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Con carácter preventivo

 
Despliegue de bufandas amarillas en forma de cruz en la playa de Mataró (Barcelona). MARTA PÉREZ (EFE)
Despliegue de bufandas amarillas en forma de cruz en la playa de Mataró (Barcelona). MARTA PÉREZ (EFE)

CON CARÁCTER preventivo, una de las primeras cosas que debe hacer cualquier gallego en el extranjero es buscar un bar en el que se prepare pulpo y lacón al estilo tradicional. La teoría establece que el local en cuestión debe estar decorado con algún banderín del Deportivo aunque tampoco deben descartarse aquellos en los que las filias futbolísticas discurran por otros derroteros menos convencionales. También se aconseja que el propietario haya nacido en la provincia de Ourense, que los servilleteros sean de propaganda y que disponga de una máquina tragaperras o, en su defecto, un pequeño dispensador de pistachos. La rigidez no debe ser nunca la norma que guíe a los gallegos por el mundo, de ahí que esta breve introducción deba considerarse poco menos que una mera nota informativa, un consejo sin mayor importancia pero con toda la buena intención que se presupone a un compatriota.

Cuando viajo a Barcelona siempre me paso por el Bar Laláns, que es mi particular versión de una embajada gallega en el corazón de Catalunya. No cumple ninguno de los requisitos anteriormente referidos salvo que Moncho, su propietario, es tan paragüero como Xosé Luís Baltar padre e igual de afilador que el hijo: las dos características fundamentales para concederle toda la credibilidad a su denominación de origen. Allí desayuna todas las mañanas Quim Monzó pese a las advertencias de su médico de cabecera, un galeno empeñado en que abandone el tenedor por la cucharilla, como si la leche desnatada tuviese más virtudes que el vino del Ribeiro y la sacarina pudiera sustituir al pimentón. El escritor, que acumula más muescas en las radiografías que la culata de un Colt, suele fiar la toma de decisiones a la alquimia gastronómica de Moncho y, de momento, por más que se empeñen en matarlo tras cada achaque, resiste los envites de la mala salud con buen apetito y mejor humor.

Me llamó la atención, en esta última visita a la Ciudad Condal, que la gente no se pelea por las calles, no se ven mayores signos de revuelta social que los vasos de plástico acumulados en algunos parques a causa del botellón y la tensión territorial parece limitada a una cuestión de meter codos en las barras, como en cualquier otro pueblo de España. La Catalunya apocalíptica de la que hablan las noticias  no aparece por ninguna parte y algunos parroquianos incluso se insultan en confianza, del mismo modo que mi abuelo llamaba rojo al tío José y Paco Lavadoras califica de facha a todo aquel que prefiere el Rioja al tinto de Barrantes. Alfonso, por ejemplo, presume de su militancia españolista mientras Juan lanza una soflama independentista y pide otra ronda de cervezas. Algunos de los presentes aplauden, otros les piden que bajen la voz porque quieren escuchar el parte meteorológico y yo, que estoy sentado en medio de los dos como un mediador de la ONU, me pregunto si no se estará exagerando la típica conversación de bar a la naturaleza de conflicto.

La Catalunya apocalíptica de la que hablan las noticias no aparece por ninguna parte

Mientras paseo por la calle suena el teléfono y resulta ser mi madre. Quiere saber si estoy bien o si he tenido algún problema con los supremacistas (ella los llama supermacistas), al tiempo que me aconseja esconder mi acento y simular que nací en la Seu d'Urgell, como el tío Enrique. Le explico que todo está tranquilo, que los lazos amarillos no muerden y que no me he llevado el bañador, así que no puedo decirle si hay o no muchas cruces en las playas. También se interesa por si estoy comiendo bien y cuando le digo que he desayunado un bocadillo de lacón rompe en un sollozo emocionado, como si por una vez en la vida diese por descontados los muchos cuartos invertidos en mi educación. Cuelgo a la primera oportunidad y me dirijo a Can Vilaró: he quedado para comer con miembros de la resistencia azulgrana.

Por la tarde acudo a la presentación de un libro que resulta ser mío, casi lo había olvidado. La librería está llena de gente que me mira de arriba abajo como si estuvieran calculando mi valor al peso antes de tomar asiento, respetuosos, dispuestos a escuchar lo poco que tengo que decir. "Para eso he escrito un libro, es que manda carallo", pienso mientras doy paso al turno de preguntas sin más dilación. Me animo a responder un par de ellas en catalán pero el intento, valorado por el público asistente, me convierte en una parodia de mí mismo así que enseguida salto al castellano para evitar males mayores. Al terminar me invitan a cava, me piden que firme unos cuantos ejemplares y me piden un taxi. Cuando regreso al bar, Alfonso y Joan siguen discutiendo de política mientras la camarera salta de canal en canal buscando un programa de televisión que, por las explicaciones que me ofrece, intuyo que no existe.

De vuelta al hotel me encuentro con la noticia de que ha dimitido Zidane, de que han echado a Rajoy y en el teléfono descubro tres llamadas perdidas de mi madre: querrá saber si he cenado. Me acuesto en la cama y repaso la jornada, como si pudiese servirme de algo en el futuro. Luego saco el portátil y comienzo a escribir una pequeña crónica de mi primer día en los dominios del malvado Puigdemont y sus secuaces. No sé por dónde empezar, así que me dejo llevar por el instinto y empiezo a teclear lo primero que se me pasa por la cabeza. "Con carácter preventivo, una de las primeras cosas que debe hacer cualquier gallego en el extranjero es buscar un bar en el que se prepare pulpo y lacón al estilo tradicional", leo sobre la pantalla parpadeante. Empiezo a sospechar que será otro artículo de mierda, en mi línea de las últimas semanas, pero el inicio, por las razones que sean, se me antoja cojonudo; ya veremos el final.

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