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Buenos y malos

LOS CARTELES que anuncian las primeras rebajas del año inundan, por fin, los escaparates más ambiciosos del barrio. Es una sensación agradable, como si abandonado a mi suerte en una isla del Pacífico comenzaran a llover octavillas que anuncian el final de una guerra: "La Navidad ha terminado, soldado. Ya puede usted dejar de fingir". Y es que hay que ser una especie de Hiroo Onoda de las fiestas para no deponer el espíritu navideño sin condiciones y regresar, de un modo más o menos ordenado, al dulce infierno de nuestros quehaceres diarios. Onoda, por cierto, era aquel soldado nipón que se pasó por el Arco de Torii las advertencias de que Japón había firmado la rendición y alargó su particular Segunda Guerra Mundial hasta 1974, emboscado en Filipinas.

¡Cómo lo he envidiado, estas últimas semanas, a Onoda!, no se puede ni creer. Cada día me levantaba con la esperanza de encontrarme aislado en una selva, comiendo plátanos y remendándome el uniforme con pelo de palmera hasta que, de la nada, algún estímulo externo me devolvía de cabeza a la cruda realidad. Tengo, por ejemplo, una vecina que silba como un demonio: todo el santo día calle arriba calle abajo con sus pantuflas, sus niquis de manga corta, los auriculares y un carrito de la compra en el que, por lo que a mí respecta, bien podría transportar el cadáver momificado de algún ser querido. El resto del año la soporto con cierta entereza porque, mal que bien, se limita a chiflar grandes éxitos del Electro Latino y eso me mantiene informado sobre nuevas tendencias musicales, pero durante las fiestas… ¡Ay, durante las fiestas! Es como el hilo musical silbado del Carrefour, villancico tras villancico sin guardarse nada, con una capacidad torácica tan aterradora que es capaz de redefinir a Omar Little como nuevo mayordomo afrancesado de Willy Fog.

MARUXA"Pon la boca así, como si fueras a beber", decía la canción de la famosa serie de dibujos animados. En el caso concreto de mi vecina sería más apropiado cantar "pon la boca así, como si fueras a soplar el Mediterráneo entero, que está caliente"… En Rodas tendría su propia estatua junto al puerto, como la tuvo Helios. El caso es que, como iba diciendo, siempre aparece un portador de la buena nueva dispuesto a recordarme que son noches de paz y tiempos de amor, como si el resto del año disfrutásemos de carta blanca para promover el conflicto y acumular todo tipo de rencores: una cosa de locos, vamos.

Tampoco quiero que se me malinterprete: a mí me gusta la Navidad. Y mucho, de hecho. Lo que se me atraganta es la apología del buenrrollismo, del mismo modo que en Semana Santa se me cruzan las restricciones alimenticias de la Cuaresma, las procesiones en televisión y tanto gesto gratuito de contrición. "A ver, señora: que yo no lo maté. Déjeme tranquilo con mi churrasquito y mi Netflix, hágame el favor", le digo yo. La señora es mi abuela queriendo cambiar de canal y cociendo fanecas, feliz porque el calendario religioso le conceda tantas oportunidades de condenarme a perpetuidad sin esperar, siquiera, a la lectura formal del veredicto. De ella aprendí a ser transparente todo el año, a no bajar la guardia por el mero hecho de ser Navidad. Siempre me resultó admirable esa capacidad suya para enfermar en Nochebuena y Nochevieja, los únicos días del año en que mis padres planeaban salir a bailar… ¿Pero cómo no me van a gustar las Navidades?

Estas últimas, sin ir más lejos, las hemos pasado toda la familia esperando a que se muriera alguien. Sé que podemos parecer una gente horrible pero, créanme, era por una buena causa: necesitábamos un corazón prestado para mi primo Álex. El que traía de serie se le paró a los 14 años, soñando con ser futbolista, y la cirugía que debía reparar aquel desaguisado no salió del todo bien. El 1 de enero cumplió 21, enchufado a tantas máquinas y con tantos tubos colgando que parecía un coche de Fórmula 1 en el ‘paddock’. Por fortuna, Álex ya no cree en los Reyes Magos. Nos ahorramos, así, el cinismo de explicarle que él ha sido bueno y su donante malo, muy malo. Nunca se lo he preguntado  pero quizás fuera eso lo que sentía de pequeño, cuando las posibilidades económicas de mis tíos daban para lo que daban. Y por eso me gustan tanto las rebajas de enero, supongo: porque hasta los más pequeños de la casa saben que El Corte Inglés —o el Primark— son los padres; no van de buenos y de malos, como la Navidad moderna y las viejas películas.

Buenos y malos
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