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Terracitas

NADIE ES infalible, ni siquiera los Gabinete Galigari. El calor del amor en un bar, como dice la canción, estaría muy bien para los estándares de la Movida pero la verdadera felicidad exige hoy algo más que taburetes giratorios y una atmósfera viciada por el humo del tabaco. Vivimos en la era del confort, el aire libre, las bebidas sin azúcar y el saludo tejano, ese en el que apuntas con el dedo a cualquier conocido desde la distancia mientras accionas el pulgar como un percutor. De un modo progresivo y al mismo tiempo letal, hemos pasado de escondernos en tugurios de mala muerte para perpetrar actos inconfesables a mostrarnos sin rubor en actitud desenfadada. Y para tal efecto, en eso estaremos todos de acuerdo, no hay mejor escenario que las terrazas o, como suelen decir los profesionales de este florido estilo de vida, ‘las terracitas’.

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXALas terracitas, como los duelos mexicanos o el bobsleigh, tienen sus particularidades y sus normas. Es un error propio de neófitos bautizar como terracita a cualquier conjunto de mesas y sillas esparcidas por una plaza —o calle ancha— sin demasiado orden ni concierto: eso es, simplemente, una terraza. La terracita exige cierto encanto, cierto je ne sais quoi. Se trata de un concepto complejo que traza una línea imperceptible entre el común de los mortales y la alta sociedad, entre los que sorbemos el café con la cucharilla y quienes estiran el pulgar mientras sostienen delicadamente la taza. En definitiva, una terracita es un pequeño Downton Abbey en el que los Crowley, los Carlisle y los Kent de cada barrio juegan a ser dioses cruzando la pierna, moviendo mucho las manos y asintiendo con la cabeza incluso cuando no hay nadie hablando."¿Dónde se está mejor, con este calor de siete infiernos, que una terracita?", se dicen unos a otros mientras intercambian miradas complacientes, sonrisas carísimas y un buen puñado de frases hechas.

Todo esto me recuerda a una famosa entrevista de Peter Bogdanovich a John Ford, un tipo más de terrazas que de terracitas, para qué nos vamos a engañar. El plano resulta inmejorable, enmarcado por ese fondo rocoso y anaranjado de Monument Valley que el propio Ford popularizó en varias de sus mejores películas. ‘Toma uno’, anuncia un operario sosteniendo la típica claqueta frente a la cara del genio. "No necesitaremos más de una toma: rueden", responde el entrevistado. "Sr. Ford: usted hizo una película titulada Tres hombres malos, un western a gran escala con una elaborada invasión de tierras, ¿cómo rodó eso?", se anima un Bogdanovich al que no llegamos a ver en el plano pero, intuimos, bien podría haberse presentado a la entrevista exigiendo copa balón y sombrillita. "Con una cámara ", despacha Ford llevándose a la boca un habano considerable mientras clava su único ojo en la petulancia del otro. Créanme que, de todos los ejemplos que había contemplado para ilustrar las diferencias entre una terraza al uso y la dichosa terracita, este es, sin ninguna duda, el mejor. También el menos ofensivo, por cierto, pues no están los tiempos para ir ganándose nuevos enemigos en cada párrafo.

El pasado fin de semana, sin ir más lejos, un amigo de Coruña me citó en una terraza de Madrid aprovechando una visita relámpago y autorizada a la capital. Y, efectivamente, como ustedes ya habrán imaginado, se trataba, en realidad, de una terracita. Allí estaban Fernando González ‘Gonzo’, vestido de incógnito; Tamar Novas y Belén Cuesta sin sus Goyas (qué poco han aprendido de nuestro Xabier Fortes, que no baja ni a por el pan sin su Ondas); Xoel López y David Quinzán con su divertida melancolía y el cocinero Manu Lúa disfrazado de cirujano, que es a lo que la pandemia del COVID parece haber abocado a nuestros hosteleros. Pese a lo que pueda parecer, el problema principal no estaba en nuestra mesa sino en todas las demás: chavales con camisa y pantalón corto, señoritas con gafas de sol interminables, señoras con banderas de España anudadas al cuello, teléfonos móvil con brillos, perros de marca, niños vestidos de Primera Comunión y demás elementos del postureo habitual en las, insisto, inhóspitas pero atractivas terracitas. Los coches de la Policía Nacional zumbaban arriba y abajo, como si me conocieran de algo y tuvieran que asegurarse una y mil veces de que era yo, el muchacho de Campelo con alma de cosmopaleto, el que levantaba la manito para llamar la atención mientras sonreía a unos y a otros, al tiempo que asentía muy fuerte con la cabeza. "¿Qué va a tomar el señor?", me preguntó entonces el camarero. "Algo caro, ligerito y sin azúcar, que estoy preparándome para la temporada de ‘beach’", contesté engolando muchísimo la voz. Y creo que fue en ese preciso cuando pensé, por primera vez, aquello de "¿Que no hay nada como el calor del amor en un bar, Jorge Urrutia?". Me había metido tanto en el papel que si me lo llego a cruzar de camino a casa le hubiese llamado ‘mamarracho’.

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