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Herencia para la hostelería

NO SÉ SI ES el principio del fin. Lo parece, en todo caso. Lo digo con toda la prudencia. Estamos ansiosos por pasar página, pero si algo hemos aprendido en el último año y medio es que el exceso de optimismo es, precisamente, eso: Un exceso. En todo caso, acostumbrados como estamos ahora a vivir en intervalos de tiempo de siete días, quince como mucho, entre reunión y reunión del comité clínico, lo más razonable es contener la euforia, al menos de momento. Ir caminando con "la mirada al frente, la sonrisa a punto y los zapatos limpios". Paso a paso. Si nada se tuerce, Galicia podría salir la próxima semana de la situación de emergencia sanitaria en la que nos ha mantenido la pandemia desde marzo del pasado año. Después de navegar entre olas y de sacar la cabeza del agua, tenemos que seguir manteniéndonos a flote. Parece que ahora sí, que ha llegado el momento de gestionar la nueva normalidad. Aún está por ver cómo se hace eso. Algunos conservamos cierta esperanza de que, a medio plazo, se parezca bastante a la vieja. Aunque nos quejemos a menudo y pasemos la yema de los dedos por sus imperfecciones, quizás con demasiada frecuencia, estamos obligados a reconocer que no estaba tan mal. Aunque solo sea por comparación.

Sin menospreciar los perjuicios que han tenido que soportar otras actividades, es justo reconocer que la hostelería ha sido uno de los sectores más zarandeados como consecuencia de esta crisis. Han recibido ayudas, pero intuyo, como sucede casi siempre cuando se producen estas tragedias sobrevenidas y colectivas, que han sido insuficientes para cubrir todas las pérdidas que han tenido que soportar a causa de la propia situación sanitaria. También, hay que decirlo, por las medidas decretadas por las autoridades para tratar de frenar los contagios y doblegar las sucesivas curvas pandémicas. Bares, cafeterías y restaurantes han estado cerrados durante meses. Cuando se ha permitido su apertura, han tenido que adaptarse a unas condiciones muy rigurosas, lo que ha supuesto un esfuerzo económico y personal nada despreciable. Además, han sido sometidos a sucesivas restricciones, de aforo y de horarios, que han mermado su capacidad para facturar, como negocios que son. Hablamos de dinero suficiente para pagar gastos y nóminas y, de paso, dejar algo en caja para que sus propietarios también puedan vivir.

Supongo que en todo este tiempo de ceniza y de chaparrones extemporáneos e imprevisibles, pendientes de los cónclaves de los martes y del Diario Oficial de Galicia, la posibilidad de instalar terrazas, en algunos casos, y de ampliarlas, en otros, ha sido una buena ayuda. Les ha dado, al menos, la posibilidad de trabajar. De mantener el contacto con sus clientes y de ir sobreviviendo, a la espera de tiempos mejores. Ahora, supongo que cuentan las horas para recuperar las condiciones de trabajo autorizadas en sus respectivas licencias de actividad. Volver a utilizar los locales, con toda su capacidad, durante su habitual jornada laboral. Lo normal, vamos. Como cualquier otra empresa.

En todo caso, queda por decidir qué va a suceder con todas esas terrazas que han brotado como hongos por los diferentes barrios de la ciudad, de forma comedida o desproporcionada, con mayor o menor fortuna, con mejor o peor gusto, con cierto sentido de la estética o de manera totalmente descuidada. De una forma más o menos planificada, con visión de futuro, o de una manera absolutamente improvisada, para salir del paso. Con ese mismo dilema están ahora mismo bregando otras muchas ciudades. Madrid ha anunciado que retirará todos los permisos para ocupar plazas de aparcamiento en enero. En Barcelona, en cambio, valoran la posibilidad de permitirlas, siempre que los propietarios hagan la inversión necesaria para montar una plataforma homologada.

Tengo que reconocer que, como cliente, me he acostumbrado, salvo que llueva a cántaros, a estar al aire libre. Me gustan las terrazas. Mantenerlas les da a los hosteleros la posibilidad de irse recuperando poco a poco de las pérdidas que arrastran. Y a la gente tiempo para recobrar la confianza perdida después de tantos avatares. De cara al futuro, habrá que escuchar a los técnicos. Ver qué se puede y qué no se puede hacer. Dónde es posible y dónde no. Ordenarlo todo con una normativa bien definida, con exigencias estéticas y de seguridad para clientes y empleados.

Además, si van a prevalecer, la seguridad jurídica también es fundamental para que los hosteleros vean la posibilidad de mantenerlas como una inversión y no como un gasto. Si se hacen bien las cosas, pueden ser una magnífica herencia de la nueva normalidad para la vieja.

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