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Tres viejas

SE SIENTAN en un banco de la calle —siempre el mismo— y toman aire a bocanadas, aparentemente exhaustas: a ciertas edades, detenerse provoca un desgaste similar al de ponerse en marcha, incluso mayor. Viéndolas, uno no tiene la impresión de que se profesen una gran amistad, pero cada tarde recorren la calle principal arriba y abajo, alineadas como un pequeño ejército con varios dientes de oro y desgaste en las caderas, hasta que alguna empieza a quejarse del trote y se repantingan en su pequeña atalaya a ras de suelo. 

"¿Cuántos pasos hemos dado hoy?", pregunta Isaura, la más pequeña y regordeta de la tres. Ha sacado el abanico de un bolso enorme color rosa, con asas de mimbre, y lo agita frente a su cara con tanta virulencia que se le mueven las arrugas del mentón, impulsadas por el aire. Lola, que es alta y de vejez hermosa, saca el teléfono móvil y desplaza el dedo por la pantalla en busca de respuestas. "Dos mil doscientos veintitrés", dice de repente, achinando tanto los ojos que a punto están de explotar y desaparecer. "Menuda caminata, nenas", concluye Sara, que ha apoyado su bastón contra el reposabrazos y se lleva la mano a la frente en un intento inútil de secarse un sudor que no existe, un sudor imaginario. Es la menos habladora de las tres, apenas dirá algo más en el resto de la tarde. 

Lola, que también lleva un bolso colgado del brazo —negro, más sobrio que el de Isaura— guarda el teléfono y lo sustituye por una manzana. "¿Alguna quiere un trozo?", pregunta mostrando la fruta y esgrimiendo una navaja de punta chata, de esas que suelen llevar los marineros en el bolsillo por si alguna emergencia obliga a picar un cabo o un aparejo. Sara no dice nada, se limita a fruncir el ceño con dificultad y mover la cabeza. Isaura, que adora las manzanas, tampoco se aviene a aceptar la invitación de su compañera. "Bah, sois unas aburridas", responde airada Lola. "Hay que comer siete piezas de fruta al día, lo dicen en la televisión, y no os veo que comáis ni la primera", les reprocha mientras se lleva un pedazo a la boca y lo mastica con la boca abierta, distraída con sus propias lecciones. Unos niños montados en monopatín cruzan frente a ellas haciendo un ruido de mil demonios y las tres los siguen con la mirada hasta que se pierden doblando la esquina. "No me gusta nada el ruido de los esquís", dice Isaura. Las otras dos le dan la razón sin demasiada emoción, como si no fuese la primera vez que se queja del mismo asunto. 

"He traído un pitillo", dice entonces Isaura con una sonrisa de contrabandista juvenil, por sorpresa. Lola y Sara se miran, la miran a ella, y empiezan a ponerse coloradas al mismo tiempo, como si tuvieran la vergüenza ensayada. Se estiran las mangas de las respectivas chaquetas, se palpan las rodillas y los codos, disimulan no haber escuchado el ofrecimiento de su amiga… Pero al poco rato ya se están riendo las tres mientras Isaura se echa el pitillo a la boca y lo enciende con una cerilla. "Qué locas estamos", dice Lola mientras cruza los brazos apretándose los pechos blandos, enormes, de Afrodita casi extinguida. "Si nos vieran nuestros maridos…". Pero no las pueden ver, no al menos desde este mundo. Tampoco sus padres ni madres. "¿Tú vas a fumar, Sarita?", pregunta Isaura. Sin decir palabra, la otra no puede quitarle ojo al cigarrillo mientras mueve los hombros para expresar sus dudas aunque, al final, asiente. 

Nunca habían hecho algo semejante, algo tan trasgresor en sus cabecitas de abuelas de posguerra. Fumar siempre fue cosa de hombres y putas, lo llevan escuchando toda la vida, pero finiquitado el cigarro no se sienten ni una cosa ni la otra. En realidad, parecen las tres mismas viejas de siempre, con sus achaques y sus silencios largos, con sus chaquetas de lana y las medias un tanto roídas. Tres ancianas, en fin, que habían esperado hasta la última recta para hacer aquello a lo que nunca se habían atrevido: ser libres, ser jóvenes, ser fumadoras. "Mañana traigo otro", exclamó Isaura machacando la colilla con la suela del zapato, como si estuviera triturando sus propios prejuicios. "Mañana igual ya no estamos aquí", responde Lola clavando la mirada en ninguna parte. Sara se limita a sonreír, sin decir nada, que es su manera de confesar a las demás que nunca había sido tan feliz.

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