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Elvis

De los muertos se puede decir muchas cosas, pero no que son unos borrachos

MAMÁ ESTABA embarazada de mí cuando el americano llegó al pueblo pero nadie sabe cómo, simplemente apareció. Se había instalado en la vieja casona de don Rafael, que llevaba cerrada desde que su hijo se trasladara a Santiago con el resto de la familia, y los vecinos comenzaron a percatarse de su presencia porque todas las tardes salía al balcón con una guitarra. "Cantaba tan bien que la primera vez que lo escuché casi casi me pongo de parto", recuerda mamá, que fue una de las primeras en reconocerlo.

Al principio nadie sabía si estaba vivo o muerto, porque en este pequeño rincón apartado del mundo nunca es fácil saberlo. Fantasmas los ha habido siempre, al menos desde que yo tengo uso de razón, pero al contrario que en las películas o los cómics son gente de lo más normal, que hacen su vida y no se meten con nadie. A la abuela de Canito, que se murió cuando ni él ni yo habíamos nacido, la veíamos todas las mañanas en la Fernanda, camino del colegio, y siempre nos saludaba con una sonrisa de tres dientes.

-"¿Por qué no te acercas a darle un beso? A lo mejor te suelta unas pesetas", le pregunté un día.
-"Porque está muerta, parvo", respondió él.

Pero el americano estaba vivo, después de todo. Una mañana entró en la taberna de Chapoleta y compró dos botellas de vino, eso lo confirmaba. De los muertos se pueden decir muchas cosas pero no son unos borrachos, no meten el cambio en las tragaperras y tampoco juegan al dominó. Según me contaron mis padres, la culpa de aquellos primeros días de confusión la tuvo la televisión. "El Rey ha muerto", decían en todos los informativos. Y uno tiene que creer en alguna cosa, incluso en los informativos. Pero allí estaba Elvis, a la vista de todos y haciendo pareja con Daniel en interminables partidas de a cinco duros la mano.

Mis primeros recuerdos de él son los de un hombre gordo, con el pelo corriéndole por la cara como un manantial, un poco cojo de una pierna y algo reservado. Tenía un acento extraño, como los de Sanxenxo, y esa melancolía arrastrada de los que viven solos en una gran casa, rodeados de ecos y otros ruidos vacíos. Cantó en la iglesia el día de mi Primera Comunión y mamá lo miraba con esos ojitos que suele poner cuando Paul Newman sale por la tele, como de querer comérselo incluso sin hambre. Lo hizo tan bien que yo no sé cómo no apareció el mismísimo Jesucristo a consagrar el vino y el pan. "¡Maravilloso, Elviriño... Maravilloso!", lo felicitaba el padre Loureiro al terminar la homilía, visiblemente emocionado. Aquello me jodió de un modo un tanto egoísta. Uno espera, al menos, ser el protagonista en los días señalados de su vida pero con el paso del tiempo aprendes a valorar este tipo de situaciones como un privilegio.

Porque el americano no volvió a cantar en la iglesia nunca más y nadie sabe el motivo. "No se le preguntó", responde mi padre cuando se le interroga sobre aquello. "Nadie le preguntó nunca nada, aquí somos así".

Cuando murió don Daniel, de un ataque al corazón, Elvis dejó también de ir a la taberna y lo que es peor, a las reuniones de la Comunidad de Montes. Aquello estuvo a punto de acarrearle algunos problemas. En este pueblo puede uno fingir su muerte, incluso la de algún familiar, pero abandonar las tierras a su suerte está muy mal visto, muy penalizado. Se encerró en la casona y el único que tenía algún contacto con él era Michi, el nieto de Chapoleta, que le llevaba cada mañana dos cuartillos de aguardiente, una botella de vino, una barra de pan y arenques. "Así no se puede vivir", decía mamá como si fuera una gran experta en nutrición. A veces la encontrábamos tumbada en el sofá, con uno de sus discos apretado contra el pecho. A papá no le gustaban aquellas muestras de veneración pero, como todos en el pueblo, aprendió a calibrar la excepcionalidad de su presencia y a seguir con su día a día como si nada hubiera pasado, como si Elvis no viviera allí, como si no existiera el adulterio.

Hace tiempo que nadie lo ve pasear por su jardín o tocar la guitarra en el balcón. La taberna ya no le sirve y las cartas se acumulan en su buzón como las historias que se cuentan sobre él en cada rincón de nuestro pueblo. Los más viejos dicen que, ahora sí, ha muerto. Pero como siempre desde que llegó en 1977, nadie se atreve a tocar su puerta y, simplemente, preguntárselo.

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