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Saturno

El puerto de Campelo. GONZALO GARCÍA
El puerto de Campelo. GONZALO GARCÍA

ME ACABAN de decir que se ha muerto Saturno, posiblemente uno de los tipos más queridos y admirados del pueblo. Parece sencillo eso de ganarse el cariño y el respeto de tus vecinos pero no lo es. Por lo general, los pueblos pequeños como Campelo generan una cierta fricción constante que, con el paso de los años, suele ir a peor. Sin embargo, en el caso concreto que nos ocupa, se podría decir justo lo contrario y afirmar, sin temor a equivocarse, que el roce puede llevar al cariño sin necesidad de tiritas en honrosas excepciones.

Una de las peculiaridades de Saturno era su maravillosa costumbre de llevar un par de novelitas al bar cuando había fútbol. Adoraba aquellas historias de vaqueros, las famosas Estefanías. Si lo que vomitaba la pantalla no le convencía se ponía las gafas, sacaba una de ellas y alternaba los momentos de lectura con rápidos vistazos al televisor. Resultaba muy inspirador verlo emocionarse con un sheriff de Kansas City o un cuatrero de Albuquerque. También sus conjeturas sobre los tórridos encuentros entre Lucy, la dueña del salón, y un pistolero canalla capaz de partirle las antenas a un mosquito de cuatro balazos. Ese tipo de entresijos sexuales, los que no terminaba de perfi lar el texto, eran sus favoritos. A veces pienso que, de no haber sido marinero, podría haber levantado una ciudad entera en medio del desierto de Arizona y ejercer allí como alcalde.

Hoy en día cualquiera presume de marinero, basta con tener dinero suficiente para una embarcación, el amarre en un puerto deportivo y un título de patrón de embarcaciones recreativas. Hace un par de años, quizás un poco más, escuché la radiografía del sector que un viejo lobo de mar regaló a la audiencia de Gemma Nierga. "Ahora, para ir al mar, les piden a los chavales un montón de cursos y de títulos. Se pasan meses yendo a una especie de escuela, no sé para qué. Entonces llega el día de salir al mar, por fin. Embarcan, se marean y ya no vuelven. ¿No sería mejor mandarlos primero al mar, a ver si sirven, y luego enseñarles el oficio?". Aquel tipo sabía de lo que hablaba. También Saturno, que nació con dos remos tatuados en el pecho. Eso no le impidió aprender el oficio de su padre, que era fogueteiro, marxista y jugador. Mar, pólvora y revolución, casi nada… Hoy en día nos obligan a elegir entre letras y ciencias, de ahí que el mundo se esté superpoblando de tísicos, rumiantes e imbéciles.

La corrección política no era su fuerte pero todas sus frases sonaban a viejo guion de cine

En cada arruga llevaba una historia y en cada cana una réplica. Cada mañana se presentaba en bar y pedía su café, siempre con el dinero en la mano, dispuesto a pagar antes de ser servido. Decía que era una buena costumbre que aprendió en Nueva York. "Si no enseñas el billete no te miran ni a la cara, ese país no se hizo rico fiando", decía. Las historias de sus días en la Gran Manzana empezaban por el joven polizón que parte del puerto de Hamburgo con la esperanza de desembarcar en Terranova. También la del pícaro que recorre los muelles buscando cualquier trabajo para meterse unos dólares en el bolsillo.

Mi anécdota favorita era la de Joe, un negro "con espalda de tractor y más de dos metros de altura, muy buen fulano". Posiblemente no fuese tan alto pero sí a sus ojos, apenas un metro y medio de altura y un apodo que explica más sobre su peculiar naturaleza que cualquier radiografía: el Bala. "Salíamos a beber alguna noche o a bailar con alguna chavala, depende". Pero el amor se interpuso entre la extraña pareja cuando ambos se enamoraron de una camarera del puerto que resultó ser de Monforte de Lemos. "Tuvimos que pelear, no quedó otro remedio, y le di una tunda que casi lo mato". Qué gran combate se perdieron A.J. Liebling y su dulce ciencia, pienso algunas veces. "En el fondo le hice un favor", continuaba. "¿A dónde iba un negro como Joe con una mujer de Monforte de Lemos?". La corrección política no era su fuerte pero todas sus frases sonaban a viejo guion de cine.

Expulsado de los EE UU por indocumentado, se pasó varias décadas embarcado en alta mar hasta que sus tres hijos (Alejandro, Anabel y Miguel) y Gloria, su mujer, lo empujaron a sentar la cabeza y remover mares más cercanos. En el bajo de la casa abrieron una pequeña droguería que Gloria atendía al tiempo que cosía para medio pueblo. En la parte trasera del local, apenas separada de la zona comercial por unas estanterías de aluminio, estaba nuestro campo de juegos que incluía una canasta, una portería pintada en la pared y un campo de golf en el que los hoyos se substituían por botes de pintura. La paciencia de aquella mujer parecía infinita, no se acababa nunca, pero entonces aparecía Saturno y nos mandaba a jugar en la calle. "¡Venga, arreando!", exclamaba señalando la puerta con un simple movimiento del cuello.

El sexto puntal de la familia era un perro: Calimero. Los turistas decían que solo le faltaba hablar pero lo cierto es que sí hablaba. A veces se presentaba en el bar, en busca de su dueño, y en lugar de espantarlo, como a todos los demás chuchos, se le explicaba a dónde había ido Saturno. "Al muelle, Calimero", y allá se iba el animal. "A la tienda de Carmen", y Calimero marchaba hacia la tienda de Carmen. El día de la boda de Anabel, recuerdo, a Calimero lo vistieron con pajarita. Fue una de las pocas veces en que Saturno entró en la iglesia del pueblo, tan ateo como Don Luis, su padre, pero sin boina. No la necesitaba porque tenía buen pelo. En los últimos años, aquejado ya por una de esas enfermedades que te borran hasta los recuerdos, se observaba durante un buen rato en el espejo y luego decía: "Me gusta ese tipo, creo que vamos a ser amigos". A mí también me gustaba el tipo del espejo, ahora que lo pienso; incluso puedo presumir de haber sido muy buenos amigos.

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