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La lotería

 

Maruxa2UNA VEZ NOS encontramos un décimo de lotería en la calle. Veníamos Pablo y yo de hacer unos recados inconfesables y lo vimos asomar la patita junto a la rueda de un coche, como si nos llamara por el nombre. Eran tiempos en los que nuestras posibilidades económicas limitaban la ilusión del gran sorteo a un par de participaciones compartidas así que el décimo aquel —entero, gratuito y desamparado— se nos antojó el pasaporte definitivo a la edad adulta, a las finanzas gruesas, al "ábranos usted esa botella que guarda ahí, junto a la caja, que aquí llegan dos auténticos caballeros". ¡Qué felices fuimos por unos días, daba gloria vernos!

El número no lo recuerdo con exactitud. Abundaban los ceros, creo. Se podría decir que era uno de esos catalogados como números feos por los cool hunters aritméticos, que es una secta basada en supercherías estéticas y con marcada tendencia al suicidio, pero a nosotros nos pareció bellísimo, como un primer hijo que te mira con tus mismos ojos. Quedábamos todas las tardes para contemplarlo embelesados, le pasábamos los deditos por encima con extremo cuidado y le soplábamos el polvo cada cinco minutos, por si acaso. Llegamos a quererlo tanto que establecimos un sistema de custodia compartida hasta el día del sorteo: una noche dormía en casa de papá y otra en casa de mamá. Así estábamos de entregados a su perfecto desarrollo, decidiendo si apuntarlo a inglés o a piano, cuando cierta tarde nos encontramos un pequeño cartel en el escaparate de la farmacia que decía: "Se ha perdido décimo de lotería, razón aquí".

Nuestra primera reacción fue hacernos los suecos. Pero no los suecos como el Sueco Levov, ese personaje rectísimo y atormentado que protagoniza la Pastoral americana de Philip Roth, sino suecos de la peor estofa, suecos chungos, auténticos hijos de puta nórdicos, de los que venderían a su madre por un puñado de arenques y dos jarras de Glogg. Luego llegaron las primeras dudas, el tormento del ladrón, la idea de hacernos millonarios a costa de una pobre ancianita o de una asociación benéfica con importantes proyectos en el tercer mundo. "En Campelo no hay ninguna ONG, malo será", decía yo para curarnos en salud. Pero el argumento de las viejecitas desamparadas no había manera de esquivarlo, estaba ahí. Vivíamos en un pueblo con media docena de viudas enlutadas por metro cuadrado y el cálculo de probabilidades dejaba poco margen a la duda: no solo le estábamos hurtando el décimo a una persona necesitada; le estábamos negando hasta la ilusión, las ganas mismas de vivir.

Entramos a la farmacia y nos pusimos a mirar el expositor de los chupetes en un último intento por reconducir la situación y regresar a casa con nuestro pequeño niño robado. Allí estábamos, que si rosa que si azul, cuando Geli, la farmacéutica, nos preguntó si esperábamos a la cigüeña o nos habíamos decantado por adoptar. "Venimos por lo del décimo de lotería", dijo Pablo antes de que yo pudiera indicarle dónde debería meterse su pobrísimo sentido del humor y hasta la bata blanca. Como habíamos supuesto, el billete se le había caído a una de esas mujeres admirables a las que ni la vejez, ni la soledad, ni tan siquiera un ictus son capaces de arrebatarles las ganas de vivir: Doña Sara. Lo entregamos y salimos con un cierto orgullo quemándonos el pecho, la sensación agradable del deber cumplido, de haber hecho lo correcto, hasta que mi cerebro comenzó a calibrar posibilidades y terminó alumbrando el mal, como de costumbre: "Tengo una idea, neno".

Todavía faltaban unos días para el sorteo cuando pegamos aquel pequeño cartel en el portalón del Otilio, junto a las esquelas. "Se ha perdido décimo de lotería", decía, junto a los dos números de teléfono: el de Pablo y el mío. Era una medida desesperada, una lotería antes del gran sorteo de la lotería, pero funcionó. Dos días después teníamos un billete en propiedad, solo para nosotros, apenas empañado por la posibilidad de haber timado a un buen samaritano y la sombra de otra viejecita despistada en el horizonte. No me importó. O me importó menos, vaya. El caso es que fui muy feliz con mi mala jugada hasta que los niños y niñas del Colegio San Ildefonso me devolvieron a la cruda realidad, bolitas en mano. Solo unos meses después, suelta la lengua por los placeres de la noche, me confesó mi amigo que el décimo lo había comprado él. Como suele suceder en estos casos, no supe si matarlo allí mismo o pensar que con él sí que me había tocado la lotería. Al final, todavía no sé por qué, supongo que opté por lo segundo.

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