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Salvaje Oeste

 
Juan Tallón y Rafa Cabeleira, el año pasado durante la charla que mantuvieron en las Conversas na Uvi. DAVID FREIRE
Juan Tallón y Rafa Cabeleira, el año pasado durante la charla que mantuvieron en las Conversas na Uvi. DAVID FREIRE

Son dos frases habituales en Juan Tallón quien, por lo general, no suele repetirse. La primera es una simple advertencia de carácter restrictivo: "la última y nos vamos". La segunda, más elaborada, tiene forma de consejo: "hay que intentar escribir aquello que no creemos poder escribir". Escuché ambas por primera vez en un piso de Madrid, hace unos años, y el propietario del inmueble optó por desechar la mitad. Meses más tarde, cuando parecía que ambas habían caído en saco roto, nuestro amigo publicaba Nos vemos en esta vida o en la otra, todo un ejercicio de ruptura y avance con respecto a su producción literaria anterior. No sé cómo encajaría Juan aquella pequeña victoria pero me lo imagino sonriente en el sofá de casa, con el libro sobre el regazo y formando un rombo perfecto con las manos, a imitación de Montgomery Burns.

Con Salvaje Oeste (Editorial Espasa) se podría decir que el autor ourensano se ha aplicado el cuento lanzándose en pos de esa novela que no podía escribir, incluso de las que ya nadie escribe, como si el hecho de retarse a sí mismo no le resultase del todo tentador y necesitara encararse con el mundo entero. Así es Juan, que un día se queja de que la perra le destroza los calcetines y al siguiente anuncia que va a tener una hija. A ella y a su madre, por cierto, dedica unas palabras en los agradecimientos finales del libro que te dejan sin aliento cuando ya estabas a punto de cerrarlo y recrearte en el sabor de la travesía: "A Marta y Helena, por sobrellevar tantos días la puerta cerrada". Es el tipo de cosas que yo no me siento capacitado para escribir y que él desliza en la última página, fuera de carta, con la suficiencia y el encanto de esa gente que paga la cuenta sin revisarla, mirando por la ventana.

Políticos, empresarios, periodistas, banqueros, intelectuales, negocios, placer, corrupción… Así se anuncia esta ficción que no podría titularse de otro modo, un fiel reflejo de lo que fue este país cuando el sol brillaba tan alto que siempre parecía mediodía en O.K. Corral. También después, cuando nos sorprendió el invierno. Desde bien rapaz, mi padre me enseñó a desentrañar los westerns como un reflejo de nuestro propio entorno y con Salvaje Oeste me he sorprendido recorriendo el camino inverso, reconociendo en los personajes principales a todos aquello arquetipos de las películas de vaqueros que mi padre comparaba con las fuerzas vivas del pueblo. Cuesta desencriptarlos porque, además de escritor, Tallón es un genio del disfraz. Pero ahí están, desfilando todos ellos por las pasarelas del poder y la corrupción vecina frente a nuestros ojos. Con la mayoría nos sentimos tentados a ponerles cara, a transfigurarlos en rostros conocidos, pero la lectura enseguida nos descubre que hay más de un/a jeta tras cada máscara y quizás por eso resulta tan placentera: porque nos agita, nos saca del camino asfaltado y nos aleja de cualquier certeza que podamos apreciar a primera vista.

Por alguna razón que desconozco, la novela me empujó hacia la nostalgia y he terminado rememorando el primer texto que leí del que, por entonces, no era más que un tal Juan Tallón. Se titulaba El mundo se desmorona y nosotros nos morreamos, un pequeño relato autobiográfico sobre un viejo amor de instituto. La cosa no termina bien –nada termina bien, en especial los amores de instituto- pero aquella breve lectura supuso para mí el inicio de una nueva vida, un sopapo de envidia que me empujó a intentar hacer lo que jamás habría imaginado que podría hacer: escribir. Tampoco es que me haya convencido de lo contrario pero al menos lo intento, y eso es algo que de un modo u otro siempre le tendré que agradecer a Juan. También su paciencia, los buenos consejos, los primeros auxilios e incluso alguna que otra bronca más o menos merecida, como aquel día que me pudo la confianza y me lancé a recortarme la uñas de los pies en su presencia.

Hace un par de semanas acudí a la presentación de Salvaje Oeste en una famosa librería de Ourense. Siempre acudo a estos saraos con buena intención, tratando de sacar algún tipo de beneficio sin necesidad de robar, pero en compañía de Juan, Manu de Lorenzo, Javi Fráiz o Antón Reixa es difícil contenerse. La noche terminó con un saldo muy positivo en lo intelectual pero deficiente en lo económico: si algo he aprendido en este tiempo es que la literatura da mucha sed, no es un oficio barato. De regreso, en el tren, empecé a ojear la novela y a la tercera página la cerré con violencia; no podía aguantarlo más. La misma persona que me había empujado a escribir me estaba quitando las ganas de perseverar en el intento. Cada frase me parecía un pequeño milagro y, a la vez, una puñalada trapera que me atravesaba. Comprendí, casi de repente, que yo jamás sería capaz de escribir una novela como aquella -ni siquiera tres páginas como aquellas-, que es el tipo de evidencia que nos recuerda lo feliz que vive uno en la ignorancia. Luego recordé que Juan tampoco sería capaz de escribirla y eso me tranquilizó. Salí del tren con el libro bajo el brazo y me asaltó una frase de Reixa durante la presentación: "No estoy seguro de que Juan Tallón exista". Para cuando me senté en el taxi, Tallón ya no era más que un rumor y su novela me pertenecía.

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