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Escribir novelas

CADA CIERTO tiempo se me acerca alguien sugiriéndome la lectura de su última novela, situación que me provoca una gran inquietud: primero, por la vergüenza de no reconocer al prolífico novelista y, segundo, por no haber leído ninguna de las anteriores. Luego caigo en la cuenta de que son las cinco de la madrugada y Pontevedra tampoco es Nueva York. Saco el paquete de tabaco, lo invito a un cigarrillo y dejo que se explaye un poco; la misma rutina empleada cuando un yonki se acerca a venderme la moto de por qué debo prestarle un par de euros que nunca, jamás, son para droga.

El otro día, mientras me tomaba una cerveza con mi buen amigo Cota, se nos acercó un chaval de unos treinta años, más o menos bajito, más o menos bien vestido. Nos advirtió de que no le diésemos dinero a un negro que, tarde o temprano, aparecería por allí. "Lo quiere para drogarse y me acaba de dar una paliza para robarme", dijo. Luego se lanzó a relatar la crudeza de su situación actual (sin trabajo pese a ser español y conocer varios oficios, sin techo ni esperanza, aclaró) para terminar preguntando si llevábamos alguna moneda encima que donar a la causa. Soltamos lo que pudimos y yo me quedé con las ganas de sugerirle la posibilidad de escribir, también él, una novela.

"¡Hombre, cuánto tiempo!", me dice un tipo canoso al que recuerdo de algo pero no sé de qué, quizás de la guardería. Es el tipo de situaciones en las que acostumbro a tirar de veteranía y sonrisas metódicas, fiándolo todo a frases hechas del tipo "hay que ver, con lo que fuimos", o "tenemos que organizar una cena cualquier día de estos". Algunas veces logro salir airoso del choque pero otras, las más, termino acorralado por mi propio entusiasmo, entregando hasta el pasaporte. "Te leo siempre en el periódico, siempre", dice antes de que yo pueda proponerle organizar una cena cualquier día de estos. Entonces saca su teléfono, me pide el mío, y dos minutos después de despedirnos recibo un mensaje en el que insiste en cenar al día siguiente, por los viejos tiempos. "Y así, de paso, te dejo una copia de mi nueva novela a ver qué te parece". Al final, como tampoco tengo nada mejor que hacer, voy. Ceno con él, charlamos animados sobre vaguedades y regreso a casa con un pendrive que bien podría ser un dildo: "1.200 páginas sin apenas corregir, solo retocar. Yo escribo a chorro, a propulsión», dice emocionado. Creo que lo odio.

Que esta es una profesión en la que abunda el optimismo resulta evidente, sobre todo entre quienes no conocen la profesión. Mis padres, por ejemplo, han dejado de pasarme la asignación mensual, convencidos de que estoy a punto de comprarme un Lamborghini igualito al de Ken Follet. Que me presente en casa cada lunes, cargado de tupperwares y dispuesto a arramblar con todo lo que encuentre a mi paso se entiende como una excentricidad propia del oficio. Cuando les pido 50 euritos prestados, con la disculpa de haberme olvidado la cartera en casa, sonríen divertidos y dicen "¡ay, esa cabeza! Claro, la tiene ocupada en otra cosas". Me los imagino, algún día, meneando el cuello delante de un forense y confirmando el resultado de la autopsia: "Si es que tenía que pasar: triunfan y se olvidan hasta de respirar".

MARUXATriunfar… ¿Quién sabrá lo que es triunfar? Lo pienso mientras conecto el siniestro pendrive al ordenador y empiezo a ojear la supuesta novela. Es un relato infame, la historia de un camello que mezcla el hachís con mierda de perro para doblar sus ganancias mientras trata de escribir una novela. Leo tres páginas y siento un profundo deseo de vomitar: creo que ya recuerdo de qué lo conozco. En cuanto recupero la compostura, casi una hora después, arranco el maldito cachivache de la correspondiente ranura y lo guardo bajo llave: tampoco puedo descartar que se trate de una obra maestra. Entonces pienso en aprovechar la inercia y sentarme frente al teclado; comenzar a escribir, de una vez por todas, mi primera novela. Suelto los dedos al libre albedrío.

En cuanto recupero la compostura, casi una hora después, arranco el maldito cachivache de la correspondiente ranura y lo guardo bajo llave: tampoco puedo descartar que se trate de una obra maestra. 

Entonces pienso en aprovechar la inercia y sentarme frente al teclado; comenzar a escribir, de una vez por todas, mi primera novela. Suelto los dedos al libre albedrío. Tecleo frenético. Bebo mucha
agua. Cuando he rellenado un par de folios los imprimo, los huelo, los palpo... Es basura. Una segunda lectura confirma la impresión de la primera: "Basura". Abandono toda esperanza. Destrozo los folios, ansiolítico bajo la lengua y a la cama. Entonces suena el antiguo camello: acaba de terminar otra novela. "890 páginas, a chorro", dice. Algún día cambiará mi suerte y entonces entablaré relación, por fin, con un verdadero psicópata. Las muertes violentas tienen peor fama que los novelistas y, la verdad, no acabo de entender el porqué.

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