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Saber resucitar

Vinieron a avisarnos de que se había muerto doña Carmen y mamá no encontró con quien dejarme. Son cosas que pasan en los mejores pueblos, incluso cuando uno acumula cierta reputación de niño bueno, tranquilo, casi imperceptible. No le quedó más remedio, a la pobre mujer, que vestirme de domingo y llevarme con ella al velatorio, como una especie de actividad extraescolar verdaderamente práctica (está bien que los urbanitas instruyan a sus hijos en piano, judo o inglés, pero lo que de verdad te forma como ser humano es el contacto directo con la muerte, la aldea en estado puro). "Oír, ver y callar", me advirtió antes de salir. Y yo, claro, asentí.

cabeleiraLa casa de la difunta no estaba lejos de la nuestra. Se reconocía fácilmente por una hermosa palmera que otorgaba cierto exotismo a un jardín desestructurado, un tanto favelesco, lleno de uralitas, cajas de gaseosa y somieres oxidados. "El símbolo de la emigración, mi estimado. La plantó el viejo Aurelio al volver de Cuba", solía explicar mi abuelo al pasar frente a su cancilla con la DKV cargada de vino y aguardiente. Yo era un niño sin demasiadas luces pero con el tiempo aprendí a reconocer cierto romanticismo en aquel pequeño gesto de transportar licores ilegales frente a la casa de un emigrante retornado, no sé por qué. El caso es que, nada más llegar, mi madre saludó a todo el mundo con cara de pena y alguna lágrima en los ojos, siempre atenta a los pequeños detalles. No quisiera yo resultar presuntuoso pero, sin duda alguna, mamá es el tipo de persona que sabe a qué se va a un velatorio.

O mucho me falla la memoria o por una puerta que daba a la antigua bodega apareció Sito, uno de mis grandes amigos de la infancia. Sus padres también tenían un bar y habíamos nacido con una semana de diferencia: yo un martes, 20 de septiembre, y él otro martes pero 13, lo que podría llevarnos al equívoco de asociarlo con la mala suerte, pero ni mucho menos. Sito era rubio, alto, guapo, inteligente, amable, trabajador, excelente futbolista… A su lado yo era el hijo sucio de Picasso, un vástago impuesto al que dibujas sin ganas, por puro compromiso: ni rubio ni moreno, cetrino, canijo, anguloso en exceso y con una nariz formidable, de esas que convierten cualquier infancia en un tormento. Por fortuna, en el sorteo de facultades me tocó en suerte un cierto descaro, el mismo que me llevó a preguntar de dónde había sacado mi amigo aquella empanadilla que devoraba sin apenas respirar. "Hay una fuente en la bodega de la que puedes coger lo que quieras», respondió. No recuerdo qué dije entonces —al menos no exactamente— pero vendría a ser algo así como "gloria a dios en el cielo y, en la tierra, paz a los hombres que inundan el velatorio de una vieja con empanadillas de bacalao y buena voluntad. Amén".

Aquella bodega —que baje San Pedro y lo desmienta— era la envidia de los mejores paraísos, un auténtico vergel de viandas y chucherías al alcance de todos los públicos, también del infantil. Sobre dos tablones de pino, apoyados en sendos barriles, se disponían jarras de vino de la casa, vino dulce de importación, botellas con aguardientes variados, cerveza y refrescos… Empanada, empanadillas, chorizos, platos de zorza, rosca, bizcocho casero y cestas de pan como para alumbrar el nacimiento de un nuevo imperio. Y de todo ello —también había callos, ahora que lo pienso— daban cuenta los parroquianos con el recato que exigen estas situaciones pero sin dar descanso a la catalina: el estómago feliz, el rostro apesadumbrado, el alma rezando por la boca.

Me zampaba yo la segunda empanadilla cuando, de repente, se formó un gran alboroto en el piso de arriba y sobre la madera resonaron sillas que se arrastraban y tacones que corrían de aquí para allá, lo que hizo temer lo peor que se puede temer en estas celebraciones: pelea de cuerpo presente. Salimos a ver qué pasaba, imitando a los mayores, y sin apenas poder dar un paso más allá de la puerta sentí las garras de mi madre atrapándome como a un ratón, elevado por encima de la cabeza de un Sito que con templaba atónito la escena, supongo que envidiando mi reciente capacidad de volar. Ya en casa, me enteré que el velatorio se había suspendido por orden de la mismísima difunta, doña Carmen. En medio de un responso se levantó de la caja, insultó a una de sus nueras y preguntó qué hacía toda esa gente ahí: siempre fue una vieja arisca, de modales desagradables.

Todavía vivió unos cuantos años más después de su primera muerte, como el padre de Tambu en Malaherba. Cuando uno iba a comprar a la tienda de Lola, la nuera humillada, se la podía ver allí sentada en un enorme sillón de mimbre, rodeada por la cintura con una cuerda de esparto que uno no sabía si era por miedo a que se cayera o, simplemente, para que no volviera a levantarse. Porque muchas veces nos obsesiona la idea de no saber morir con una cierta dignidad, pero con doña Carmen aprendí —con el estómago lleno, eso sí— que más duro y criticable es, si cabe, no saber resucitar.

Saber resucitar
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