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Rafa Cabeleira - Ciudad de Dios (08.06.19)EL RÍO se había teñido de rojo y Alma reflejó aquel extraño suceso en su diario, debajo de un comentario insustancial sobre la cena del día anterior. Tomaba nota de todo cuanto sucedía a su alrededor desde los cinco años, cuando su abuelo le enseñó a leer y escribir con la ayuda de algunos periódicos viejos que guardaba sobre el ropero de su habitación, sin ninguna razón aparente, salvo algún extraño instinto de conservación. "El río amaneció teñido de color rojo", escribió. "Como si alguien hubiese degollado un millón de corderos sobre la Piedra del Lobo. Hoy, además, es mi cumpleaños. Papá todavía no me ha felicitado".

Le obsesionaban ese tipo de cosas. Cada año, al finalizar el día señalado, repasaba la lista de felicitaciones y regalos recibidos, poniendo especial empeño en los nombres de quienes lo habían olvidado: con ellos configuraba su particular lista negra. Allí figuraban, entre otros muchos, el de su padre, en varias ocasiones; el de su tía Rosa, que vivía en la casa de enfrente y parecía vivir en Beirut; el de Ana, su amiga de la infancia, y también el de Joao, un novio portugués con el que fantaseó casarse hasta que el pobre infeliz confundió un 1 de junio con un 30 de mayo. "Imperdonable", había escrito Alma aquella noche con letra furiosa, ejerciendo tanta presión con el lápiz que casi le pareció milagroso no haber rasgado el papel. Y, efectivamente, nunca se lo perdonó.

"El río está rojo", anunció el padre al entrar por la puerta de la cocina. Traía el mono de trabajo lleno de grasa, como si se hubiera zambullido en uno de los motores que arreglaba, y el pelo humedecido por el sudor. Era un día de calor sofocante, el primero de un año que trajo nieblas y frío desde algún lugar remoto hasta finales de abril. Alma lo miró como a un extraño que ingresa en la casa a través de una ventana. Mientras su padre se lavaba las manos en el fregadero, ella sacó su diario y escribió: "No va a felicitarme, ha vuelto a olvidar el día de mi cumpleaños. Ojalá se hubiera muerto él en lugar de mamá". Cerró las tapas de la libreta, las rodeó con dos gomas elásticas y lo dejó sobre la mesa, junto a un frutero en el que dos melocotones podridos hacían las delicias de los mosquitos. "Deberías bajar a la tienda y comprar alguna cosa", dijo el padre sin mirarla. "Esta parece la casa de Antonio el Gitano".

"Huele como un cerdo. Ronca como un cerdo. Debería sacrificarlo como un cerdo…"

De camino a la tienda se cruzó con Ana, que corrió hacia ella y la placó con un abrazo teñido de sudor salado y algo parecido a un perfume. "¡Felicidades, nena!", dijo la amiga pellizcándole el brazo. "No pensarías que iba a olvidarme de tu cumple otra vez, ¿verdad?". Lo cierto es que sí, lo pensaba. Y muy poco la conocía aquella gorda sebosa si creía que aquello zanjaba su descuido del año anterior. Le sonrió con cierto disimulo, consciente de que nada ganaba exteriorizando su rencor, y la despidió alegando una prisa que nadie podría creerse en un pueblo donde todo sucedía despacio, a cámara lenta, como la llegada del verano. "Esta tarde bajaremos todos al río, ¿te apuntas?", gritó Ana desde la distancia. "¡Dicen que se ha vuelto rojo!". Alma asintió con la cabeza y siguió su camino.

Compró arenques, queso, pan, manzanas y una botella de Coca Cola: era su cumpleaños, coño; se la merecía. De regreso vio a su tía Rosa husmeando tras las cortinas y al abrir la puerta de casa se encontró con la figura agotada de su padre, durmiendo a pierna suelta sobre el sofá de la cocina. En un par de horas se despertaría, miraría su reloj y saldría zumbando hacia el taller para no regresar hasta bien entrada la media noche, previo paso por la cantina y, quizás, por la casa de Dolores La Cubana.

Dejó la compra sobre el mármol, cogió un cuchillo y se sentó frente a él, mirándolo con tanto desprecio que temió despertarlo. Así estuvo un buen rato hasta que dejó el arma en el suelo, echó mano del diario y comenzó a escribir: "Huele como un cerdo. Ronca como un cerdo. Debería sacrificarlo como un cerdo… Pero con un río de sangre al día es más que suficiente. Le odio". Cerró nuevamente su libreta. Apartó la silla, recogió el cuchillo del suelo y salió de la cocina. "Feliz cumpleaños, cariño", se dijo a sí misma frente a una fotografía de su madre que presidía el pasillo. Era la única que jamás se olvidaba pese a estar muerta: por eso nunca hablaba de ella en su diario.

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