan. Me recordaba que es bueno para las personas y también lo es para las familias. De eso se trata, en definitiva, la vida. De sobrevivir al día a día, de nuestras rutinas, hábitos y obligaciones. De llegar a final de mes, por supuesto. Pero sin olvidar que no es irrelevante el hecho de tener deseos, anhelos, metas y objetivos. Un propósito puede convertirse en el motor que mueva todo lo demás. Puede ser un aliciente para sacudirnos, para agitar o simplemente para soportar el tedio de lo cotidiano. Se trata de mantener la esperanza, ese estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. A partir de ahí, cada loco con su tema y cada oveja con su pareja. Hay quien se conforma con muy poco y todos conocemos a individuos para los cuales nada es suficiente. Es imprescindible, en todo caso, no perder nunca la perspectiva.

Creo que a las ciudades les pasa algo parecido. Tienen vida propia. Incluso estados de ánimo que se propagan por las calles que forman su sistema vascular. Al igual que les sucede a las personas que transitan a diario por sus arterias, necesitan gestionar sus emociones y necesidades para sobrellevar el día a día, para funcionar correctamente y para que la gente pueda desarrollar esas rutinas, hábitos y obligaciones de la mejor manera posible. Incluso lo cotidiano precisa de atención. Seguramente, son las pequeñas cosas las que necesitan de un mayor cuidado por parte de aquellos sobre los que recae la responsabilidad de gobernar. Deberían hacerlo con esmero, incluso con mimo, estar atentos a los detalles. A veces, son gestos aparentemente insignificantes los que hacen que la vida sea un poco más feliz o, por el contrario, profundamente incómoda para los ciudadanos. Por supuesto, también son importantes los grandes proyectos y los planes de futuro. Generar ilusión y expectativas es realmente muy saludable. Pero lo dicho, es indispensable no perder nunca la perspectiva.

Esta semana el gobierno local y la oposición volvían a enzarzarse en el pleno municipal por la cuenta general de 2019. Como era previsible, unos defendieron su gestión y aseguraron que el nivel de ejecución del presupuesto llegó al 90%, mientras que los otros les afearon que fuesen incapaces de llevar a término una parte importante de las inversiones previstas. En el fondo, sin entrar al menudeo, ese debate queda un poco alejado del día a día de los ciudadanos. Tiene su trascendencia. Es relevante, sin duda, porque en definitiva se trata de fiscalizar cómo se gasta, o no se gasta, el dinero de todos, pero quizás la atención de los individuos que vivimos en esta ciudad esté más centrada en el detalle. En el mencionado día a día. En el bache que nos molesta cuando salimos con el coche, en la mala iluminación de nuestra calle, en el contenedor que no abre, en los excrementos de perro que tenemos que esquivar por las aceras o en lo que tenemos que esperar para obtener una licencia de obra.

A fin de cuentas, la percepción sobre la eficacia de la gestión que está realizando el bipartito no la van a determinar los números expuestos en el salón de sesiones. A lo mejor ni siquiera alguna de las grandes obras proyectadas, en caso de que lleguen a término. Depende de la imagen que nos transmite la ciudad a los que vivimos en ella, de lo cómoda y agradable que nos resulte, de lo limpia que la veamos o de la eficiencia y buen funcionamiento de los servicios públicos. Y Lugo no es Vancouver. Queda mucho margen de mejora incluso para acercarnos al nivel de otras ciudades gallegas. Están en marcha proyectos ilusionantes, pero es imprescindible, en todo caso, no perder nunca la perspectiva.

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