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Lo caro no sale barato

Lo que nos cuesta a los lucenses el gobierno municipal y la oposición puede ser rentable si hacen bien su trabajo

HACE algunas semanas, un conocido me comentó su intención de comprarse un coche totalmente eléctrico. El hombre hace muchos kilómetros a la semana y, después de echar sus números, llegó a la conclusión de que, a lo mejor, con un cambio de montura podría ahorrarse unos euros a final de año. Después de echarle un vistazo a la oferta, se decidió por un modelo de importación, una máquina potente y muy sofisticada. Si no recuerdo mal, la broma se acercó a los 60.000 euros. Le comenté que a mí me parecía un desembolso desorbitado. Demasiado dinero para fundirlo en un consumible. Calculadora en mano, él insistió en que la adquisición, al final de la vida útil del automóvil, iba a resultarle muy rentable. Sin argumentos para quitarle la razón, decidí plegar velas. A fin de cuentas, no se debe discutir con un individuo enamorado sobre el objeto de sus sentimientos íntimos. En la compra de un vehículo siempre hay un componente emocional, una percepción subjetiva que poco o nada tiene que ver con las prestaciones técnicas que figuran en el catálogo oficial.

Aún así, a pesar de pactar tablas, me quedé pensando sobre el asunto. Seguramente, a todos los que nos gustan los coches nos llaman más la atención unos modelos que otros. Es difícil que llegue a convencerte algo que no te entra por los ojos. Sin embargo, a la hora de acudir al concesionario o a la compraventa, si somos individuos medianamente razonables, llegaremos a hablar con el vendedor con dos cosas más o menos claras. La primera tiene que ver con lo que necesitamos y la segunda con lo que estamos dispuestos a gastar. Son dos criterios que acotan bastante la búsqueda. Es probable que nos encontremos con vehículos más bonitos, eficientes y tecnológicamente más desarrollados de lo que realmente podemos permitirnos. A lo mejor, si planteamos la amortización de la inversión a un plazo de diez o quince años, resulta que hasta puede ser rentable. Pero eso es mucho tiempo. Cada uno sabe, o debería, lo que puede emplear en un momento dado, en función de sus posibilidades. No siempre lo mejor está a nuestro alcance. A veces hay que conformarse y aprender a disfrutar con aquello que realmente podemos tener, sin necesidad de colgarnos para toda la vida.

Sobre esa circunstancia reflexionaba esta semana a cuenta de lo que va a costarnos el gobierno municipal de Lugo y el trabajo de fiscalización de los miembros de la oposición. El gasto en dedicaciones exclusivas y personal de confianza se verá incrementado en 227.000 euros, de modo que sumará algo más de un millón de euros al año. Eso sin contar las asignaciones para el funcionamiento de los grupos políticos de la corporación o la factura por las asistencias a pleno y comisiones. Es dinero, de eso no hay duda. Aún así, no conviene hacer demagogia a cuenta de lo que cobran o dejan de cobrar nuestros representantes públicos. Lo barato a veces sale muy caro. Si la ejercen convenientemente, es mucha la responsabilidad que descansa sobre sus hombros. De sus aciertos depende en buena medida la calidad de vida de varias decenas de miles de personas. Se busca talento y sentido común. Casi nada.

Los ediles de la nueva corporación han pasado un proceso de selección y ahora trabajan para nosotros. En la política, como en cualquier otra actividad, hay buenos y malos empleados. Más allá de la inevitable percepción subjetiva, de ellos depende ganarse el sueldo que vamos a pagarles. El contrato es por cuatro años. Prorrogable si lo hacen bien, con despido inmediato si meten la pata y nos hacen perder dinero y un tiempo precioso. Lo caro no sale barato. Ahora bien, si podemos permitírnoslo, a veces es rentable. A currar.

Lo caro no sale barato
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