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Año cero

Hemos comenzado 2022 de una forma un tanto mustia, pero además de vacunas, toca inyectarse optimismo en vena

LOS PRIMEROS días de un nuevo año somos muchos los que nos marcamos una serie de propósitos para llevarlos a cabo durante los doce meses que nos quedan por delante. A veces son pequeñas metas, algunos cambios en nuestras rutinas y hábitos diarios. En ocasiones, nos ponemos ambiciosos e incluso nos planteamos darle un vuelco a nuestra forma de vivir. Comer de forma más sana, hacer deporte, perder unos kilos, aparcar algunos vicios, crecer laboralmente, dedicar más tiempo a la lectura o mejorar nuestra formación son clásicos en la lista de voluntades que redactamos en enero.

Podríamos rellenar un formulario diferente con nuestras aspiraciones materiales. Ahí cada uno sabe de lo suyo y de sus posibilidades. Hay quien planea cambiar de coche, sacarse el permiso para conducir motocicletas, mudarse a una casa más grande o buscar un piso con terraza y mejores vistas. También viajar a lugares todavía desconocidos o regresar a sitios que nos evocan recuerdos agradables. Por supuesto, hay deseos más modestos, pero igualmente intensos, como hacerse con uno de esos móviles con precios de cuatro cifras. Para seguir hiperconectados o, simplemente, para fardar de pepino delante de los colegas.

En mi caso, alguno de esos propósitos de año nuevo llegó a buen puerto en algún momento. Sobran dedos de una mano, en todo caso, para contarlos. También es cierto que otros resucitan para levantarse sobre las cenizas del olvido cada primero de enero. Se resisten a quedar relegados al limbo de los fracasos, de modo que nunca llegan a quedar aparcados de manera definitiva. De todas formas, honestamente tengo que reconocer que muchos de ellos ya se han diluido para siempre en el éter de las intenciones nunca ejecutadas. Momificados, como esperando por otra vida que nunca termina de llegar.

Seguramente podría encontrar alguna coartada aceptable para justificar determinados abandonos, pero es innegable que algunos pasos atrás, o simplemente la decisión de detener la marcha a medio camino de la meta, vinieron motivados por sentimientos u estados de ánimo tan lamentables como la apatía, la pereza, la falta de voluntad o la carencia de la valentía necesaria para seguir remando en una determinada dirección. A veces tengo la sensación de que son más educativos algunos fracasos que determinados triunfos. Al menos contribuyen a que conozcamos nuestras debilidades, nos hacen mantener los pies en el suelo y, quién sabe, a la larga pueden ayudarnos a mejorar como personas.

Esta primera semana de 2022 podría ser tan buen momento como cualquier otro para poner sobre la mesa alguno de esos planes cargado de intenciones positivas. Sin embargo, la realidad es tozuda. Hemos comenzado el nuevo año de una forma un tanto mustia. Pensé sobre ello en Nochevieja. De vuelta a casa, poco después comer las doce uvas y de un brindis tan efímero que casi parecía el descafeinado de los lunes a primera hora. Nadie caminando por las calles. Apenas un par de coches circulando por la calzada. El silencio rebotando contra las fachadas iluminadas todavía por ventanas encendidas. Los locales de hostelería cerrados. Nada de la alegría y de la animación de otros años. De la efervescencia de los jóvenes saliendo de sus casas de punta en blanco. De los mayores estirando un poco más la noche. Nada. O muy poco. Apenas un suspiro de lo que fuimos. De lo que somos.

El oleaje que sacude desde hace dos años nuestra existencia se empeña de forma contumaz en sumergirnos en las aguas del pesimismo. Es el momento de seguir nadando. No es fácil, porque la mascarilla sigue ahogando nuestros pasos, pero ahora ya somos veteranos de una guerra que algún día finalizará, aunque sea con un armisticio. Dicen que vamos ganando, pero no hay que confiarse. Al enemigo, ni agua. Entretanto, además de la vacuna, toca inyectarse optimismo en vena. Nada de dejarse vencer por la apatía, la pereza o la falta de voluntad. Es momento de formular propósitos y de poner los medios para llevarlos cabo. De planificar el año cero del resto de nuestras vidas.

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