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Cuanto peor, mejor

Había llegado en autobús, disfrazado de presidiario con el correspondiente mono rayado

MaruxaERA EL PRIMER BAILE DE Carnaval al que asistía como medio adulto, sin el apuro de tener que besar a mi madre en la puerta de la discoteca antes de entrar. Un día grande, recuerdo, entre otras cosas porque fue la primera vez que me emborraché a conciencia, toqué una teta y me partieron la cara, como si los sucesivos estrenos formasen parte de un plan perfectamente ejecutado. "No eres el primero que entra aquí con un ojo morado y sale con los dos, tranquilo", me diría el portero al despedirnos.

Había llegado en autobús, disfrazado de presidiario con el correspondiente mono rayado, la bola de recluso anclada al tobillo, y aquel simulacro de moratón que parecía emparentarme con la familia de los panda. Saludé a los amigos, me pedí un Malibú con piña y salté a la pista dispuesto a quemar suela frente a un grupo de vampiresas y cabareteras que bebían sus copas con pajita: los grandes clásicos del carnaval adolescente. Allí estaba yo, interpretando mi danza del hechicero apache, cuando de la nada apareció una Caperucita Roja interesada en presentarme a una de sus amigas. "Esta es María", me dijo. Y sin necesidad de dar detalles nos pusimos a morrear como dos jóvenes dragones de Komodo. Sonaba Sin documentos, de Los Rodríguez, y cada vez que separábamos los labios aprovechaba yo para susurrarle al oído un verso de la canción. "Quiero ser el único que te coma la boca", repetía una y otra vez sin poder imaginar que, a esas edades, tiene uno cierta tendencia a tomarse las cosas al pie de la letra.

"Tengo novio", dijo ella tras un buen rato intercambiando lengüetazos y con mi mano adosada a su pecho como una garra de halcón. El desconcierto no necesita mucho más que dos palabras sencillas para sacudirte como un trapo viejo, sobre todo cuando te alcanza en el momento propicio. "¿Pero novio, novio?", pregunté sin soltar aquella teta magnífica, tan cálida como un montón de arena en verano. Un gimoteo agudo —y una carrera frenética hacia los baños— fue todo lo que recibí por respuesta, al menos hasta que Caperucita reapareció de la nada para aclarar el entuerto. "Es que tiene novio", insistió. Supongo que, sin saberlo, también me estaba estrenando en la era de sobreinformación.

El resto de la velada la pasé rodeado de mis amigos, mustio, bebiendo malibús y evitando cruzar miradas con ella, enamorándome a paladas de tanto imaginarla. Ni siquiera las vampiresas y las cabareteras, que para entonces ya formaban parte de nuestra pandilla, lograron sacarme de aquel trance hipnótico que solo abandoné cuando un tipo disfrazado de pirata se acercó a ella, la rodeo con los brazos y la besó en los labios. "Lo voy a matar", dije arrancándome la bola de plástico del tobillo y lanzándome a por él como una pantera.

Trató de interponerse Caperucita —pobre— que terminó trastabillada y con la falda cubriéndole la cabeza mientras el pirata me agarraba por la pechera y conectaba un derechazo tras otro, como una ametralladora. Fue la pelea más desigual de todos los tiempos, supongo, y mi actuación todavía se recuerda en algunas cenas por épica y lamentable. "¿Quieres salir conmigo?", le pregunté a María cuando se acercó para interesarse por el estado de mi ojo. Pero no quería, y yo terminé por abandonar cualquier esperanza en el cajón de los amores imposibles.

En el taxi, de vuelta a casa, comencé a sentir los golpes de verdad, en la carne, como si el cuerpo humano fuese capaz de vivir los peores momentos en riguroso diferido. El ojo maquillado mantenía el tipo pero el otro, el magullado, comenzó a degenerar en una especie de hígado de pato:una bolsa morada y deforme que acompasaba los latidos del corazón con punzadas de dolor. Entré en casa tratando de no hacer ruido, lo que activó todas las alarmas, y cinco minutos más tarde ya estaba tirado sobre la cama con una bolsa de menestra congelada sobre la cara.

–"Tarde o temprano tenía que pasar", decía mi padre desde el pasillo. –"¿Estás bien, cariño?", preguntaba mi madre, preocupada. –"Mejor que nunca, creo", respondí mientras saboreaba la mitad más dulce de los nuevos recuerdos.

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