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Desguace de lo cotidiano

Han abierto una tienda de segunda mano cerca de casa. Cuesta reparar en ella porque no hay un letrero sobre la puerta que la identifique. Tampoco un escaparate inundado de luz blanca a modo de reclamo, esa técnica de ventas tan moderna que nos recuerda lo cerca que estamos los humanos de convertirnos en moscas. Por no tener no tiene ni un paragüero en la entrada, que suele ser la advertencia perfecta para aquellos que caminamos por la vida con la cabeza gacha, como si nos pesara el fl equillo o nos persiguiera el cobrador del frac. 

La regenta un señor de unos cincuenta años bien llevados o cuarenta muy deteriorados, a veces no resulta fácil concretar estas cosas. Es bajito, moreno y tiene un hermoso acento portugués que luce a cuenta gotas, como un perfume caro. Habla muy poco, lo justo para resultar cortés, y esa es una cualidad que me parece digna de alabar en cualquier comerciante que se precie. También su costumbre de dar la espalda al cliente en cuanto entra por la puerta y lo ha saludado, una muestra de confi anza que te permite ojear y palpar el género sin presiones, como si estuvieses en tu propia casa. Hace poco, en un comercio del centro, se me clavó tan profundamente la mirada de una dependienta que a punto estuve de comprar una camisa horrible solo para demostrar, con hechos, que no había entrado en su jurisdicción con intención de robar.

Los libros viejos son fragmentos de otras vidas, restos de naufragios sin documentar

En la nueva tienda del barrio hay un poco de todo, me recuerda a aquella en la que Randall Peltzer le compraba a su hijo un gremlin. Adoro esa película porque me parece una oda a la más absoluta irresponsabilidad, una de mis grandes virtudes. El bicho necesita pocos cuidados. Tan solo hay que cumplir tres normas sencillas (no exponerlo a la luz, no mojarlo y no darle de comer después de la media noche) pero el hijo de Peltzer, Billy, tarda cinco minutos en infringirlas todas.

Como decía, en la tienda del portugués discreto hay un poco de todo: loza, pequeños muebles, herramientas, bisutería, una bicicleta estática, calendarios antiguos como señoras al natural, marcos de fotos con imágenes de la familia real inglesa… Es como una pequeña cámara de los horrores en la que puedes sentir la mirada del príncipe Harry o la reina madre mientras curioseas, lo que me parece todo un acierto. También hay centenares de libros apilados como frágiles murallas sobre dos mesas de playa que, por lo visto, también están en venta. “Un libro, un euro”, dice el cartel que los oferta sin necesidad de recurrir a los números, solo a las letras. Me parece un detalle brillante pero no me atrevo a comentarlo con el dueño: puesto que él no hace preguntas ni sugerencias, yo me abstengo de molestarlo con mis apreciaciones; parece un trato justo.

Me encanta rebuscar entre el polvo y las arrugas del cartón en busca de pequeños triunfos. A partir de una cierta edad, la vida va de perder y conformarse, así que llevarte a casa una novela de Vázquez Montalbán, London, Matute, Kipling o Shelley siempre resulta plato de buen gusto. Eso por no hablar del precio, sobre todo ahora que Rocío me han convencido de que ahorrar, aunque solo sea un triste euro, nunca es una conquista menor.

Los libros viejos, al igual que los demás objetivos desparramados aquí y allá sin demasiado sentido, son pequeños fragmentos de otras vidas, restos de naufragios sin documentar que aparecen frente a tu puerta empujados por la marea. Es casi imposible salir de estos desguaces de lo cotidiano sin llevarse nada a casa, sin sentir un gozo sordo, sucio, una euforia parecida a la que debe experimentar cualquier ladrón de tumbas o algunos concejales de urbanismo. «Eres como Víctor Frankenstein, muchacho», te dices mientras sacas tus nuevas adquisiciones de la bolsa y las contemplas bajo la luz de la cocina. En el reverso de ‘Los pájaros de Bangkok’ hay un nombre y una fecha escritos a lápiz: "Marina, 20 de septiembre de 1985". Se trata del día de mi octavo cumpleaños y de algún modo, aunque no recuerde aquello ni el sabor de la tarta, me conecta con esa tal Marina o algún conocido suyo. Tampoco es que las pruebas resulten demasiado concluyentes. Por lo pronto, parece letra de mujer.

Desde que era pequeño, escuchen, me he tropezado con multitud de expertos calígrafos que recalcaban, una y otra vez, las diferencias entre la escritura masculina y la femenina. "Escribes como una mujer, Rafael", decía un profesor de bachillerato cada vez que salía a la pizarra. Es la prueba que necesitaba para no descartar que el autor del recordatorio fuese un hombre, así que me quedo como al principio: sin ser capaz de imaginar quién y por qué garabatearon ese nombre y esa fecha en un libro que ahora me pertenece.

Los pequeños misterios me provocan cierta ansiedad y para dominarla utilizo un pequeño truco casero: sacar un espagueti crudo del paquete y afi larlo con los dientes. A veces fumo, pero no resulta un ansiolítico barato. Por fortuna, las aventuras de Carvalho suelen absorber mi atención como una toalla de hotel se traga la humedad de la piel y en pocos minutos ya no me acuerdo de Marina, ni del dependiente discreto, ni de los naufragios, la reina madre, el tabaco o la hora que es. Antes de que pueda darme cuenta, Rocío entra por la puerta de casa y escucho sus pasos recorriendo el pasillo. Llegó el momento de mentir sin compasión, de explicar que iba camino de la frutería, a cumplir su encargo, cuando un ladrón me asaltó por la espalda y me birló los cinco euros: "solo recuerdo, cariño, que tenía un hermoso acento portugués".

Desguace de lo cotidiano
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