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Una noche entre periodistas

Foto de familia de los asistentes a la cena. DP
Foto de familia de los asistentes a la cena. DP

LA SEMANA pasada, en el Pazo da Cultura, tuvo lugar la cena anual de periodismo pontevedrés. Con la disculpa de conmemorar la festividad del patrón, San Francisco de Sales, acudieron a la convocatoria todo tipo de profesionales de la comunicación, tribuneros, mercachifles, juglares y farsantes. También un servidor, ataviado con gafas de pasta para no levantar sospechas y pasar desapercibido entre tanta sabiduría y dioptrías. Fue un intento infructuoso pues, al poco de llegar, ya estaba dando la nota. 

Sucedió que, después de saludar a varios conocidos y mientras despachaba mi segundo vino con sed de beduino, se me acercó Susana Ares, periodista de Radio Galega y organizadora del evento. Con una sonrisa de las que ablandan cualquier defensa me preguntó si era yo Rafa Cabeleira, a lo que respondí afirmativamente fingiendo absoluta naturalidad y máxima cercanía, como si fuese un anónimo más. Nos dimos los besos de rigor y fue en ese justo momento, aprovechando el momento de máxima aproximación y confidencialidad, cuando ella me explicó que todo el mundo había pagado su plato menos yo. 

Cumplimentado el trámite y con el ego bien abofeteado regresé a los corrillos donde me encontré con Carolina Neira, periodista de la casa y cara amiga con la que recuperarme del mal trago. Pedimos un par de vinos y, muy dispuesto, solicité al camarero que me cobrase. 

–Son cuatro euros –dijo él con un exceso de celo que me pareció insultante. 

Entonces caí en la cuenta de que había gastado hasta el último céntimo en el pago inicial y comencé a palparme los bolsillos mientras Carolina se hacía la despistada, retrasando ese momento tan humillante en el que la supuesta invitada reconoce tus apuros económicos y echa mano de su cartera. Por suerte, como llovida del cielo, apareció tras de mí Susana Pedreira anunciando que era su ronda y deslizando un billete sobre la barra, un pequeño alivio que me recordó a esas mañanas en que te encuentras abatido por la soledad y encuentras su voz en la radio. A corta distancia, como un pequeño Sauron que todo lo ve, Diana López Varela asistía a la escena meneando la cabeza como la madre que asiste al enésimo descalabro público de su hijo, el tonto: la noche iba a ser muy larga.

Entonces caí en la cuenta de que había gastado hasta el último céntimo en el pago inicial


Y efectivamente, fue larguísima pero también divertida. En la mesa, Xabier Fortes hizo un repaso de aquellos tiempos en los que Don Pedro Rivas dirigía los designios de esta casa y los pontevedreses se levantaban, cada mañana, expectantes ante la genialidad y brutalidad que destilaban sus titulares de portada. A los postres, mientras Ramón Mella calentaba motores para amenizar el baile, los maestros de ceremonias anunciaron los premios Naranja y Limón que recayeron en Susana Ares y Carmela Silva. Tras el incidente inicial con la periodista, y sin saber quién era la otra señora —luego me dijeron que se trataba de la presidenta de la Deputación Provincial de Pontevedra—, tuve serias dudas sobre qué se premiaba exactamente con cada cítrico así que me acerqué a la barra, dispuesto a hundirme en el fango y el más absoluto aturdimiento.

–Honra el trono que has heredado —me había dicho por la tarde Manuel Jabois, (el gran ausente de la noche junto a Rodrigo Cota y Adrián Rodríguez), y por las historias que circulaban sobre él de mesa en mesa parece que lo estaba consiguiendo. 

Entonces llegó el momento más peligroso de la fiesta, ese en el que los jefes se acercan a traición y te invitan a una copa para que hables más de la cuenta, en confianza. Diez minutos antes estaba dispuesto a acorralar a Miguel Ángel Rodríguez y exigir una mejora en mis honorarios pero diez minutos después —tiene algo de hipnotizador— ya me estaba ofreciendo para escribir esquelas y horóscopos a cambio de la voluntad, que es lo primero que se pierde en estos saraos junto con el decoro y la dignidad. Aproveché la euforia para besar los pies de Ramiro Espiño, pedir dinero prestado a Carmen García de Burgos y presentarme a Teresa Cuíñas por segunda vez en un mes, demostrando así que mi símbolo en el horóscopo chino es el pez Dori, la coprotagonista de Buscando a Nemo. Lo siguiente que recuerdo es una taza de chocolate, una bandeja de churros y a Serafín Alonso convenciendo a un taxista de que teníamos dinero para pagar la carrera: evidentemente, hablaba por él. 

En definitiva, y por no hacer más sangre, se podría concluir que la cena anual de periodistas de Pontevedra es una magnífica ocasión para relacionarse con compañeros de otros medios y evitar, dentro de lo posible, a los que ya conocen tus hechuras. Se me antoja un receso necesario para todos esos profesionales que se desviven por acercarnos a la noticia, sufridores vocacionales a los que no siempre se les reconoce el mérito y que por una noche se comportan con la furia desatada que suele soportar en sus habituales interlocutores: políticos, deportistas, empresarios, famosillos del montón… Una noche en la que todo vale y se perdonan hasta los peores pecados, razón por la cual, mi querido lector, está usted leyendo esta columna y se han ahorrado mi presencia las, ya de por si lamentables, largas colas del paro. 

Una noche entre periodistas
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