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Cosas que pasan

Ni de coña pensaba compartir su secreto con nadie y mucho menos con Robertito Castro

Maruxa2Durante años se mortificó porque el único recuerdo que conservaba de su madre eran unas braguitas color champán que rescató por casualidad de la colada, poco después de su desaparición. Robertito Castro, que se convirtió en su mejor amigo desde el primer curso, llevaba la palabra huérfano escrita en la cara pero al menos podía recurrir a unas cuantas fotografías cuando él se interesaba por el aspecto de aquella madre muerta. "Aquí están ella y papá en su luna de miel", decía el pequeño de los Castro Campelo mientras repasaba la cara rosada y sonriente con la yema del dedo índice. Él sabía que Robertito insistía en lo de la luna de miel porque no le gustaba reconocer que aquel puerto infestado de rederas y gaviotas era el de Cangas, como si los recuerdos heredados necesitasen de cierta literatura para arraigar y funcionar como tales.

Habría dado lo que fuera por una sola fotografía de ella, sin importarle lo más mínimo el lugar donde fue tomada o la ropa que luciese en aquel instante rescatado del tiempo. Odiaba mentir a su amigo, estaba cansado de repetir aquella historia absurda que se inventó para explicar el abandono y hacerse el ofendido cuando este le preguntaba cómo era y por qué no conservaba nada de ella. Pero sobre todo, odiaba aquellas bragas perfumadas con detergente barato a las que se aferraba cuando sentía la necesidad de tenerla cerca, de saber que un día existió una madre que le acariciaba el pelo o le leía cuentos por las noches. Ni de coña pensaba compartir su secreto con nadie y mucho menos con Robertito Castro, que era su mejor amigo pero también un salido patológico, siempre con la mano ocupada, imaginando obscenidades incluso con alguna de sus hermanas.

Su padre, un antiguo empleado de la conservera Maté, había borrado a conciencia cualquier rastro de aquella mujer. Tampoco admitía preguntas, a menudo solventadas con un bofetón del revés y un argumento escueto: "en esta casa no se habla de los que no están, ¿entendido?". Lo despreciaba profundamente y al mismo tiempo no podía dejar de sentir cierta pena por él, privado de trabajo, de salud y también de los afectos más básicos por las cosas de la vida. "Tu padre es un buen hombre", le decía su tío Enrique cuando se lo encontraba llorando en el patio trasero, con la cara cruzada y el pelo alborotado. No solía visitarlos con demasiada frecuencia y tampoco le gustaba hablar sobre la mujer que habitaba sus vidas como un fantasma. "Cosas que pasan, Tomás", era todo cuanto logró arrancarle sobre aquel adiós silenciado.

Tomás llegó un día del instituto y se encontró al padre tirado en el pasillo con la cara extrañamente deformada: la boca dibujando una sonrisa inversa, terrorífica, y los ojos en blanco. Trató de despertarlo pero no pudo, así que corrió hasta la taberna de Alfonso en busca de ayuda. La ambulancia no tardó en llegar, tampoco el interés morboso de algunos vecinos. Los dos sanitarios se hicieron cargo de la situación entre empujones y fue entonces, al girarlo y rasgar los botones de la camisa, cuando Tomás vio en el pecho de él un sujetador de color negro con encajes, bastante delicado. Se lo llevaron en una camilla poco después pero ya no se pudo hacer nada: el médico certificó su muerte pasada la media noche.

A la mañana siguiente, mientras su tío y Amparito preparaban el salón de la casa para el velatorio, Tomás se coló en la habitación de su padre buscando respuestas. En una caja de zapatos, disimulada bajo unas mantas, descubrió varios conjuntos de lencería femenina, incluido un sostén de color champán a juego con aquellas braguitas que había encontrado en la colada años atrás. Lo dejó todo como estaba, salió del cuarto y regresó al salón, donde descubrió un vacío casi tan grande como el que había dejado su madre: resultaba increíble lo mucho que llenan una mesita de centro y una alfombra. "¿Estás bien, niño?", le preguntó Amparito sin dejar de barrer, como si la prioridad fuese el suelo más que su respuesta. ¿Lo estaba? Puede que sí, puede que no. Se había quitado de encima aquella sensación culposa, antinatural, de estrujar unas braguitas contra su cara para sentirse cerca de su madre pero, al mismo tiempo, se quedaba sin el único objeto que lo unía a ella de alguna manera, convertido ahora en un extraño recordatorio de los muchos secretos que atesoraba su padre.

–"Eres un buen chico, no te merecías esto", dijo entonces Amparito apoyándose sobre la escoba, visiblemente afectada.

–"Cosas que pasan", respondió Tomás para sus adentros.

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