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El Grinch

La Navidad no ha sido precisamente un remanso de paz en el Ayuntamiento de Lugo

Melchor, al final de la cabalgata de Lugo. J.VÁZQUEZ
Melchor, al final de la cabalgata de Lugo. J.VÁZQUEZ

HAN CONCLUIDO las fiestas de Navidad. Ha sido una celebración especialmente complicada para el gobierno local de Lugo. Creo que no será recordada con especial cariño por los próceres municipales. Lejos de ser un tiempo coronado por la paz y el amor, la alcaldesa y su equipo han ido encadenando disgustos y críticas a su gestión desde comenzó el período de Adviento hasta el mismo día de Reyes. Han sido tantos los frentes abiertos en torno a la organización y programación de estos festejos que, seguramente, algunos habrán respirado aliviados con el retorno de sus majestades a Oriente. En camello o en vuelo chárter. Dado el número de fricciones y meteduras de pata, lo más sencillo hubiese sido echarle la culpa de todo al Grinch, ese duende verde y gruñón -creado por Seuss en 1957- que llega a la conclusión de que para recuperar algo de silencio y sosiego en pleno diciembre no tiene más remedio que robar la Navidad. Al final, acaba por convertirse en otro icono más de esta celebración, habida cuenta de que parodia el consumismo que se preconiza como elemento central de este tiempo de pascuas y nos recuerda que, al final, lo realmente importante es pasarlo cerca de nuestros seres queridos.

El Grinch no ha robado la Navidad en Lugo, aunque si existiese bien podría haber cargado con la culpa de algunos sucesos extraños y difíciles de explicar que han rodeado este año la celebración de las fiestas. Circunstancias como el retraso en el encendido de las luces ornamentales, la discordia y la polémica a raíz del discurso pronunciado por el Rey Melchor desde el balcón de la Casa Consistorial, la mutilación del programa previsto para Os Bolechas o incluso el hecho de incitar al CSIF a presentar una querella contra la alcaldesa por lo sucedido en la cabalgata. El sindicato mantiene que la falta de previsión, de gestión y de cintura del gobierno local a la hora de organizar el habitual dispositivo de seguridad hizo que hubiese que echar mano de voluntarios de Protección Civil que usurparon las funciones propias de la Policía Local.

Aunque se presupone la buena intención de los organizadores de la Navidad en Lugo, todo comenzó a torcerse con el retraso a la hora de colocar el alumbrado ornamental en las calles. Nuestra ciudad estaba a oscuras cuando todas las demás presumían de unas luces que, según los comerciantes, ayudan a crear ese ambiente festivo que incentiva el buen rollo y fomenta el consumismo. Fue la última de Galicia y una de las más retrasadas de España en pulsar el botón de encendido. Tampoco fue lo que se esperaba la llegada de Os Bolechas a Lugo. Iban a recorrer la ciudad en su particular coche, pero el vehículo se quedó varado en Outeiro de Rei y el perro chispa dormido en su interior. De la actuación musical que iban a protagonizar en la Praza Maior nunca más se supo. Los niños se quedaron fríos después de una hora esperando ante el Ayuntamiento. Literalmente.

Eso sí, no se podría culpar al Grinch del discurso que protagonizó el Rey Melchor desde el balcón del Ayuntamiento. Estuviese más o menos acertado, todo es opinable, lo que su majestad dijo fue por su cuenta y riesgo. No parece probable que se prestase a hablar al dictado del gobierno local de turno.

A fin de cuentas, lo que comentó tampoco fue para tanto. Lo acusaron de partidista, pero en realidad repartió recados para todas las administraciones. En cambio, sí podría estar detrás el duende verde de toda la polémica que se montó en las redes sociales y la discordia en el ámbito político. A fin de cuentas, también podría cargarse la Navidad fomentando rencillas. El Partido Popular llegó a calificar lo sucedido como bochornoso y le exigió a la alcaldesa que se disculpase ante padres, niños, pajes y hasta camellos.

Seguramente todo esto se olvidará, más pronto que tarde. Dentro de unos meses no serán más que anécdotas que ya no muchos recordarán, al menos no de forma precisa. Aún así, no deberían caer en saco roto algunas conclusiones que sí podemos preservar para el futuro. La primera, que el Grinch no existe. La segunda, que es más que evidente que los Reyes Magos no son los padres, por mucho que esa creencia se haya extendido entre los adultos desde siempre. La tercera, que la Navidad es una fiesta familiar, que se disfruta en compañía de parientes y amigos y en la que la influencia de las instituciones públicas, con su mayor o menor acierto a la hora de programar actividades, es relativa. Cuestión aparte es cómo pueden influir sus acciones en los resultados de sectores como el comercio y la hostelería, dado el mercantilismo asociado a esta celebración. La tercera, que cada vez empieza antes, precisamente por el carácter consumista que se le imprime de forma interesada a estos festejos, de modo que a este paso los peces beberán en el río a mediados de agosto. Por último, pero no por ello menos importante, ha quedado claro que algunos representantes públicos se están ganando a pulso recibir un saco de carbón en el mes de mayo, pero no de ese que se hace con azúcar y se vende en las confiterías. Del otro. Negro lignito extraído de las entrañas de la tierra.

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