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GALICIA ADOLECE de algo que es bastante normal, incluso habitual, en los demás países de la Unión Europea y también en otros lugares de España. Al menos con carácter general. Existe una fractura evidente entre los dos eslabones de una misma cadena. La participación de los productores en el proceso de transformación de la leche que sale de sus granjas es muy baja. Las explotaciones entregan la materia prima a las industrias o a los intermediarios que operan en el sector y se quedan al margen del proceso que añade valor de venta al fruto de su trabajo. Las excepciones son contadas. Esa situación es un factor más de inestabilidad. Sin posibilidades para actuar como agentes en el propio mercado de productos elaborados, ganaderos y cooperativas quedan a expensas de lo que decidan las empresas transformadoras o los primeros compradores, piezas de un mismo puzzle que, en cualquier caso, defienden sus propios intereses y toman decisiones con la mirada puesta en su cuenta de resultados. Muy poco se ha avanzado en ese aspecto en la última década. Se habla mucho, pero las palabras se las lleva el viento. Recientes están sonoros patinazos. Alimentos Lácteos fue un auténtico fiasco que dejó colgada a mucha gente. En ese caso, además, con la anuencia o al menos con la falta de pericia de la propia Administración. La Xunta enterró cientos de miles de euros en un proyecto que nació cojo. 

En los últimos días han sido noticias destacadas en el sector primario gallego el ligero incremento que ha experimentado la cotización de la materia prima en origen y la fusión de tres cooperativas gallegas. Ambas son positivas, pero quedan pendientes de evaluación. Con respecto al precio de la leche, algún sindicato ya calificó esa subida como algo "testimonial", habida cuenta de la recuperación que ha experimentado la tarifa de los productos industriales en el mercado internacional, con un aumento que se cifra en torno al 30%. Además, hay que tener en cuenta que si la media que perciben los ganaderos por el fruto de su trabajo se sitúa en poco más de 28 céntimos de euro por litro, se infiere que hay productores que están cobrando por encima de esa cantidad, pero también que otros muchos están por debajo de la misma y, por lo tanto, muy alejados de cubrir costes de producción. Eso sin olvidar que hay granjas que llevan meses soportando impagos por parte de primeros compradores, un colectivo que sigue moviendo un volumen muy importante de leche y, al menos en algunos casos, a importes de saldo. 

Con este panorama, parece poco probable que se pueda invertir el proceso de reconversión silenciosa que está viviendo desde hace décadas el sector primario gallego. Las ganaderías funcionan como empresas, pero están supeditadas a decisiones en las que poco o nada pueden influir. Ahogados por la escasa rentabilidad de su trabajo, muchos productores se ven obligados a cesar en la actividad agraria. En un futuro próximo, veremos explotaciones muy pequeñas, con una producción casi artesanal, y otras enormes. La nueva situación permitirá abastecer al mercado e incluso cubrir sus necesidades específicas, pero dejará muy tocado a nuestro campo, porque la inmensa mayoría de las granjas gallegas está justo en medio. Son unidades de producción familiares que mantienen vivo al sector e insuflan vida en las aldeas. De momento, salvo iniciativas contadas, apenas existen otras alternativas para fijar población en suelo rústico, de modo que el drama demográfico que está viviendo Galicia tiene su epicentro en la zona rural. Cada vez somos menos y más viejos. 

Con respecto a la fusión de Feiraco, Melisanto y Os Irmandiños, el titular invita al optimismo. Hay que mirar, en cualquier caso, la letra pequeña de esa integración. Para empezar, sorprende que otra sociedad inmersa también en este proceso, Xallas, se haya descolgado antes de empezar. Sus socios votaron en contra. También es curioso que una iniciativa de semejante calado no haya sido capaz de despertar el interés de los propios afectados. Apenas trescientos ganaderos, de los mil asociados que tiene la cooperativa con sede en Ribadeo, se molestaron en expresar su opinión sobre la unificación. 

En principio, el proceso de fusión, una vez completado, dejará una cooperativa de segundo grado con unos 3.500 asociados y más de trescientos empleados, que concentrará en torno al 15% de la producción láctea gallega. De momento, el objetivo de estas sociedades es reducir costes en las explotaciones, con suministros más baratos y servicios más completos. Es evidente que, a medio plazo, sus aspiraciones tienen que ser más ambiciosas. 

Entre ceja y ceja tiene que estar la creación de un grupo industrial o la promoción de iniciativas que generen valor añadido a la producción primaria de las granjas. No se trata sólo de crecer por crecer. Si los problemas de base persisten, es posible que la unión sólo sirva para hacerlos todavía más grandes. Lo importante no es completar una fusión, sino tener claro para qué va a servir.

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