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Pandemia Albimervella

El Club Deportivo Lugo se queda un año más en Segunda y es una muy buena noticia para la ciudad

NO VOY A hablar de deporte. No al menos en un sentido estricto. Prefiero enfocarlo desde el punto de vista de los sentimientos. Incluso, recordando lo importante que es para una ciudad pequeña como la nuestra la posibilidad de contar con un equipo de fútbol en la élite de un deporte que mueve a millones de almas solo en este país. Es un gran escaparate, un vehículo de promoción y un factor más que puede contribuir a generar riqueza. No andamos sobrados de oportunidades. El Club Deportivo Lugo se queda un año más en Segunda División. Lo consiguió en la última jornada, por un gol a cero y de penalti. Mantuvo el corazón de los aficionados en un puño hasta el último suspiro de la temporada. Llevamos unos cuantos años caminando por el filo de la navaja. Seguramente, no es saludable tentar tantas veces a la suerte. Supongo que ahora da lo mismo. Vale igual. Sabe mejor, incluso. Sin entrar en consideraciones demasiado profundas sobre una campaña un tanto errática, es una buena noticia. Sin paliativos.

Todos pasamos por momentos mejores y peores a lo largo de nuestra vida. La primera vez que bajé al Anxo Carro para ver un partido en la grada de general fui de la mano, casi literalmente, de mi buen y querido amigo Orestes. Tengo que reconocer que su afición tardía por el balompié nos sorprendió un poco a todos. En sus tiempos mozos no era seguidor de ningún equipo y el fútbol, en general, le importaba un pimiento. Con el equipo de casa se convirtió, en cambio, en un auténtico forofo. Creo que en su caso la identificación de una entidad deportiva con su Lugo del alma fue la mezcla que obró el milagro. Ahora es el motor que mueve a nuestro grupo. La persona que acabó por transportarnos a todos a ese estadio de arquitectura ecléctica, hecho a retales, en el que tan buenas tardes —y noches— hemos pasado, a pesar del frío y de la humedad impenitentes.

Andaba yo un poco flojo, después del desenlace de la larga enfermedad que acabó por llevarse a mi padre, cuando me convenció para bajar a ver un partido. Su prescripción resultó sumamente acertada. Tanto, que seguí aceptando el tratamiento durante la última década. Sin fallar a ninguna sesión por voluntad propia. Noventa minutos cada quince días no es demasiado tiempo. Sin embargo, el principio activo que nos aporta el fútbol en directo, rodeado de amigos y de gente que rema en la misma dirección, resulta balsámico para el ánimo en determinados momentos. Incluso cuando perdemos. Tengo que decir que, al menos en mi caso, prefiero lidiar con el cabreo que con la tristeza.

Este último año ha sido duro en muchos sentidos. El confinamiento que nos tuvo meses encerrados en nuestras casas, las restricciones a la movilidad posteriores, el toque de queda, la imposibilidad de reunirnos con la gente a la que queremos, la pertinaz crisis económica o la obligación de llevar puesta en todo momento una mascarilla que nos tapa media cara ha condicionado nuestra forma de vivir. El coronavirus ha alterado nuestros hábitos y ha modificado nuestras rutinas. Seguramente, la imposibilidad de bajar cada quince días al campo, para ver el partido y para pasar un rato con nuestros amigos, sea el menor de los males que hemos tenido que soportar últimamente los seguidores del Club Deportivo Lugo. Aun así, la privación obligada y prolongada de practicar tan estimulante costumbre ha sido una piedra más en el zapato a la hora de transitar por el retorcido camino de la pandemia.

Que el Lugo se quede un año más en Segunda ha sido una tremenda alegría. No pude ver los últimos minutos del partido frente al Rayo Vallecano. Demasiado para el cuerpo. Me enteré de la victoria por los pitidos de los coches que transitaban a esa hora por la calle. Si todo va bien, volveremos a bajar al campo, para encontrarnos y para animar a nuestro equipo, que sigue en el fútbol profesional. Se nos ha pasado por la cabeza, incluso, montar una peña. A falta de otras gestiones, ya tiene nombre. Si sale adelante, se llamará pandemia albivermella. Esperemos que sea tan contagiosa como la que nos viene dando por saco desde marzo del año pasado.

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