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Justos y pecadores

El tratamiento que algunos medios han dado a sucesos graves denigra el periodismo

FUE ESTA MISMA SEMANA, en la planta baja de la Audiencia Provincial, a escasos metros de la puerta de entrada a la sala en la que se celebran la mayoría de los juicios penales. Todos estábamos esperando para entrar. Los abogados de la defensa y de la acusación particular para buscar la condena o la absolución del único acusado. Los periodistas, dispuestos a cubrir la información sobre el desarrollo de la vista oral. También los miembros del jurado, encargados en su caso de emitir un veredicto. Las alumnas de práctica jurídica, interesadas en seguir la evolución de uno de los juicios más mediáticos de los últimos años. Letrados y procuradores, policías nacionales, curiosos y, por supuesto, la familia de la víctima, a la espera de justicia. Escoltado por tres o cuatro agentes, Ibrahima Ndiaye cruzó el vestíbulo para ir al baño. Imposible no verlo en toda su inmensidad. El padre de la chica, Carlos, dio un paso al frente, casi de forma instintiva. Otras personas que había a su alrededor se apresuraron a sujetarlo. No hizo fuerza ni levantó la voz. Se limitó a decir: "solo quiero verlo". Una señora mayor que estaba a su lado insistía de forma compulsiva en la necesidad de mantener la calma. En no darle a la prensa más de que hablar. "Solo buscan carroña", añadió. Lo dijo al menos dos veces. Creo que sintió la necesidad de dejarlo bien claro. Para convencer a los demás o para autoconvencerse a sí misma. No sé.

Me sentí ofendido. Dolido, incluso. Por mí y por muchos de mis compañeros. Después de casi veinte años juntando letras, he tenido la inmensa suerte de conocer a un buen número de profesionales que han hecho del rigor, e incluso de la humanidad, principio y raíz del ejercicio de este oficio. Todos cometemos errores. Quién no ha metido la pata alguna vez a la hora de hacer su trabajo. Nadie es infalible. Pero no me veo, ni tampoco los veo a ellos, removiendo la mierda para airear las miserias de sus semejantes. Con la espina clavada, me acerqué a uno de mis colegas y sin embargo amigo. Le conté lo que acababa de oír y, discretamente, le señalé con la barbilla a la autora del comentario. No se indignó ni se dio por aludido. Se limitó a encogerse de hombros y me recordó algo que seguramente ya sabía. "Bueno. A lo mejor nos hemos ganado que la gente piense eso de nosotros. No de todos los que estamos aquí, pero sí de la profesión. Acaban pagando justos por pecadores".

Justos y pecadores. Bien resumido, pensé después. Un titular digno de un buen profesional, ágil en la percepción y resuelto en la conclusión. Breve, solo tres palabras, pero informativo, evocador y sintético. Me vinieron a la cabeza casos recientes, como el de Diana Quer, en el que determinados medios sometieron a un escrutinio descarnado a su familia e incluso a la propia joven cuando todavía nada se sabía de su triste final. También el del pequeño Gabriel Cruz, cuya desaparición y trágico desenlace alimentaron durante días a los programas que viven del morbo y del dolor ajeno. No pude evitar recordar, tampoco, el tratamiento que se le dio en su día por parte de algunos canales de información al propio asesinato de Tatiana. Con estos antecedentes, se me hizo todavía más comprensible la advertencia que hacía Miguel Olarte en este mismo periódico el día que comenzó la vista en la Audiencia Provincial: "No se está juzgando a la víctima".

También comprendí, o al menos disculpé, el comentario de la señora. Seguramente no es fácil discriminar y diferenciar cuando los gritos de los que más elevan la voz amortiguan las palabras de aquellos que tratan de guiarse por el rigor. Si no es sencillo en condiciones normales, mucho más difícil tiene que serlo cuando uno se ve implicado emocionalmente en el caso. La periodista Soledad Gallego-Díaz, que ha recibido el Premio Ortega y Gasset por su trayectoria profesional, afirmaba en una entrevista publicada recientemente que a lo largo de su carrera "siempre" ha visto "que se ha mezclado periodismo con espectáculo y con mentiras". Por eso, recordaba que son precisamente los profesionales de la información aquellos que deben "combatir eso" y evitar que se trafique con su propio trabajo. Desde su punto de vista, basta con seguir una premisa básica: "trabajar con seriedad".

"Simplemente hay que ser serio al comprobar y contrastar las informaciones", recomendaba.

Desde su punto de vista, las nuevas tecnologías, "tan extraordinarias y que facilitan un buen trabajo periodístico, han hecho que el periodismo se mezcle con cosas que no lo son", de forma que la comunicación a través de las redes sociales no distingue entre "lo que es información" y lo que es "puro charloteo".

Por otra parte, está el factor personal. Hace unos días fallecía Tom Wolfe, considerado como uno de los padres del periodismo moderno. Dejó dicho que "sin grandes egos, no hay grandes historias". Conviene recordar, en cualquier caso, que no es conveniente que el ego de quien escribe devore a la propia historia que pretende contar. Cuando eso ocurre, se denigra a la profesión y, efectivamente, acaban pagando justos por pecadores.

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