domingo. 31.05.2020 |
El tiempo
domingo. 31.05.2020
El tiempo

Molesto

A LO MEJOR soy yo el que tiene el termostato averiado. Este martes, después de un día achicharrante, con el mercurio rozando los treinta grados durante varias horas, escuché como alguien comentaba que ya tenía ganas de marcharse de Lugo "para pasar calor". Para "secarse" y eso. Para acabar momificado, entiendo. Supongo que es de esas cosas que se dicen por decir. A mediados de julio, es lo que toca. Es una forma de contarle al personal que te vas de vacaciones. Si hubiese tenido más confianza con el interfecto, sin duda le habría preguntado en qué charca se había caído. No estamos pasando un año precisamente húmedo. Muchos de los ríos de nuestra provincia se pueden cruzar a saltitos y en zapatillas de andar por casa. Lo de la prealerta por sequía no es una coña marinera de la Confederación Hidrográfica. Hasta las uvas en la Ribeira Sacra han madurado antes. Otra cosa es la hidratación interna de cada individuo por vía oral. En ese caso, haga sol o esté nublado, la decisión se presenta a gusto del consumidor. Hay quien se la trabaja bien, pero también hay seres humanos de secano. De esos que sólo beben cuando tienen sed. Estos últimos son casi una especie en extinción por estos lares, pero de todo hay, para desgracia de la hostelería local.

En lo referente al termómetro, que cada uno se entienda con su regulador corporal. No soporto el calor sofocante. Me molesta profundamente. Realmente, cuando la temperatura de dispara ya no soy la misma persona. Compadezco a aquellos que tienen que padecer este tormento durante todo el año. La ropa se me pega al cuerpo y transpiro de forma excesiva. Me siento pegajoso. Empiezo a sudar en el mismo momento en el que salgo de la ducha. Me encuentro pesado, lento y agotado al final del día. Se me embota la cabeza. Las ideas flotan en una especie de chocolate espeso. No duermo bien y, consecuentemente, me levanto de peor humor. En ese estado de hipersensibilidad, me irritan circunstancias que normalmente me importarían un pimiento. En los últimos días, para horadar todavía más mi delicado estado de ánimo, el climatizador del coche ha comenzado a fallar. A mediodía, con el sol cayendo a plomo y metido en el interior de una lata, de poco o nada sirve abrir ventanillas. Los propios plásticos y cromados del vehículo se ponen en estado incandescente. Hay que andarse con ojo para no acabar con ampollas en los dedos o en el cerebro. A principios de semana, a determinadas horas del día, no se movía ni una hoja. Hasta coger aire resultaba cansino.

Puesto en semejante situación, cualquiera se vuelve más intransigente. Más susceptible ante los molestos hábitos de los demás. Te das cuenta entonces de que algún individuo usa el paso de peatones para provocar. Para retarte. Se mete a lo bestia, con un par, y cuando pegas el frenazo para no llevártelo por delante, levanta la cabeza y te observa de forma amenazante. He sido víctima de miradas realmente torvas. Otros lo utilizan como si fuese el paseo marítimo de un vello lugar de costa. Como si esos veinte metros de aglomerado fuesen en realidad la obra humana más destacada y hermosa de la ciudad. Un lugar para vivirlo y recrearse. Habría que cobrarles una tasa por ocupación de la vía pública. Sería lo justo. También habría que condenar a trabajos forzados a todos aquellos despistados que cuando se pone el semáforo en verde no reaccionan hasta que los conductores que vienen detrás le arrean un par de bocinazos. Será porque se ponen a mirar el guasap, porque utilizan esos minutos para echarse una cabezadita o, sencillamente, porque les cuesta mantener la atención y se que quedan absortos con cualquier tontería. Da igual. Por una cosa o por la otra, tengo la impresión de que algún día llegaría antes reptando a algún sitio que subido en un coche.

Semáforos y pasos peatones son puntos de fricción. Cuando voy a pie me doy cuenta de que algún conductor o conductora no frena ni bajo pena de excomunión. Es más, tengo la impresión de que determinados individuos incluso aceleran cuando ven que se acerca un viandante. Es como si participasen en una especie de competición por ver quién pasa antes. Más de una vez me he visto en una situación comprometida. La última fue frente al Vello Cárcere. Tuve que retroceder para que las ruedas de un coche no acabasen haciéndome un trabajo de podología a granel. Recuerdo que mi reacción no fue precisamente un ejemplo de decoro y contención. Las palabras que salieron de mi boca no fueron bonitas. No lo fueron, lo reconozco.

Ni siquiera se puede pasear tranquilo por las zonas peatonales del casco histórico. A algunos adolescentes les parece necesario compartir la música que escuchan en sus teléfonos móviles. Van por la calle, solos o en grupo, con sus piezas preferidas a todo volumen. Nada de cascos. Cara de malotes y que todo el mundo sufra las consecuencias intelectuales y cognitivas de una exposición prolongada del reaggeton. No hay manera de escapar. Ni siquiera metiéndote en una tienda. Algunos comercios tienen los mismos ritmos tan altos que uno no sabe si pedir talla de camiseta o un cubalibre.

Molesto
Comentarios