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Miopía

Tanto importa proyectar espacios para hacer amable la ciudad como cuidar los que hay

CREO QUE ES OBLIGACIÓN de los padres enseñar a sus hijos el verdadero valor de las cosas. Está bien que los niños aprendan, mejor pronto que tarde, lo que cuesta alcanzar determinadas metas. El esfuerzo personal y los sacrificios que a veces hay que hacer para llegar al destino que perseguimos. Las horas que hay que dedicarles al estudio y al trabajo, también al cuidado de los demás, para que la propia vida no te arrastre como un torrente a un muñeco de trapo. También lo que cuesta ganar el dinero con el que pagamos la cobertura de nuestras necesidades básicas y una supervivencia más o menos cómoda. Deben saber que todo aquello que reclaman, esos objetos que señalan insistentemente con el dedo cuando entran en una tienda, tiene un precio que alguien tiene que costear. Muy pocos deseos materiales llegan a nosotros a cambio de nada. Normalmente, los pagos se hacen en tiempo. El que empleamos, el que detraeMiopía mos de nuestro propio descanso o de los momentos de ocio, para ganar un salario. Ese sueldo que nos permite pagar las facturas y, si sobra algo, concedernos de vez en cuando algún capricho.

En condiciones normales, cuando realmente tomamos conciencia de ello, le damos mayor aprecio a lo que tenemos. Y esa, sin lugar a dudas, es también una buena enseñanza para los más pequeños. Es conveniente que aprendan a cuidar sus cosas y a aprovecharlas. No tiene sentido cambiar de bicicleta cuando la otra duerme el sueño de los justos en el trastero A veces claudicamos ante el consumismo que nos inocula el propio sistema y una especie de visión túnel nos lleva a caminar hacia delante sin volver la vista hacia atrás. Todo pierde valor demasiado rápido. Nos ciega el brillo de lo nuevo y nos impide ver con nitidez todo lo demás.

No estaría de más que los políticos, especialmente aquellos que tienen la responsabilidad de repartir el dinero de todos, pensasen también en ello. El presupuesto que administran sale de ese tiempo de nuestras vidas que casi todos, unos más y otros menos, le cedemos al erario público para mantener los servicios que necesitamos los propios ciudadanos. A veces, da la impresión de que en ese afán por destacar sobre los demás, en ello va su supervivencia, centran demasiado su atención en proyectos de nuevo cuño, más llamativos, y no siempre prestan la atención debida a lo que ya está hecho. A lo que ya funciona.

El Partido Popular le pedía estos días a socialistas y nacionalistas que programen bien las peatonalizaciones en la ciudad. Que hagan las cosas "con cabeza". Como oposición también aprovechó para acusar a la alcaldesa y al teniente de alcalde de "pelear por los titulares" del día. De hecho, los instó a ambos a "ponerse de acuerdo" y a aparcar "su afán de protagonismo". Unos anunciaron una ambiciosa intervención en la Ronda da Muralla y los otros, casi al mismo tiempo, que se estudiarán medidas similares en Augas Férreas, Recatelo y la Rúa Mallorca. No comparto la idea de que un gobierno tenga que ser monocromo. De hecho, no veo inconveniente en que dos partidos tengan que negociar y ponerse de acuerdo para sacar adelante los asuntos públicos. Si no son miopes, y con permiso de la presbicia, deberían ver más cuatro ojos que dos. Es más, hasta creo que puede ser positiva cierta competencia entre ellos por destacar en la gestión municipal. El único problema radica en el hecho de que, de tanto mirar hacia adelante, no presten atención a lo que ya tienen a su alrededor.

Lo digo porque vivo en una plaza de la ciudad de Lugo en la que está levantada desde hace meses una parte de las tapas de la canalización de pluviales. El mismo sitio en el que un bolardo roto amenaza todos los días la integridad física de los viandantes. Un lugar en el que un agujero de cuatro o cinco metros de profundidad —de un solar sin edificar— está protegido únicamente por una endeble valla de obra desde hace una década. Una zona peatonal en la que, ahora que el gobierno local habla de peatonalizar media ciudad, los viandantes han perdido la batalla frente a los coches por decisión del Ayuntamiento. Un espacio público afeado por un aparcamiento disuasorio mal rematado y con un parque infantil que las autoridades locales ni siquiera se molestaron en precintar durante el confinamiento. Lo pensaba ayer mientras enseñaba a mi hija a montar en bicicleta. Entiendo que le llamen la atención los ciclos de los mayores, pero antes de subirse en uno tendrá que aprender a andar sin ruedines. De lo contrario puede partirse los morros. Volvemos a lo de apreciar el valor de las cosas. Está bien que se proyecten nuevos espacios para hacer más amable la ciudad, pero no es menos importante mirar por lo que ya está hecho. Con permiso de la miopía y de la presbicia, insisto.

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