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Fariña y libertad

El autor del libro posando con un ejemplar de la publicación secuestrada por orden de un juez. RAFA FARIÑA
El autor del libro posando con un ejemplar de la publicación secuestrada por orden de un juez. RAFA FARIÑA

Si hace cuatro días me cuentan que la Justicia pondría de moda el consumo de fariña no lo hubiese creído pero la realidad parece empeñada en superar, siempre y con creces, hasta el despunte más disparatado de nuestra imaginación. Tan alarmante confusión resulta factible porque el lenguaje oral no distingue mayúsculas de minúsculas, que es la razón principal por la que uno no sabría discernir entre el título de un libro y una peligrosa sustancia estupefaciente en la frasecita de marras. También el que una jueza haya dado pie al enredo tras su sorprendente decisión de secuestrar Fariña, el desvelo de mi estimado Nacho Carretero por contar al mundo lo que ha significado y significa el narcotráfico en Galicia. Es el suyo, o al menos lo parece, un empeño periodístico que tan solo podría molestar a quien prefiere el silencio y el anonimato como estilo de vida, la causa principal que se intuye tras el revuelo provocado alrededor del citado libro.

La consecuencia primera de dicha medida judicial no podría haber sido más previsible y el libro se situó en el primer puesto de todos los rankings de ventas a las pocas horas, lo mismo es cualquier librería de pueblo o ciudad que en los principales distribuidores de internet. Su repunte en las ventas me hizo recordar la ya famosa afirmación de sus editores en una entrevista para la revista cultural Jot Down: "la fariña salvó a Libros del K.O". Casi tres años después de su publicación, con nueve ediciones en el mercado y una serie de televisión que se estrenará esta próxima semana  -segunda consecuencia, gracias señora jueza-, parece que Fariña vuelve a su condición de superheroína literaria al rescate de los más necesitados. Toca salvaguardar ahora a un país entero, y muy especialmente al ámbito cultural que empieza a ver cercenado uno de sus derechos fundamentales: la libertad de expresión.

No ha sido una buena semana para la democracia, no. A un rapero semidesconocido lo han condenado por un delito de injurias y calumnias. En Santiago de Compostela se ha liado la de dios (nunca mejor dicho) a causa de un pregón carnavalero y en ARCO, esa feria de arte contemporáneo que cada año se cuela en los informativos con todo tipo de extravagancias, ha sido retirada la obra Presos políticos: una serie de retratos pixelados en los que el público descubriría quijadas conocidas como las de Oriol Junqueras seguir vivo y entre nosotros.

Por simple asociación de conceptos ha regresado a mi mente una pintada que lució furiosa durante años en la playa del Outeiro da Cabeceira, en Campelo. Yo no era más que un renacuajo que se dedicaba a juguetear con la arena y saltar olas como si pretendiera quedarse preñado hasta que reparaba en aquellas letras pintadas en color granate con pintura de patente. "TETAS PUERCAS FUERA", parecía gritar en mayúsculas inapelables. Aquello me parecía un ataque flagrante al derecho de cualquier mujer a tomar el sol como le viniera en gana pero el verdadero retroceso social lo sentí el día que la borraron, como si al apartar de mi vista semejante sandez me hubiesen amputado un dedo del pie. Ahí reside el quid de la cuestión que nos ocupa, supongo.

Incluso las expresiones del peor pelaje tienen sus derechos en democracia y la justicia no puede asentarse sobre criterios (¿coartadas?) de buen o mal gusto porque se empieza enchironado a un rapero y se termina quemando Lolita, de Nabokov. Si de mi opinión dependieran se acabarían las canciones del verano, los emoticonos, los calcetines blancos, Master Chef Junior o el madridismo pero, por suerte, la fortaleza de nuestra democracia no depende de mis prejuicios. Siempre habrá un roto al que no le guste el respectivo cosido y viceversa pero, en el caso concreto que nos ocupa, parece que las condenas soplan siempre en la misma dirección, como si de derecha a izquierda todo fuese susceptible de delito pero nunca en sentido inverso.

Casi a diario, vemos como, desde ciertos canales de televisión, cadenas de radio y medios de prensa escrita, se insulta sin ningún rubor a quien se considere necesario. Estos ojos han visto a un tertuliano con cara de águila calificar de "guarra asquerosa", en riguroso directo, a una ex consejera de Sanidad de la Generalitat de Catalunya. También a un famoso locutor enalteciendo el uso de las armas de fuego como plan de choque necesario para detener el avance de la autodenominada verdadera izquierda. Y ya puestos, mejor no recordar los calificativos que algún ex ministro regalaba con frecuencia a cierta asociación de víctimas que le enmendaba la plana. Todo eso ha pasado en España sin que ningún juez tomase medida alguna, una muestra más de que la Justicia parece estar formada, en ocasiones, por sastres que solo trabajan el género a medida.

Podría ofrecerles docenas de ejemplos similares pero tampoco pretendo aburrir. Para ser franco (no Franco), ni siquiera tenía pensado pegarles semejante chapa sobre un tema demasiado espinoso y capital para ser tratado por un cantamañanas como el que firma pero me ha sucedido lo que a tantos españoles en los últimos días: no sé qué hacer con mi tiempo libre desde que se me acabaron las páginas del libro de Nacho Carretero. Y cuando uno se aburre ("no se aburra, Rafael, no sea burra", decía un viejo profesor mío) termina pensando que lo que España está pidiendo a gritos en más Fariña y libertad, la primera con mayúscula y la segunda como sea.

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