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Formalismos

Una persona usa Whatsapp con su móvil. AEP
Una persona usa Whatsapp con su móvil. AEP

"LLÁMAME EDU, sin formalismos", me corrige el dependiente. Lo cierto es que me he dirigido a él con un simple "perdona que te haga una pregunta" pero, bien mirado, puede que me hayan perdido las formas. Ahora creo que quizás debería haber apostillado algo del tipo "tronco" o "colega", al menos para demostrar que no lo confundía con el dueño de la multinacional para la que trabaja, pero la vida se compone de una sucesión de oportunidades y yo perdí una magnífica para demostrar que no soy un señor mayor, que todavía estoy en la onda. "Tenemos justo lo que necesitas, caballero", apunta cortés y a la vez contradictorio cuando le confieso que busco un teléfono inalámbrico.

De vuelta a casa compruebo que Edu –pronto me lo encontraré por la calle y tendré que fingir conocerlo de toda la vida- tenía razón. El aparato no necesita instalación alguna y al usuario apenas se le exige un pulso más o menos firme para enchufarlo sin necesidad de desconchar la pintura de la pared. Asoma un pitido que suena a buena salud, como el de las cajas del supermercado cuando detectan la etiqueta de la coliflor, y me quedo mirándolo durante varios minutos a la espera una hipotética primera llamada. Estoy tan excitado y complacido que podría escribir sobre la experiencia de ser padre primerizo pero enseguida me percato de que no basta con desear las cosas para que ocurran, por más que insistan los tarotistas de la tele y Alejandro Jodorowsky.

Pasadas un par de horas escucho el nuevo timbre, ¡al fin! Me recuerda al de aquella gestoría en la que me cobraron cincuenta euros por reducir, a la mitad, una multa de cien pero la coincidencia no me amilana. En la pantalla solo aparecen ceros y unos por lo que, intuyo, se trata de la típica llamada comercial de tapadillo, una pequeña decepción sin importancia pues lo que yo quiero es estrenar, de una vez, el condenado teléfono. Resulta ser mi suegra e insiste en hablar con su hija pero, tras un breve tira y afloja, termino por convencerla de que no hay mejor interlocutor que yo en mil kilómetros a la redonda. Se ha comprado un wok, mi suegro sigue sin ponerse la pantalla protectora cuando sale a desbrozar y a mi cuñado le han roto un intermitente del coche en un aparcamiento de Vilagarcía: me parece un comienzo excelente.

A eso de las ocho de la tarde vuelve a sonar el teléfono y otra vez descubro en la pantalla una serie de ceros y unos sin demasiado sentido. Empiezo a plantearme que dispone de alguna función que te permite pasar del sistema binario a uno de información decimal pero, sin apenas pretenderlo, ya estoy atendiendo la llamada. "Oye, chaval… ¿Qué viajes hay para hacer este mes?", pregunta una voz de señora mayor, cuando menos jubilada. Le explico que se ha confundido, que soy un particular, pero antes de poder preguntar a qué número cree estar llamando cuelga sin despedirse. Se me antoja el tipo de trato que le gustaría recibir a Edu, el del centro comercial.

Apenas regreso al salón y enciendo un cigarro cuando –exacto, lo han adivinado- vuelve a sonar el apparátchik. "¿Ceros y unos otra vez? Algo le pasa a este puto teléfono", empiezo a desesperarme, pero la misma señora despistada de la llamada anterior me aleja de tales juramentos: "Mira, chaval… ¿Qué viajes hay para hacer este mes?". Cuento hasta tres y con buenas palabras le repito que se ha confundido, que soy un particular y que… De nuevo vuelve a colgar dejándome con la palabra en la boca, la madre que la parió. Pienso en Puerto Hurraco, en Los Santos Inocentes de Miguel Delibes, en Breaking Bad… Las grandes tragedias nacen de pequeños desencuentros como este, de minucias que se van enquistando.

La tercera llamada consecutiva resulta previsible y al primer ring ring agarro el cacharro, codifico mentalmente la serie de ceros y unos, pulso el botón para aceptar la llamada y allí está, cómo no, la misma voz ajada y fascistoide preguntando qué viajes puede hacer este mes. Siento ganas de estrellar el teléfono contra el suelo pero acabo de acuchillar el parqué. Además, quién sabe si el destino me reserva una sorpresa agradable entre tanta confusión. Decido cambiar de táctica, aclararme un poco la garganta e improvisar una respuesta rápida que no le ofrezca ninguna oportunidad de reaccionar: "Un segundiño, que ahora la atiendo", digo antes de colgar y regodearme ante tamaña maldad.

Para cuando Rocío regresa del trabajo ya he desenchufado, embalado y devuelto el maldito invento a la caja original. "¿Todavía no has desempaquetado el teléfono?", dice. Ha sido un día muy largo y no tengo el cuerpo para más preguntas ni confusiones así que me levanto del sofá, le doy un beso, y le digo que pienso devolverlo al día siguiente: "hoy en día, con los móviles, no tiene ningún sentido tener un inalámbrico en casa". Se me queda mirando como si después de tantos años todavía la sorprendiera mi estupidez. Y así está un buen rato hasta que, efectivamente, parece asumir que se ha casado con un perfecto imbécil. "Bueno, pues nada… Mañana vas a visitar a tu abuela, que quiere hablar contigo sobre no sé qué viajes del IMSERSO". Ahora que lo pienso, mi abuela nunca fue mujer de saludos efusivos ni formalismos; debería llamarla más.

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