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Enamorarse de una loca

Quién no ha salido de casa, un martes, con la sana intención de tomarse una cerveza, y ha terminado reduciendo a cenizas Desembarco del Rey? Pues eso mismo le pasó a Daenerys Targaryen en el último capítulo de Juego de Tronos, lo que ha provocado una reacción furibunda entre los fanáticos más recalcitrantes de la serie. Ella, que hasta ahora había ejercido como referente moral de la izquierda, rompedora de cadenas y un puñado más de títulos hermosísimos, decidió liarse tres mantas a la cabeza –"la primera por despecho, la segunda por capricho, la tercera por placer"- para formar un auténtico alboroto en vísperas del episodio final: no dejó piedra sobre piedra la Reina de Dragones, que ha llevado hasta el extremo del genocidio abrasivo la típica rivalidad entre futuras cuñadas.

"Te pedí que no le dijeras nada a tus hermanos", así comienzan casi todos los dramas cotidianos de la civilización; no veo por qué tendría este, en concreto, que haber sido distinto. Eso y las herencias, que son el caldo de cultivo favorito en las peores riñas familiares. A los Stark, que en este caso son la familia del novio, no terminaba de convencerles el reparto propuesto por Daenerys y, para solucionarlo, no se les ocurrió mejor estrategia que airear el parentesco entre los enamorados, que son tía y sobrino a ojos de todos los dioses, antiguos y nuevos. ¿Quién, teniendo un dragón y dos ejércitos formidables, no monta en cólera al enterarse de los tejemanejes de su familia política? Hablamos, además, de una muchacha a la que su hermano vendió como ganado en plena pubertad para granjearse los favores de un Khal Dothraki, obsesionado como estaba por recuperar el trono que había sido arrebatado a su padre. En realidad, cualquier otro desenlace habría parecido una broma de mal gusto pero, como ya he dicho, los seguidores más idealistas de la ficción esperaban otra cosa.

"Uno no puede escribir pensando en lo que le va a gustar al lector. Es como el futbolista que, en vez de jugar libre y arriesgar, corre siempre detrás de la pelota y no se separa de ella. Lo más probable es que no meta nunca gol", declaraba Carmen Posadas en una entrevista que leí hace poco, no recuerdo si reciente o recalentada. La dictadura del público se ha convertido en uno de los grandes peligros para el creador de contenidos, cuya libertad ya no depende tanto de sus propios criterios como de las expectativas del consumidor. En el caso de ficciones tan populares como Juego de Tronos, que además mantienen viva la llama de la incertidumbre durante largo tiempo, la intolerancia se vuelve sangrante hasta el punto de que muchos espectadores no parecen dispuestos a aceptar otro desarrollo que no sea el que ellos mismos han imaginado en sus locas cabecitas de guionistas caseros. Ay, la democracia…

Volviendo a la historia, que es lo verdaderamente importante, no se puede pasar por alto el desenlace de la mayor historia de amor jamás contada: la de Cersei y Jaime Lannister. Dos hermanos que se quieren hasta el punto de encamar y procrear hijos solo podían terminar del modo en que lo hicieron: abrazados, sepultados por las ruinas del imperio que los convirtió en todo cuanto eran, embarazada ella y manco él. "Mírame a los ojos", dice Jaime cuando las piedras empiezan a llover sobres sus cabezas como bruscos granos de arroz a las puertas de una iglesia. Qué lección de lealtad para las demás familias de la saga, en especial para un Jon Nieve –medio Stark, medio Targaryen- al que espera un último capítulo cargado de tensiones y remordimientos por no comprometerse, por abusar del “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio”. Nunca debió regresar del otro lado del Muro, feliz como era con aquella salvaje pelirroja, al calor de sus muslos blanquecinos y una práctica hoguera. La verdadera felicidad se encuentra en las cosas sencillas y Jon la tuvo a su alcance durante, al menos, un par de temporadas pero le sobró sentido de la responsabilidad.

Tramas de poder, luchas fratricidas, destierros, esclavitud sexual y de la otra, contrabando, nepotismo, incesto, muertos vivientes… Yo no sé qué esperaban de todo esto los que hoy claman al cielo contra los guionistas porque la heroína se haya entregado al desenfreno asesino sin medias tintas. Adoramos los finales felices porque la ficción es nuestro único subterfugio en una vida donde todo termina mal o, de lo contrario, no terminaría. Y esa es la conclusión que debemos sacar del penúltimo episodio de la serie: que los desenlaces suelen ser terribles y todavía nos queda un capítulo por sufrir, adorar, recordar… Y en el caso de los ofendiditos, criticar. Rectifiquen, nunca es tarde para reconocer las taras propias y enamorarse de una loca.

GOT

Enamorarse de una loca
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