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El olvido

NO ES FÁCIL SENTARSE A escribir en estas fechas. Uno aporrea el teclado y en lugar de teclas parece que pulse camarones, el ratón se transforma en una nécora sabrosísima y hasta el blanco en la pantalla adquiere aspecto de mantel recién planchado por el que rodarán varios tipos de pescados y carnes; vinos, refrescos y licores; dulces, más dulces y muchos más dulces; sangre, sudor y lágrimas. Cuando alguien, en un velatorio o en la sala de espera de un hospital, dice aquello de que al mundo se viene a sufrir, yo me acuerdo inmediatamente de las cenas navideñas y pantagruélicas de mi familia: nadie sale indemne de ellas.

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXAUna vez me dijo un amigo catalán que los gallegos nos sentimos inmortales a nuestra manera, una especie de raza superior que no teme a los excesos y mucho menos al colesterol. Si los galos del cómic recelaban porque el cielo pudiera caer sobre sus cabezas en cualquier momento, aquí solo parece preocuparnos el aspecto más práctico de la muerte: costeársela. Mi amigo, el catalán, me contaba que su abuelo le abrió una cuenta de ahorro en la Banca Catalana el mismo día de su nacimiento. También conozco a un sevillano al que su padre fue a inscribir como socio del Betis incluso antes de ir a verlo al hospital. A mí, como a casi todos los pequeños herederos de Breogán, me pagaron la primera cuota de la funeraria cuando todavía no me habían bautizado.

"Se queres facerme un bo regalo cómprame un panteón", solía decir mi abuela cuando el viejo se empañaba en perfumes o pequeñas joyas como agasajos de diferentes celebraciones. Nunca le sacó mucho más que una sonrisa de aliño y un beso austero con aquellas naderías hasta que cierto día, al fin, apareció con la escritura del chalecito postrero en la mano. Lo pensaba la noche del lunes, mientras nos jugábamos el tipo despachando media tonelada de viandas por cabeza. Allí estábamos, resolviendo los grandes problemas del mundo y compartiendo vídeos de Facebook, como una familia normal, cuando ella reparó en el reloj, se echó las manos a la cabeza y anunció, visiblemente alarmada, que se marchaba sin tomar postre: "¡As once da noite, a miña nai máteme cando chegue á casa!".

Enfermedades como la suya —quizás las más malvadas de todas— se alimentan de los recuerdos hasta dejar hueco un cuerpo que todavía nos parece sano. A mí, que soy su primer nieto, ya no me reconoce y a Albertito, que acaba de nacer, no parece capaz de distinguirlo como tal porque no estamos seguros de que entienda lo que significa el concepto de nieto. Su máxima preocupación, según me cuenta el abuelo, es llegar puntual a casa cada día para que su madre no se enfade con ella. Es la única de mis bisabuelas a la que no llegué a conocer y, cosas de la vida, fue la que más presente tuvimos en esta última Nochebuena. "A miña nai", dice. Eso me gusta. Porque ni siquiera una afección tan perra como la suya ha sido capaz de borrarle, al menos de momento, su auténtica denominación de origen: ha retrocedido cincuenta años en el tiempo pero sigue siendo, con sus defectos y a todos los efectos, Concha ‘la de Lugo’.

Odio las fiestas como la Nochebuena porque, extrañamente, me obligan a hacer algunas de las cosas que más me gustan, como cenar con la familia. En mi cabeza intento convencerme de que no es así, de que me abruma tanta calidez y tanta vida compartida. Sin embargo, no hace falta mucho más que el primer chiste de mi tío Ricardo o la sonrisa de mi abuelo para desear que el tiempo se detenga, como en la cabeza de mi abuela, y quedarme a vivir ahí eternamente, rodeado de los míos. Por eso no puedo evitar sentirme una mala persona el resto del año: porque mi abuela se ha olvidado de mí pero sigo sin encontrar una explicación razonable al hecho de que yo me olvide tan a menudo de ella.

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