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Misa de ocho

HACE TRES meses que se murió Manolo y su viuda, Rosa, espera de pie frente a la iglesia para escuchar una misa. Le habría gustado que se celebrara en nombre de su marido pero la fecha ya estaba reservada desde hace varias semanas por la familia de Doña Aurora, lo que viene a confirmar esa vieja teoría de que las misas, en algunos pueblos, se cotizan a precio de oro. El luto cerrado que viste solo lo rompe ‘la careta’, que es como se ha rebautizado por estos lares a las mascarillas de protección individual, en su caso, de un color blanco que impresiona por rompedor pero al mismo tiempo tranquiliza: ni la tradición más restrictiva de la España católica y profunda está por encima de las medidas de higiene recomendadas. Rosa mira su reloj impaciente porque ya casi son las ocho de las tarde y el cura todavía no ha hecho acto de presencia. Tampoco las vecinas que habitualmente se ocupan de abrir las puertas, pasar una escoba, poner flores y embellecer la casa de Dios. “Es raro porque a esta hora ya suelen andar por aquí”, dice un tanto extrañada. Las demás (hay un total de cinco personas esperando: todas ellas mujeres, todas ellas viudas) miran sus respectivos relojes y cabecean descompasadas, con cierto disgusto, dispuestas, ahora sí, a aceptar que no se celebrará misa alguna: ni por Doña Aurora, ni por Manolo, ni siquiera por pura y simple caridad cristiana.

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXAYa por la mañana existían serias dudas sobre si se celebraría -o no- esa primera misa, esa primera gala ‘Made in church’, tras casi dos meses de rezos individualizados y confinamiento forzoso: Jorge, Carmen y Pituca creían que sí mientras que Trini, Lita y mi abuela se decantaban por el no. “¡No hay ningún papel en la puerta de la iglesia!”, grita Trini caminando tranquilamente por la carretera. Cosas de la pandemia, otra vez hemos vuelto a aquella infancia en la que el asfalto era un parque de recreo infinito, el campo de fútbol más liso y seguro de todo Campelo, capaces de jugar partidos de eternos en los que solo era necesario apartar las piedras que delimitaban las porterías una o dos veces por tarde, a veces ni eso, si el conductor del automóvil en cuestión era lo suficientemente hábil. “Pues ayer nos encontramos con el cura paseando y dijo sí”, replica Carmen mientras sale por el portal con su nieta cogida de la mano: van a la caza de caracoles.

La confusión es todavía mayor por la tarde: nadie es capaz de ponerse de acuerdo ni sobre la hora a la que debería celebrarse el oficio. La tradición dicta que, en verano, las misas se retrasan a las ocho y media pero, aunque el tiempo diga lo contrario, todavía no hemos mudado de estación. “Es a las ocho, como siempre”, asegura Pilita (regresa del supermercado cargada de zumos caros para ella y cerveza barata para su hermano). “Es a las ocho y media”, replica Trini, que ha pasado del bando del ‘no es no’ al del ‘sí se puede’: es como borrarse del PSOE para militar en Podemos. Mi abuela, que asiste a semejante ir y venir de datos contradictorios sentada frente a su ventana, decide dar un paso al frente y vestirse convenientemente para la ocasión. ‘Dichosa misa’, dice en un momento dado, incapaz de encontrar sus zapatillas favoritas: a veces se le olvidan las cosas y ahora mismo no recuerda dónde las guardó o, quizás, cuáles son sus favoritas. Ir a misa en zapatillas sigue siendo otro de los grandes privilegios que todavía ofrecen los pueblos y conviene aprovecharlos. Aquí nadie osaría criticar a una anciana por ir cómoda al encuentro del Señor, que bastantes penurias habrá pasado ya en su vida para, encima, a estas alturas del cuento, tener que preocuparse por aparentar. “¡Boh! Ya no voy a ningún lado”, explota en un segundo, caminando de un lado a otro del pasillo con esos pasitos de vieja malhumorada que se gasta desde hace algunos años, tan silenciosa en la pisada que se le escucha hasta el fluir de la mala sangre.

De vuelta al campo de la iglesia, y mientras nos despedimos, me pongo a pensar en el mal fario que parece perseguir a Rosa en los últimos tiempos. La noche en que Manolo sufrió el infarto, como si de una pesadilla de otro tiempo se tratara, la ambulancia no consiguió llegar hasta su casa, una consecuencia bastante previsible de esa costumbre tan gallega: la de asfaltar viejas vías de carros y llamarlas carreteras. Al pobre hombre lo tuvieron que trasladar en camilla, a través de un camino sin iluminar y con más agujeros que un queso suizo, mientras algunos vecinos trataban de ayudar tirando de teléfonos móviles y alguna linterna. Nos despedimos con esa incomodidad novedosa de no saber cómo despedirse. Rosa lanza una última mirada de 360 grados por si el cura apareciese milagrosamente de algún rincón pero lo único que se ve en el horizonte es una tormenta que no tardará mucho en descargar. “A ver si mañana nos dan alguna explicación”, dice Carmen, otra de las defraudadas, emprendiendo el camino de regreso a casa con una sensación desoladora: la de saber que el dueño estaba en casa pero no se ha dado por aludido. Hay renuncias que, incluso para los más creyentes y bondadosos, resultan del todo incomprensibles.

Misa de ocho