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Una historia de amor

Uno no espera encontrarse con la más bella historia de amor jamás contada en una serie de televisión. Y menos todavía en una que versa sobre el apocalipsis zombi y que, francamente, es mala como el tabaco de arena. Entiendo que se trata de una afirmación arriesgada, totalmente subjetiva, pues otro opinará que la de Popeye y Olivia le da mil vueltas a esta, sin ir más lejos. O la de Cristal y Luis Alfredo. Incluso la de Sito Miñanco y Camila, que para gustos tenemos más de sesenta canales de televisión digital y analógica, varias plataformas de pago e incluso nuestra propia imaginación, por si la de los demás no fuera suficiente. De la literatura ya ni les hablo, para qué. A mí, sin embargo, me ha emocionado hasta las trancas esta que ahora mismo paso a relatarles.

No conozco sus nombres, pero son dos viejecitos que cada noche salen a bailar agarrados a la puerta de su casa. Viven en un rancho bunkerizado, en compañía de una milicia sureña y filonazi fuertemente armada, rodeados por un ejército de zombis lentos pero cabrones, siempre ávidos de nuevos humanos a los que morder y contagiar su zombidad. El mundo es un lugar terrible, vamos, un poco como ahora pero sin compañías de seguros, ligas de deporte profesional y viajes low cost. La gente vaga de aquí para allá buscando refugio, alimento, agua… Tratando de huir de las hordas de zombis pero también de la propia raza humana, tan agresiva y despiadada como los muertos vivientes. Y ahí esta nuestra pareja, con su pelo cano y su ropa avejentada, moviéndose al lento compás de la música antes de regresar al calor de su modesta cabaña para meterse en la cama.

Una noche, él se despierta con un molesto ruido. Enciende un pequeña lamparita de queroseno y se encuentra solo entre las sábanas. La dentadura postiza de su mujer está sobre la mesita, metida en un vaso con agua o algún tipo de solución que no alcanzo a reconocer. Escucha un gruñido, luego otro, y al levantar la vista ve a su compañera convertida en su peor pesadilla: un zombi. No solo la mordedura de uno te convierte. A los pocos minutos de morir, si el cerebro no sufre un traumatismo grave, la persona vuelve a la vida convertida en un autómata sediento de sangre que no reconoce ni a la madre que lo parió. Nuestra protagonista ha debido de sufrir un infarto durante la noche y ahora ha regresado a la vida con la única intención de llevarse algo de carne humana fresca a los carrillos.

Lo que sucede a continuación se te clava en el alma con la fuerza de una tempestad ártica. Él se levanta de la cama y se acerca a la radio, un pequeño tocadiscos en el que cada noche suena su canción: la canción de los dos. Ella, jadeante y torpe en su nueva condición de depredador, se va acercando a él, y cuando la música comienza a sonar, este acorta varios pasos el reencuentro mientras una lágrima empieza a recorrer su mejilla. La abraza con fuerza al tiempo que ella trata de hincarle los dientes en el cuello. Pero su dentadura sigue encima de la mesa, dentro del vaso, así que apenas logra hacerle más que una incómoda cosquilla, un intento de asesinato inútil que a él debe parecerle un último rescoldo de su perdida juventud. Bailan agarrados durante unos minutos, él llevando el ritmo por los dos, ella encelada en alcanzar la yugular del que sigue siendo su marido. Entonces, cuando la canción termina, nuestro Romeo saca una pistola, apoya su cabeza en la de ella, se acerca el arma a la sien, y termina con los dos de un solo disparo.

Cuando caen al suelo, uno de los cuerpos desplaza la lamparita de queroseno, que al caer al sobre el piso estalla en una llamarada: en pocos minutos, la casa arde como una gran pira funeraria mientras los filonazis tratan de sofocar el incendio sin demasiada fortuna. El agua es un bien escaso, no conviene desperdiciarla en una partida perdida contra la madera seca, las resinas y el fuego. Pero más escaso, si cabe, es el amor, que le concede un brillo especial y cálido a la dolorosa escena. "Ya me gustaría a mí morir así", piensas de repente, consciente de que esos dos ancianitos, con sus cosas de blancos supremacistas y su apocalipsis zombi, han disfrutado de una relación imposible de comparar con cualquiera de nuestros matrimonios acomodados, relaciones extraconyugales o amores de verano.

Es una romance de un calibre mayor que cualquiera de las armas escondidas por sus vecinos milicianos en el bunker del terror, un soplo de aire fresco en la cara de la muerte que lo arrasa todo de este a oeste, de las vísceras, la sangre y el miedo con el que los habitantes del nuevo mundo están aprendiendo a vivir. Me recordaron, salvando las distancias, a mis abuelos. Cada noche, él la miraba desde la cama y preguntaba: "¿Tú me quieres, Concha?". Y ella, que todavía recordaba su nombre y el de él, pues el alzhéimer todavía no le había ganado la partida, contestaba: 2Qué remedio, Manolo. Qué remedio". Ya ven, también de un solo disparo.

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