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La muralla

Cs ha abierto un debate que debe darse al pedir que se prohíban los perros en el adarve

LO RECUERDO bastante bien. No como si fuese ayer, porque en realidad no fue ayer. Han pasado dieciocho años. Apenas llevaba dos meses trabajando en la radio cuando se produjo la confirmación de tan esperada noticia. Recién acabada la carrera, el día 2 de octubre me incorporé a mi primer empleo con contrato. Antes había hecho prácticas en la redacción de El Progreso en Vilalba, durante tres veranos consecutivos, y me había fogueado a lo largo nueve meses como colaborador en la delegación de A Mariña, en Burela, bajo las órdenes del irrepetible Javier Rivera. Buen jefe, gran compañero y mejor persona. El 30 de noviembre del año 2000, cuando todavía estaba empezando a familiarizarme con los rudimentos de una profesión que nunca llegas a aprender de todo, la Unesco tuvo a bien comunicar la declaración de la muralla romana de Lugo como Patrimonio de la Humanidad. Fue un día intenso. Emocionante, incluso, a los ojos de un novato. José López Orozco tampoco era mucho más que un novicio en la Alcaldía, ese cargo que sería su profesión en los tres lustros siguientes. Se presentó ante la prensa exultante. Me viene a la memoria de su intervención aquella expresión que tantas veces le escuché repetir después durante su largo mandato. "Lo conseguimos entre todos", dijo. Fue, sin lugar a dudas y con independencia de otras consideraciones, un chute de optimismo y de esperanza. También, y sobre todo, de autoestima para una ciudad que realmente la necesitaba.

Tal día como hoy, la muralla de Lugo pasó a formar parte del catálogo de bienes Patrimonio de la Humanidad y, en cierta medida, la ciudad pudo presumir de nombre propio en un mapa en el que antes solo aparecía marcada con un punto. La criatura cumple dieciocho años. Ha alcanzado la mayoría de edad. Si hacemos caso de la sabiduría que encierra nuestro refranero popular, no podemos dejar de lado aquella frase que nos recuerda que "hijos criados, trabajos doblados". O lo que es lo mismo, que en el caso de un monumento que ha resistido durante casi dos mil años el paso del tiempo, no basta con refocilarnos en la autocomplacencia de darle un apellido. Es nuestra obligación seguir ocupándonos de su cuidado. Aprender a vivir con él y ayudar, aunque sea desde la distancia, a que siga creciendo. Es una responsabilidad de todos, no solo de las administraciones públicas que tienen que aportar el dinero para realizar las grandes obras de conservación. Es parte viva de este lugar del mundo y, precisamente por eso, también puede enfermar e incluso morirse de pena y abandono.

El grupo municipal de Ciudadanos ha puesto el dedo en la llaga. Se puede hablar más alto, pero no más claro. El concejal Jesús Expósito es copropietario de ‘Baloo’, un tierno american stafoordshire terrier. Un un animalito de cuarenta y siete kilos de peso que se zampa casi un kilo de pienso al día. Aún así, ha pedido que se prohíba el acceso de los canes a la muralla. Recordaba que ya se hecho en otros monumentos Patrimonio de la Humanidad y que nadie se rasga por ello las vestiduras. Él mismo reconocía que "nunca" se le ocurriría subir con su perro al adarve. Es curioso, porque todavía hay quien los deja sueltos y quienes ni tan siquiera se molestan en retirar sus excrementos. Es cierto que hay dueños que recogen con gran civismo las deposiciones de su mascota, pero qué pasa con los orines. Son tan educados los chuchos que aguantan las ganas de mear, y de marcar territorio, hasta que sus acompañantes deciden bajar del monumento a nivel de calle.

El edil aseguraba que hay que afrontar este debate "sin miedo". Suscribo. Serviría al menos para saber qué opinan todos aquellos que defienden el derecho de los perros a pasear por la muralla si fuese un cachorro de hombre el que, a causa de un apretón inesperado, se pusiese a orinar contra las piedras bimilenarias de A Mosqueira. Qué dirían. Me pregunto si estarían en disposición de mostrar la misma comprensión y empatía con sus congéneres. Y más si la situación se repitiese a diario

Ya puestos, los del partido naranja piden que se controle el acceso en bicicleta al adarve, lo cual, recuerdan, no es "ir en contra de los ciclistas o atacar a los animales". Desde luego, habida cuenta de que en Lugo hay 16.000 perros censados, más que niños y jóvenes de cero a diecinueve años, la medida propuesta por Ciudadanos no parece demasiado electoralista. A veces, hay que hacer lo que hay que hacer sin pensar demasiado en los réditos políticos. Determinadas medidas necesitan de valentía por parte de quien tiene la responsabilidad de mandar, como peatonalizar A Mosqueira o suprimir plazas de aparcamiento en la Ronda para hacer aceras más anchas y cómodas.

En días pasados, precisamente, conducía por la Ronda da Muralla. Mi hija, de cuatro años, iba sentada en su sillita, en los asientos traseros del coche. De repente, empezó a hacer círculos en el aire con el dedo índice y me preguntó: "esto, la muralla, ¿es un castillo?". La mire por el retrovisor y le dije que sí, que lo fue. "Y de quién es", insistió. "De todos", le respondí. Por eso, quizás, algunos piensan que no es de nadie.

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