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Suspiros

Este niño suspira demasiado”, dijo el tutor de octavo curso. Mi madre se me quedó mirando un buen rato, como si necesitase de algún tipo de confirmación, mientras mi padre sacaba un pañuelo del bolsillo para secarse el sudor de la frente. Le corren unas gotas gordísimas desde la raíz del pelo cuando se siente superado por alguna situación y aquella, en concreto, era más de lo que parecía poder soportar. “Pero cómo que suspira demasiado, vamos a ver”, preguntó con el pañuelo tan estrujado y humedecido que parecía el trapo de un mecánico. Se me antojó una reacción razonable por su parte. Tampoco puede meterse uno a castigar al primogénito sin más argumentos que una simple apreciación de terceros. “Pues lo que le digo, suspira todo el tiempo”, insistió el otro. “Mientras se pasa lista, suspira. Durante el rezo, suspira. Si lo mandan salir al encerado también suspira… Incluso en los recreos, mientras juega al fútbol, que cualquier día se nos cae muerto en el patio de tanto suspirar”.

Mi padre no dejó de repasarse la frente hasta que llegamos al aparcamiento y nos metimos en el coche. “Pero tú estás parvo o qué carallo te pasa”, explotó de repente, mirándome por el espejo retrovisor. Mamá parecía más contenida, algo inquietante si se tiene en cuenta que las madres son peligrosísimas cuando callan. Recuerdo una noche en que no fuimos capaces de arrancarle una sola palabra durante la cena y a la mañana siguiente apareció muerta Doña Remedios, nuestra vecina, que no le caía muy allá. Dijeron que se le había parado el corazón de tan vieja que era pero a mí no terminó de convencerme la explicación oficial. Fue entonces, mientras mi padre metía la llave en el contacto y mi madre apretaba muy fuerte la boquita, cuando suspiré sin apenas darme cuenta de lo que hacía.

Esa noche me quedé sin ver la tele. “Por parvo”, insistió papá. Nunca fue hombre de andar con el diccionario de sinónimos en la boca, supongo. A ella la escuché hablar por teléfono con su hermana durante casi una hora, lo que me dejó un poco más tranquilo porque una cosa es temer un castigo y otra, maruxainamuy distinta, el juicio final. Al día siguiente me levantaron temprano, se me vistió de domingo y me llevaron a un médico de pago, lo que no dejaba duda alguna sobre la gravedad de la situación. En los pueblos funciona una especie de lista secreta de galenos que se van recomendando unos vecinos a los otros, dependiendo de la especialidad. A mí me llevaron a uno que le había curado a Dorita Costas una gastroenteritis feísima porque en mi casa, las primeras sospechas -más allá de pensar que nunca he sido muy listo-, apuntan siempre al aparato digestivo. “No come nada y se pasa el día suspirando”, le dijo mi madre al fulano aquel de bata blanca, gordo y peludo como un bisonte. En las siguientes semanas pasé por las manos de un endocrino, un dentista, un cardiólogo, un psicólogo, un cura y dos meigas, a cada cual más inútil que el anterior.

A mi padre ya no le quedaban líquidos que sudar y mamá se aburrió de apuntar teléfonos en su agenda de Gloria Vanderbilt. Yo, claro, seguía suspirando, pero tampoco era capaz de ofrecer una explicación medio razonable al misterio. “¿Es por lo del abuelo?”, me preguntaban. Y yo decía que igual sí o igual no, porque ya hacía unos cuantos años que se había muerto y tampoco veía clara la relación entre penas y suspiros. Al contrario, me resultaban bastante gratificantes. “Supongo que me gusta suspirar”, improvisé un día después de comer. Mi padre, pobre, se levantó de la mesa y salió a comprar tabaco: llevaba cinco años sin fumar. Mi madre, en cambio, me acarició el pelo y, misterios del amor incondicional, entregó definitivamente las armas. “¿Sabes qué? Que si te gusta suspirar pues suspira; supongo que nadie se ha muerto nunca por eso”, dijo con una sonrisa temblorosa, de esas que llevan cierta angustia incrustada pero sin exponerla demasiado.

Lo cierto es que hoy día sigo suspirando más de la cuenta pero nadie parece considerarlo, ya, un problema. Mi padre sigue echándose un cigarro a la boca cada vez que me ve tomar aire y soltarlo por la boca con desdén de parisino atormentado, eso sí. “Yo no sé de dónde carallo te sacamos, que venga Dios y me lo explique”, se desahoga muy de vez en cuando, más por no desentonar y ser fiel a las costumbres que por cualquier otra cosa. La semana pasada me puse a escribir una especie de testamento que dejé sobre la mesa de la cocina y en la que se especificaba, en mayúsculas y negritas, que mi epitafio sería “se le pasó la vida en un suspiro”. No sé lo que habrá podido fumar papá desde entonces pero mamá ha empezado a hablar por los codos. Nunca entendió mi sentido del humor, de ahí que se esté afanando en alejar cualquier sombra de sospecha sobre sus silencios en el caso, bastante probable, de que pase algo.

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