martes. 19.10.2021 |
El tiempo
martes. 19.10.2021
El tiempo

Ruido

La relajación de las restricciones ha entreabierto una puerta por la que se cuelan las ganas de divertirse de los jóvenes

NO SOY MÁS LISTO que cuando tenía veinte años. Seguramente sea menos inteligente, si es que en algún momento llegué serlo. El tiempo no pasa en balde y, aunque de momento no he percibido merma alguna, algunos amigos que me superan en edad me cuentan que las facultades no van precisamente a más con el paso de los lustros. Tengo más experiencia, es cierto, entre otras cosas porque, de una forma u otra, esta vida ya me ha enseñado los dientes. Es difícil que, superados los cuarenta, no hayamos tenido que lidiar con una buena lista de gilipollas o que nos hayamos librado de degustar los sinsabores de un menú que no elegimos nosotros. Supongo que también he adquirido más conocimientos, aunque solo sea por un simple proceso de acumulación. Algo tan mecánico como intelectual.

A cambio, aunque todavía me siento joven, tengo que reconocer que el fervor de la adolescencia es apenas un recuerdo. No me faltan, creo, vitalidad ni ganas de pasármelo bien, pero también es cierto que preocupaciones y obligaciones del día a día devoran sin misericordia ese tiempo que antes dedicaba al disfrute egoísta. También, a veces, a planificar un futuro que parecía tan lejano como cercano resultó estar. Va a ser cierto eso de que estamos de paso y de que esto son dos días.

Todos tuvimos veinte años. Incluso algunos menos. Antes pasamos por la adolescencia, ese estado febril que algunos individuos tratan de prolongar hasta la jubilación. Y la mayoría, porque es cierto que hay gente que ya nace vieja, tratamos de exprimir, con mayor o menor fortuna, el jugo de momentos difícilmente Ruido repetibles a medida que nos van cayendo castañas. Ahora, después de una pandemia que nos obligó a confinarnos durante meses en nuestras casas, tras soportar restricciones que alteraron de forma impensable nuestro modo de vida y limitaron las relaciones sociales a la mínima expresión, la mejora de la situación sanitaria ha entreabierto una puerta por la que se cuelan las ansias de vivir, a veces demasiado deprisa, de los más jóvenes.

No me gusta hablar de «los jóvenes » así, a granel. Como si fuesen una masa informe, una especie de voluntad colectiva capaz de anular el pensamiento crítico e individual. Creo que ya lo dije en alguna otra ocasión. Detesto las etiquetas y no comulgo con aquellos que las promueven. Es injusto y, seguramente, muy poco apropiado, emitir juicios de valor de trazo grueso, sin pararnos a pensar que, dentro de un grupo tan grande, habrá individuos generosos y avaros, crueles y compasivos, educados y maleducados, atentos y despistados, responsables y pasotas, buena gente y malnacidos de palabra, obra y omisión. Habrá cafres desconsiderados y personas que pasarán por la vida de puntillas para no molestar a los demás.

En las últimas semanas, nos hemos cansado de ver imágenes de reuniones masivas de chavales en diversas ciudades de este país. Es comprensible que semejante acumulación de personas provoque molestias, intolerables, a los vecinos de esos lugares en los que se juntan, porque difícilmente podrán descansar con semejante panorama bajo la ventana de su casa. También nos han mostrado episodios de violencia que no son nuevos, aunque hasta ahora no fueran habituales en las pantallas, sobre todo porque en tiempos no tan pretéritos nadie salía de casa con una cámara de vídeo y otra de fotos en el bolsillo. Además, nos han enseñado el estado en el que quedan calles y plazas después de esos "macrobotellones", para hacer una causa general tan injusta como si dijésemos que todos los propietarios de perros de la ciudad dejan las deposiciones de sus mascotas en plena vía pública.

Seguramente todo esto hace obligatoria una reflexión. Cualquier cosa que afecte a la gente joven la merece, de hecho. Pero no se puede caer en la hipocresía ni en la demagogia. Después de informativos y tertulias en los que se presenta una imagen apocalíptica de la juventud, algunas televisiones emiten programas de consumo masivo que denigran a las personas y promueven una forma de vida frívola, carente de moral y de unos valores homologables por el sentido común.

El otro día, entre tanto ruido, nocturno y diurno, escuché a un político hablar de la necesidad de promover formas de "ocio alternativo". Eso es tanto como no decir nada. Otros, en cambio, pensamos que lo prioritario es darles a los chavales un futuro. Medios para ganarse la vida y responsabilidades. Un trabajo, un salario y educación para que aprendan a entretenerse solos. A ser posible, sin molestar a los demás.

Ruido
Comentarios