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Movida real

La famila real durante la misa de Pascua en la Catedral de Mallorca. LLITERES (EFE)
La famila real durante la misa de Pascua en la Catedral de Mallorca. LLITERES (EFE)

HACE UNOS años, durante una gala organizada por un importante periódico de la capital, dos guardaespaldas se acercaron a un periodista para pedirle que, por favor, los acompañara: la reina quería saludarlo. Esperaron pacientemente a que terminase su copa junto a la barra, lo acompañaron a una estancia más recogida y allí lo incrustaron en la cola de un besamanos entre la que destacaba, por perpetua y espongiforme, la figura inconfundible de Jaime Peñafiel. Lo observó con detenimiento, tratando de asimilar los protocolos de actuación frente a los monarcas pero no captó gran cosa así que, tras la pertinente presentación, no se le ocurrió nada mejor para dar continuidad al saludo que preguntar a Su Majestad si estaba casada.

Desde que me hicieron partícipe de aquel encuentro, aunque solo fuese a título confesional, no había vuelto a reparar en las cosas de palacio, a menudo por un cierto desapego hacia la monarquía pero también porque se me antojaba difícil, por no decir imposible, imaginar una escena más hilarante y esperpéntica que la anteriormente relatada: craso error. El incidente acaecido en la catedral de Palma, a la salida de la misa de Pascua, nos demuestra que la familia real tiene su encanto, su gracejo y hasta un buen puñado de intrigas que harían las delicias de cualquier guionista de la HBO. Nos volvemos locos con las andanzas de unos monarquillas de ficción que practican el incesto y se matan con veneno pero somos incapaces de valorar el producto nacional, la realidad sin filtros ni efectos especiales que nos ofrece nuestra bien financiada casa real sin necesidad de mirar a poniente ni temer la llegada del invierno: el verdadero juego de tronos se dirime en Zarzuela, a este lado del muro.

Las imágenes hablan por sí mismas. Por un lado nos encontramos a Doña Sofía tratando de posar para un fotógrafo junto a las princesitas y por el otro a Doña Letizia, visiblemente empeñada en boicotear las ilusiones de su suegra cueste lo que cueste. Comienza entonces una danza de espadas en la que Leonor, la heredera al trono, trata de zafarse de su abuela como un delantero centro que se siente presionado por un correoso central. Doña Sofía porfía en el intento mientras Doña Letizia se desplaza a un lado y a otro como los mejores porteros de balonmano, achicando cualquier hueco por el que pueda colarse un buen encuadre. Entonces aparece en escena el rey, Don Felipe, tratando de poner paz e interpretando el papel para el que ha sido instruido desde niño: actuar como árbitro de la democracia. Don Juan Carlos, por su parte, observa la escena desde la distancia pero sin prestar demasiada atención, para muchos la principal virtud sobre la que sustentó su largo y próspero reinado.

Como digo, las imágenes corrieron como la pólvora y a los pocos minutos ya se disputaba el partido de la opinión, ese derbi polarizado que saca lo mejor y lo peor de cada súbdito del reino en defensa de su propia causa. Mi madre, por ejemplo, se apresuró a tomar partido por una Doña Sofía a la que siempre ha admirado por su saber vestir y su saber estar. También Jaime Peñafiel, que nunca perdonó a Don Felipe haber contraído matrimonio con una vasalla divorciada, apenas una humilde periodista como él. "Cada cual debe conocer su lugar en el mundo y actuar como tal", declaró hace años en una revista del corazón, una afirmación de la que se puede extraer una conclusión tan evidente como inquietante: Peñafiel jamás se habría casado con el rey. Entre los partidarios de Doña Letizia apenas puedo citar a mi primo Fran, mi peluquero, yo mismo y una vieja gloria de las galas Drag Queen del Carnaval de Las Palmas que le mostró su apoyo a través de Twitter. Cuatro gatos, en definitiva, dispuestos a dar la cara por la verdadera representante de la monarquía parlamentaria, lo que demuestra la doble moral y el patriotismo de pulserita que abunda en este país: jaleamos a los jueces cuando se trata de procesar a un rapero pero se nos encoge la mano para señalar a Doña Sofía como presunta autora de un delito de odio contra la corona.

Mención aparte merece la actitud rebelde de la princesa Leonor durante el incidente. No es la primera vez que la niña primera de España muestra aptitudes propias de un Lannister pero esa altanería con que rechaza el gesto cariñoso de su abuela augura buenos tiempos para los amantes del séptimo arte. Su Graciosísima es mona hasta decir basta, una ricura de cabellos rubios y mirada dulce pero inquietante, muy en la línea de Kirsten Dunst en Las vírgenes suicidas y hasta de June, la niña que mueve los hilos en El pueblo de los malditos. También me recuerda un poco a Daenerys de la Tormenta pues parece portar dentro de su cuerpecito el espíritu de un gran dragón aunque, mucho me temo, no albergará sus mismas inquietudes en cuanto a la libertad de los pueblos y otras aspiraciones semejantes. Adoro a esa niña porque, como ciudadano golpista contrario al régimen monárquico, había depositado todas mis esperanzas de caos en Felipe Juan Froilán de Marichalar y ahora descubro que bien podría ser su prima pequeña, Leonor de Borbón y Ortiz, la encargada de capitanear hasta la victoria al ejército de las sombras.

¡Qué gran descubrimiento el de la casa real como pasatiempo y el de Leonor como futura reina de España! Me quito el cráneo ante aquellos que han seguido con curiosidad y devoción todas sus andanzas mientras los demás nos entreteníamos a base de libros, películas, discos, deportes de competición o videojuegos. Apenas unos pocos segundos de atención han bastado para inocularme el deseo de escribir una novela o quizás un guion. Versará sobre diferentes intrigas palaciegas y comienza con un periodista que señala el horizonte del mar angosto a su pequeño bastardo diciendo: "hijo mío, todo cuanto ves será tuyo algún día".

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