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Fatigados

Los efectos de la pandemia, la incertidumbre y los errores políticos hacen que prolifere el desánimo

NO TENGO muy claro lo qué es, pero he leído en alguna parte que alrededor de un sesenta por ciento de la población europea padece eso que se conoce como "fatiga pandémica". Entiendo que se le ha puesto un nombre a esos sentimientos que, en un momento u otro, las personas normales acabamos padeciendo como consecuencia de la situación que estamos viviendo desde hace casi un año. Hay excepciones, claro que sí, pero creo que, en general, no lo estamos haciendo demasiado mal. No estábamos entrenados para esto. Ni nosotros ni aquellos que tienen la responsabilidad de guiarnos y de poner orden. He perdido la cuenta de las veces que las propias autoridades sanitarias han tenido que rectificar su propio criterio o de los mensajes contradictorios que nos hemos visto obligados a absorber e interpretar. Nuestra vida se ha visto alterada de la noche para la mañana y hemos aprendido a convivir con una serie de normas, restricciones y recomendaciones que han cambiado nuestra forma de relacionarnos con los demás. También hemos asumido conceptos que hasta ahora eran inéditos para nosotros. Y lo hemos hecho, además, sin rechistar. O al menos sin levantar demasiado la voz. Con la resignación propia de aquellos que siguen un camino prefijado por simple precaución. Por temor a perderse entre la niebla y acabar en una senda que los conduzca a un destino incierto.

A pesar de esa evidente resignación, los sentimientos no se evaporan. Difícilmente podemos dejar de pensar y de preocuparnos. Por lo que está sucediendo y por lo que puede pasar dentro de algunos meses. El miedo a ponernos enfermos o a contagiar a las personas que queremos o apreciamos; el aislamiento social al que estamos sometidos para frenar el avance de la pandemia; el aburrimiento, al vernos metidos en una especie de bucle del que no conseguimos salir; la incertidumbre por lo que puede pasar mañana; las quejas de la gente que nos rodea y, últimamente, hasta un tren de borrascas que ha devorado la luz del día y nos ha sumido en una especie melancolía crepuscular. Todo ayuda a que nuestro estado de ánimo esté, como mínimo, un poco tocado. Se estima que, a estas alturas, en torno a un cuarenta por ciento de la población en nuestro país presenta síntomas moderados o graves de depresión. También cuadros de ansiedad. No sé. Es posible. Lo que tengo más o menos claro es que casi todos estamos hasta las narices de esta situación. Queremos recuperar nuestros hábitos, disfrutar de nuestras costumbres, abrazarnos o incluso sobarnos si dan las circunstancias propicias, regresar a casa cuando nos dé la gana y dirigir nuestros pasos hacia cualquier lugar sin tener que dar mayores explicaciones. Eso es lo que deseamos, pero no puede ser. No al menos de momento.

Estamos cansados de esta situación, pero si hay algo que puede ayudarnos a no desfallecer es la esperanza de que todo esto, al igual que tuvo un principio, también tendrá un final. Sin embargo, no es sencillo sacar la cabeza de debajo del agua para tomar aire. La gente ve que después de la pandemia sanitaria se agudizará la económica. Que la inactividad, las pérdidas y la incertidumbre pueden desembocar en una crisis que deje a muchos pequeños empresarios y autónomos en la ruina y a un montón de gente sin trabajo. Es ahora cuando las instituciones públicas deberían generar confianza. Contribuir, cada una en la medida de sus posibilidades, a mantener el ánimo elevado. Aclarar que van a hacer todo lo posible para que nadie se quede atrás.

Y sus gobernantes, aunque sea por una vez en la vida, demostrar que pueden aparcar sus diferencias y trabajar juntos para tratar de remontar esta situación. Deberían dar ejemplo, pero lamentablemente no es así.

Finalmente, diputaciones, ayuntamientos y Xunta de Galicia no consiguieron ponerse de acuerdo para crear un fondo común que permita rescatar a los sectores más afectados por las restricciones. Ante la falta de entendimiento, el gobierno gallego movilizará 75 millones de euros para comenzar a pagar las ayudas este mismo mes. Da la sensación de que el motivo del desencuentro no va mucho más allá del deseo de rentabilizar políticamente ese reparto de dinero. De la intención de colocar la foto de cada uno en el cheque en cuestión. Cualquier otra razón suena a excusa.

Es cierto que la pandemia desmoraliza, pero también el comportamiento sectario y pueril de algunos cargos públicos. Vamos a acabar extenuados por las fatigas pandémica y política.

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