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La dolorosa

Una multa es como si alguien le prendiese fuego a tu dinero y, además, con razón
 

HAY QUIENES DICEN que la letra con sangre entra. Por supuesto, hay otra mucha gente que defiende métodos menos coercitivos para imponer el orden y garantizar el respeto a unas normas que han sido pensadas, con mayor o menor fortuna, para mejorar la convivencia en sociedad. Son posturas normalmente enfrentadas, cuando, probablemente, en el centro está la virtud. En la combinación de una cosa y de la otra. No está mal concienciar a la gente de la necesidad de atender a una serie de preceptos que han sido establecidos para mejorar la vida de todos nosotros, o al menos para que podamos desarrollarla de una forma razonable, sin pisotear a nuestros semejantes. Pero no es menos cierto que hay individuos que se creen los reyes del mambo y, de forma persistente, se saltan sin miramientos cualquier precepto que incomode su propia forma de entender lo que sucede a su alrededor. Se creen más listos que los demás. O simplemente son más chulos que nadie. Hablamos de mentes preclaras, o simples idiotas, que no se cuestionan nunca su propio comportamiento. Para qué repartir la razón si la pueden tener toda para ellos solos. A esos no queda más remedio que sancionarlos. Recordarles que sus derechos terminan justo en esa fina línea donde empiezan los de los demás. Ni más ni menos.

Lo estamos viendo estos días con la obligación de llevar la mascarilla en espacios públicos. Decenas de vecinos de Lugo han sido multados y alguno de los amonestados hasta se ha rebotado a los agentes que lo apercibieron. Afortunadamente, estos últimos son minoría. La propia Policía explicaba que la mayoría de la gente es consciente de que lo que sucede y se está comportando de forma civilizada. De hecho, en los primeros días, había personas que no la llevaban puesta por desconocimiento, pero al ser avisadas por los agentes, se la colocaban de forma inmediata. Del buen hacer del funcionario de turno, de su empatía y de su compresión, depende también en gran medida una aplicación justa de las normas. Y es que muchas veces pagan justos por pecadores. Individuos que atiende normalmente a las pautas que establecen las propias leyes pero que, en un momento determinado, se van a casa con una buena receta por un despiste, un descuido o por simple desconocimiento. Pasa a menudo. Es una lástima. Es el peaje que hay que pagar para evitar que la cosa se desmadre.

Es mi único consuelo después de que hace unos días un radar móvil de la Guardia Civil me pescase a más velocidad de la permitida en la carretera de Lugo a Santiago, entre Melide y Arzúa. Llevamos treinta años esperando a que finalicen las obras de la autovía, pero visto el ritmo de ejecución no será para mañana. Desde luego parece poco probable que esté operativa en el año 2022, que es el enésimo plazo dado por el Gobierno de España.

No iba demasiado rápido. Según me explicó el amable agente que me dio el alto, circulaba a 72 kilómetros por hora en un uno de los muchos tramos de esa vía que está limitado a cincuenta. Fue un despiste. Iba charlando con el copiloto y no me fijé en la señal. Tampoco vi, evidentemente, el cinemómetro de la Benemérita. Ni siquiera intenté explicarme. Le di el carné de conducir al funcionario, para que tomase mis datos, y traté de encajar la dolorosa de la mejor forma posible. Trescientos euros, ciento cincuenta por pronto pago, y varios puntos del permiso de conducir. Volví a pasar, ya de vuelta, por el mismo punto unas horas después. De forma casi instintiva, mi pie derecho se levantó del pedal del acelerador. Es lo que tiene. Me doy por avisado. Y por concienciado.

Creo que no se me va a olvidar demasiado pronto que hay que pasar un poco más despacio por el pueblo en cuestión. A fin de cuentas, una multa es como si alguien te metiese la mano en el bolsillo y le prendiese fuego con un mechero a tu dinero. Y lo peor es que con razón.

La dolorosa
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