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Píldoras

No debemos despreciar los pequeños momentos de felicidad, por fútiles que sean los motivos que los provocan

TENGO SUEÑO. En el momento de ponerme a escribir, noto que me pesan los párpados y me escuecen un poquito los ojos. Me siento espeso, torpe. Pienso a cámara lenta. Mastico las palabras antes de pulsar las teclas. Las ideas son como un líquido espeso, viscoso, dentro de mi cabeza. No estoy de mal humor, no es día para eso, pero sí me noto irritable. Refunfuño. Como los niños pequeños cuando les llega el momento de irse a la cama, pero insisten en prolongar un día que ya se ha terminado. Mi estado es la consecuencia de dormir poco. Menos horas de las habituales. Sin duda, bastantes menos de las necesarias. No puedo quejarme. Es el resultado de mis propias decisiones. Dicen que sarna con gusto no pica. Puede ser. De todas formas, tengo la impresión de que aquellos que llegaron a tan socorrida conclusión nunca padecieron los rigores de un problema cutáneo serio.

No es prudente para aquellos que madrugamos bastante, que nos ponemos en pie antes de las seis de la mañana, irse a la cama sobrepasada la medianoche. Mucho menos si es por quedarse un rato más delante del televisor. Pero hay ocasiones en las que merece la pena trasnochar un poco. Aguantar despiertos algo más de lo habitual. De lo contrario, perdemos la ocasión de disfrutar de una pequeña píldora de felicidad, por fútil que sea el motivo que provoca esa reacción. No está el mundo para desperdiciar oportunidades. Dado lo difícil que resulta vivir en un estado de dicha permanente, debemos aprender a conformarnos con esos momentos de bienestar, que, por un motivo u otro, hacen que nos sintamos satisfechos. Lo suficientemente contentos como para aparcar, al menos durante unas horas, o apenas unos minutos, esas dificultades que complican nuestro día a día.

Pasaba de la una de mañana cuando por fin me colé en el sobre. Aún tardé un tiempo en conciliar el sueño. Pero ese breve espacio en un duermevela, antes de caer definitivamente rendido, fue incluso un momento agradable. Nada que ver con esos días en los que uno se acuesta y da cuarenta vueltas en la cama antes de pegar ojo, apretado por esas preocupaciones que parecen más grandes cuando se apaga la luz. Nada que ver. En este caso, cuando finalmente me entregué a los tiernos brazos de Morfeo, dormí como un bebé. Como uno de esos que planchan la oreja doce horas seguidas. También hay de los otros, de esos que dan la murga cuatro o cinco veces por noche. Doy fe de que existen.

El motivo de ese subidón fue la victoria de un equipo de fútbol. Nada más y nada menos. La enésima remontada de un grupo de jugadores que, en apenas unos minutos, le dieron la vuelta a un resultado muy desfavorable. Una gesta deportiva, no exenta de algo de suerte, que me dejó contento y satisfecho. Alegre, en definitiva. Un poco contagiado de ese espíritu festivo que se proyectaba desde la pantalla. Puede parecer poco, a fin de cuentas, en nada cambiará mi vida, pero no lo es. Me acosté con la idea de haber generado un buen recuerdo que me acompañará durante mucho tiempo. Algo de lo que podré hablar con gusto cuando pasen algunos años.

No hay que menospreciar esos pequeños momentos de felicidad frívola. No es lo mismo levantarse cansado por haber dormido mal, que hacerlo por haber dormido poco. Uno descansa mejor cuando se va a gusto a la cama. Ahora queda completar la faena. Otra píldora, por favor.

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