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Morir solo

Sociedad y administraciones deben dar atención a los mayores que viven en soledad

HABLABA estos días con otra gente sobre el espinoso asunto de la muerte. Ni siquiera en algo que genera tanta certidumbre somos capaces de ponernos de acuerdo. Mi padre decía siempre que el peor trago lo pasa siempre quien se marcha. Se acaba su camino y deja atrás todo aquello que le fue querido en este valle de lágrimas. Tenía la teoría, o la creencia, de que aquellos que sobrevivían, superado el duelo, se iban arreglando, de una forma u otra.

No compartían sin embargo ese criterio varios de mis compañeros de café. Había quien sostenía todo lo contrario. Básicamente, que el protagonista del óbito descansa en paz, pasa a mejor vida, mientras que todos los demás tienen que seguir peleando. No pueden desmarcarse de la obligación de plantarle cara al día a día y, además, tienen que hacerlo con el peso de la ausencia sobre sus hombros. Son diferentes modos de verlo, sin duda. Tampoco llegamos a una unidad de criterio en cuanto a la forma de encarar tan penoso trance. Algunos reconocíamos, sin sutilezas ni ambigüedades, que nos produce auténtico pavor el ineludible tránsito. Otros, sin embargo, aseguraban no temer en absoluto su propio fallecimiento.

Decían tener perfectamente asumido el lance más inequívoco al que tenemos que enfrentarnos en uno u otro instante. Por resumir, que nacemos un día para morirnos otro. Para añadir un ingrediente más a nuestras estériles disquisiciones, también discutimos sobre el momento. Había quien apostaba, como el inefable Tyrion Lannister, por caer rendido de viejo en la cama propia. Otros, sin embargo, mostraban sus preferencias por un final más épico o, al menos, por dejar este mundo en plenitud de facultades. Lo curioso es que todos defendimos nuestras posturas con ardor, casi como si realmente tuviésemos en nuestro mano la papeleta para elegir el final.

Llegamos a un punto de encuentro, en cambio, a la hora de hablar del cómo. Algo rápido e indoloro. Nada de sufrir o padecer. Quien más y quien más menos teme pasar por una penosa agonía antes de llegar al cierto final. No hablamos de ello, pero tampoco creo que nadie eligiese morir en soledad. Estremece pensar en los numerosos casos que hemos conocido en los últimos meses de personas que fallecieron sin que nadie se percatase de su ausencia hasta mucho tiempo después. Duele pensar en esa sensación de desamparo.

Lo que le ha ocurrido al pintor Labajjo Grandío, cuyo cuerpo apareció en su propiedad de Friol muchos días después del óbito, acompañado solamente por sus animales, ha vuelto a poner el foco sobre una realidad que tenemos mucho más cerca de lo que estamos dispuestos a admitir. Tenemos a nuestro alrededor a seres humanos que viven muy solos a pesar de estar rodeados de mucha gente. Aislados y, en muchos aspectos, abandonados. Sucede en las aldeas más remotas, pero también en los bloques de pisos del centro de las ciudades, donde nos miramos a diario, pero a menudo sin vernos.

Sobre esa cuestión se pronunciaba aquí en Lugo hace unos días la conselleira de Política Social, Fabiola García. Aseguraba que el gobierno gallego está habilitando cada día más recursos para hacer frente a esta situación, pero también aclaraba que la dimensión del problema no es, ni mucho menos, contenida. Vivimos en un país de viejos. Una de cada tres personas en Galicia está en edad de jubilación. Hacen falta más residencias, pero también más ayuda en el hogar y apoyo a las familias. Son muchas las personas mayores que quieren pasar la última etapa de su vida en su propia casa. Al menos hasta que la salud se lo permita. La sociedad tiene que ayudarles. Prestarles atención. En este momento, solo se me ocurre algo peor que morir solo y es hacerlo mal acompañado.

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