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La decisión

Salvo milagro de última hora, viviremos de nuevo un San Froilán descafeinado sin sus principales atractivos

POR SEGUNDO año consecutivo las patronales de San Froilán se quedarán sin casetas del pulpo y, salvo milagro de última hora, que ni se atisba ni se espera, también sin recinto ferial. No habrá fiestas tal y como las entiende la mayoría de la población de esta ciudad. Tal y como las disfruta toda esa gente que, año a año, se acerca a Lugo para vivir en primera persona los festejos mayores del otoño gallego. Tampoco los actos que figuran en el programa oficial, que todavía está cociéndose, se podrán celebrar con normalidad. Hace demasiado tiempo que nada es normal. Hemos aprendido a convivir con lo insólito. El motivo es de sobra conocido por todos.

Aunque parece que la situación ha mejorado de forma notable y las restricciones que hemos soportado en los últimos meses van poco a poco a menos, todavía estamos inmersos en una pandemia. Se impone el principio de precaución. Nos hemos enfrentado a pecho descubierto a un virus nuevo y desconocido, pero la ciencia y la propia experiencia nos van enseñando algunas cosas sobre su comportamiento. Con la inmensa mayoría de la población vacunada, lo que hemos aprendido últimamente es que las vacunas nos protegen de que la enfermedad derive en situaciones graves, pero ni son infalibles, al menos de momento, ni tampoco evitan los contagios. Son conocidos los efectos de la quinta ola. Toca seguir cuidándonos.

Dicho esto, se puede debatir sobre si es posible o no que se instalen barracas en la ciudad durante las patronales. También sobre el modo de hacerlo, para cumplir con las medidas decretadas por las autoridades sanitarias y garantizar, en la medida de la posible, la seguridad de los usuarios. Incluso, aún asumiendo que el protocolo de prevención frente al coronavirus permite la apertura del recinto ferial con una serie de condiciones, discutir sobre si es o no conveniente que funcionen las atracciones en esta edición de las fiestas de San Froilán. Supongo que habrá opiniones para todos los gustos. Es perfectamente comprensible, sin ir más lejos, la postura de los feriantes. Uno puede empatizar con ese cabreo que exhibieron esta semana cuando irrumpieron en el Ayuntamiento de Lugo. Lo que está en juego es su medio de vida.

Sobra decir, en todo caso, que solo el gobierno local tiene la responsabilidad de tomar la decisión definitiva. Por supuesto, también la obligación de asumir las consecuencias de la misma. No lleva a nada embarrar el terreno del juego. Ni por parte de unos ni por parte de otros. Desconozco los pormenores técnicos del protocolo diseñado por las autoridades sanitarias y, salvo amenaza de tortura, no tengo pensado analizarlo en profundidad. El Diario Oficial de Galicia ya se ha convertido para mí en una publicación de cabecera, pero todo tiene un límite. Solo puedo decir que este verano estuve en Ribeira. En las fiestas de la localidad, a principios de septiembre, los feriantes pudieron montar una versión más o menos descafeinada del habitual recinto ferial en la explanada del puerto. Nada comparable, de todas formas, a un San Froilán convencional.

A lo mejor, en la ubicación tradicional, podrían adaptarse las condiciones del recinto a las exigencias sanitarias. O distribuir las atracciones por distintos barrios, como propone la Xunta de Galicia. Si mis vecinos no se oponen, estaría encantado de tener enfrente de casa el Tren de la Bruja y un carrusel. También un puesto de patatas y otro de churros. Hay quien propone, incluso, aprovechar esta circunstancia para buscar otra localización y sacar las barracas del centro.

Sin embargo, la decisión recae en el gobierno de la ciudad. Al menos en una parte del mismo, porque poco sabemos sobre la postura de su socio. Dice que lo hace por responsabilidad, por cuidar de la salud de la gente. Poco se puede objetar a eso. Seguramente, también tiene claro a quién señalarían con el dedo si las patronales derivan en un brote que complique la situación sanitaria del municipio. No tiene necesidad de culpar a otra administración. Tampoco de buscar oscuras tramas políticas en la postura de los feriantes. En eso consiste gobernar, en decidir a favor del bien común y en asumir las consecuencias de las equivocaciones. Si las hubiera o hubiese. La buena voluntad se presupone. ¿No?

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