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Fake News

Jenniffer Lawrence y el resto del reparto de la película 'Gorrión rojo', durante la presentación en Londres. ARCHIVO
Jenniffer Lawrence y el resto del reparto de la película 'Gorrión rojo', durante la presentación en Londres. ARCHIVO

Diluido el conflicto por el paso del tiempo, creo que ha llegado la hora de permitirme una desagradable confesión familiar: hace unos meses, en plena ola de calor estival, mi madre orquestó una pequeña campaña en Facebook para expulsar del pueblo a un grupo de gitanos. Todo comenzó con cierto malestar susurrado que circulaba de boca en boca hasta que mamá cogió su fusil, un teléfono Samsung con 4G, y decidió compartir con todos sus contactos aquel mensaje incendiario en el que relacionaba una serie de pequeños hurtos con la llegada a Campelo del citado clan. "Hay que echarlos", sentenciaba con evidente preocupación, lo que generó un terremoto de adhesiones entre sus contactos y algún que otro diálogo digno de mención.

- ¿Pero son delincuentes?, preguntaba una vecina ajena al clamor popular.
- Sí, son gitanos, le respondía otra.
- Ah! Entonces hay que echarlos, claro que sí.

Así funciona el mundo hoy en día, supongo. Cualquier persona es capaz de comenzar una pequeña revolución de trasfondo xenófobo sin necesidad de escribir el Mein Kampf o invadir Polonia. La desinformación campa a sus anchas en un entorno, el virtual, capaz de amplificar mensajes de todo tipo en muy pocos segundos y sin que algún ser amado o medianamente cabal pueda advertir al emisor del incendio que acabará provocando. En el caso que nos ocupa, el de mi querida madre, se podría explicar el entuerto desde una visión fatalista y equivocada del mundo, todo bien aderezado con un gramo de buenas intenciones y los resquicios propios de la educación franquista, pero el asunto se complica cuando los mensajes son lanzados al ruedo por grupos u organizaciones con oscuras motivaciones, en muchos casos con la intención primera de alimentar polémicas ficticias que, de un modo u otro, puedan favorecer sus propios intereses.

En otros tiempos se reconocía la verdadera noticia por el simple hecho de que la ofrecían los periodistas. Ahora se otorga rango de tal a cualquier calamidad publicada en Twitter o en Facebook, una práctica habitual que en no pocas ocasiones termina provocando que los propios periodistas se hagan eco de ella como si fuese, verdaderamente, una noticia. Un buen ejemplo de esto lo encontramos la semana pasada —quizás fuese la anterior o el mes pasado, ya no lo recuerdo— cuando cierta productora cinematográfica publicó una fotografía en las redes sociales para promocionar el estreno de su nueva película. En ella figuraba la oscarizada actriz Jennifer Lawrence ataviada con un Versace sin mangas y vertiginoso escote, acompañada a su vez por varios compañeros de reparto que lucían para la ocasión cálidas prendas de invierno. Alguien, no se sabe quién, insinuó que la fotografía demostraba el machismo imperante en los grandes estudios de Hollywood –actriz destapada, actores abrigados- y en apenas minutos saltaba la polémica a las páginas de los principales medios de comunicación en todo el planeta. A nadie importó que la decisión de posar con su precioso vestido negro fuese de la propia actriz (ella misma se apresuró a aclararlo) pues la verdad es un accesorio cada vez más en desuso, un poco como los relojes de bolsillo, los diccionarios o las navajas suizas.

En realidad es bastante sencillo distinguir la verdadera noticia del bulo más burdo, lo que hoy en día se conoce como las Fake News. Por ejemplo, si el titular va acompañado de la advertencia "no te creerás lo que pasa a continuación", es muy probable que sí te lo creas aunque eso no la convierte en una noticia, tan solo en una buena comida para gatos. Si el encabezado advierte que tal asunto ha indignado a tal colectivo, lo más probable es que ni siquiera exista el citado colectivo y que, por lo tanto, tampoco indignación ni noticia alguna. En este apartado destacan todas esas alusiones a importantes cuentas de Twitter, Facebook, Instagram o grupos de WhatsApp en supuesta combustión. Por norma general no les importan a nadie, no los siguen más que sus amigos del bar y quizás sus familiares directos y, por supuesto, no sirven como medida para declarar como noticia cualquier conato de estúpido alarmismo. Curas homeopáticas para graves enfermedades, animales con comportamientos sobrenaturales, bullitas entre famosos, anuncios del fin del mundo, estudios científicos que van contra la misma ciencia… Hay todo un surtido de Fake News a la vuelta de la esquina esperando que algún pobre incauto se interese por el asunto, engrose las arcas de la publicación con un par de clicks y, casi al mismo tiempo, ayude a extender la falacia entre sus contactos.

Seguramente sea esa la principal razón por la que todo tipo de pseudonoticias se cuelan a diario en nuestras vidas. Aquel viejo periodismo que garantizaba con firma y honorabilidad la credibilidad de cada publicación se ha convertido hoy en una trampa para conejos, un ir y venir de falsedades y rumores que solo buscan provocar y facturar, la clave de bóveda del sistema ClickBait. El compromiso con la información ha sucumbido, en muchos casos, ante la urgencia por generar visitas a las páginas web de los diferentes medios y el resultado es un revoltijo de información y desinformación en el que suele triunfar el más osado, el más gamberro, el más cabrón. Excitar y herir sensibilidades parece ser el camino más rápido hacia el éxito mientras que el sentido común y la función de servicio público parecen haber quedado reducidos a un pequeño grupo de galos, como en los cómics de Uderzo y Goszinny.

La polémica de mi madre y los gitanos, por cierto, terminó como suelen terminar estas cosas: en nada. Un día traté de hacerla entrar en razón y terminamos enzarzados en una discusión sin fin que nos lleva a la otra dimensión de estas nuevas prácticas y su desaforado consumo: todos queremos llevar razón y todos conocemos a cuatro paveros que nos aplaudan. anchas

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