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Hasta la próxima

No descubro nada nuevo si afirmo, aquí y ahora, que pocas cosas hay más peligrosas en esta vida -y quién sabe si en la otra- que un tonto motivado. La dichosa pandemia nos deja un buen puñado de valiosas lecciones para el futuro pero, sobre todo, una gigantesca advertencia en forma de ruego desesperado: no alimenten el ego del imbécil, no aplaudamos las ocurrencias del idiota de turno y mucho menos si, como suele ser habitual en los últimos tiempos, resulta ser uno de esos a los que pagamos el sueldo entre todos.

Sobre tontos y política se ha dicho todo cuanto se tenía que decir y alguna cosa más, lo que tampoco debiera servir como excusa para abandonar tan relajante costumbre. El escarnio público es una tradición antiquísima y, como tal, merece ser conservada. Pero es que, además, no conozco actividad más inocua -y a la vez tan placentera- que la de poner a parir a un representante público cuando se le escapa la responsabilidad inherente al cargo de las manos, algo que cada día sucede con más frecuencia y por causas bien diversas. Convendremos todos en que no estamos, precisamente, ante la generación mejor preparada de la historia. Y no lo digo porque no hayan estudiado lo suficiente o, simplemente, se les arrebatase la posibilidad de formarse: al contrario. Y también estaremos de acuerdo en que los hemos votado nosotros, en que no han aparecido en el Congreso de los Diputados -o en el salón de plenos de su ayuntamiento- por appareo, un hechizo inventado que aprendí en alguna de las películas de Harry Potter.

MXPero concretemos un poco más, que está muy feo eso de generalizar salvo cuando nuestros políticos hablan, por ejemplo, del pueblo. "La gente", nos llama Don Pablo Iglesias Turrión sin preguntar si quiera. "¡Oiga usted: la gente será su padre!", podría contestarle cualquiera con un poco de mala leche y dudoso saber estar. O peor todavía. Alguien podría preguntarle qué somos aquellos que no figuramos como "la gente", los que no estamos de acuerdo en algunos de esos sintagmas en los que siempre funcionamos como sujeto pero casi nunca estamos de acuerdo con el predicado. Porque si Iglesias dice, es un suponer: "la gente quiere comer". Pues mire, sí. Ahí somos todos «la gente» y no hay nada que objetar, salvo algún rarito de estos que asegura no disfrutar la comida y solo aspira a alimentarse. Tal cosa, recuerden, dijo Gonzalo Caballero durante la campaña de las últimas autonómicas… ¡En Galicia! Y, claro está, luego pasó lo que pasó. Pero no perdamos el hilo. Si el ex vicepresidente Iglesias dice, otro suponer: "la gente quiere que el Estado regule el precio de la vivienda". Pues mire, no. Habrá gente que sí y habrá gente que no, que para eso somos cada uno de un padre y una madre. ¡Ah, la gente!

"¡Vete al médico!", le gritó un diputado del Partido Popular a Iñigo Errejón la semana pasada en el Congreso mientras este disertaba sobre la importancia de la salud mental. Esta misma semana, otro representante de los populares le espetó a la ministra Yolanda Díaz una frase que no tiene desperdicio: "en Unidas Podemos, las mujeres solo suben en el escalafón si se agarran bien fuerte a una coleta". Ahí tienen un ejemplo perfecto de exceso de motivación y absoluta ausencia de inteligencia emocional que mencionaba al comienzo de este texto. Yo me imagino al señor Diego Movellán, que así se llama el poeta, sentado frente al blanco la noche anterior, asombrándose de su propio ingenio como lo hacía Arturo Bandini, el famoso personaje de las novelas de Fante. "¡Fantástica metáfora, Diego!", se animaría así mismo en la cálida soledad de su despachito, después de cenar un sándwich de pavo y un yogur Activia. "¡Que soltura, pardiez! ¡Qué innata brillantez! ¡Baja Quevedo, que sube Diego! ¡Baja, baja, que aquí te espero", yo qué sé… Cosas por el estilo.

El escarnio público es una tradición antiquísima y, como tal, merece ser conservada

Y claro: siempre aparece alguien que dice aquello de "tendría que dimitir". Seguramente es la frase más común en la política española y, a la vez, la que menos valor atesora porque, directamente, no sirve para nada. Aquí no dimite ni dios desde los tiempos de María Castaña, salvo por causas de fuerza mayor. Y este es un país donde el umbral de las causas mayores no está precisamente bajo. A nuestros políticos -no a todos, insisto- les falta ese punto de humildad y vergüenza tan habitual en los pueblos marineros, al menos en los que yo conozco.

El lunes pasado, como cada mañana, mi padre salió a caminar con su amigo Eloy: un lobo de mar jubilado legalmente, nunca sentimentalmente. Yo siempre digo que nació grumete y morirá capitán. Sin saber nadar, eso sí, pero capitán. Su casa no tiene fachada principal, sino proa. Y a las ventanas las llama portillos, pues su vida sigue transcurriendo en el mar aunque las normas lo hayan obligado a quedarse en tierra. Pues bien: a mitad de su paseo matinal, mi padre detuvo la marcha y echó la rodilla a tierra pues se le había desatado un cordón de su zapatilla. Eloy, serio como un atún, empezó a menear la cabeza con desaprobación hasta que reanudaron el paso y dejó constancia los valores, la autoexigencia y el compromiso con el oficio de un ciudadano normal: "Mira, Pepiño: si a mí se me desata un nudo, aunque sea el de un zapato, voy mañana mismo a la Capitanía General y entrego la libreta». Y como bien dijo el famoso filósofo alemán, Bernd Schuster, en cierta rueda de prensa, «creo que no hace falta decir nada más"… Al menos hasta la próxima. 

Hasta la próxima
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