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Beso

Todo se precipita cuando el tiempo se detiene. Es una ley de la física aún sin demostrar

MaruxaEn algún momento se miraron diferente, con más interés. Llovía fino y la noche reclamaba su espacio a un día gris, medio raro. La gente iba y venía, entraba y salía de lugares desconocidos que en ocasiones parecen bares y, en otras, abismos. "Voy a empezar por el principio, cerca del precipicio donde siempre quise estar". Bunbury lo ha dicho todo antes y mejor, no vale la pena intentarlo. Volviendo a ellos… Se buscaron con pasos cortos e improvisaron palabras bonitas con las pupilas derrumbándose por los labios del otro, como si no quisieran decirse mucho más pero tampoco menos. 

"La pausa que precede al primer beso, ese es el instante más difícil de olvidar o de recordar", dice él. "La memoria siempre tiene sus propios sus planes". Le acaricia la mejilla con una mano mientras utiliza la otra para enjabonarle el pelo. Cuando la conoció, aquel día de lluvia fina, ella lucía una melena lisa de color azabache, sureña. Cuesta descubrirla en su pelo mustio de ahora, enredado en canas y bucles imposibles de descifrar. El suyo no ha corrido mejor suerte pero nunca valió gran cosa, hijo de su padre y nieto de su abuelo, estirpe de pelos marrones y rutinarios. "¿Lo recuerdas, aquel día?", prosigue. 

Todo se precipita cuando el tiempo se detiene. Es una ley de la física que nadie ha podido demostrar, al menos no todavía. Todo se desplaza, se desequilibra y se vuelve a equilibrar, en ese juego en el que importa, por encima de cualquier otro resultado, no perder. Es una armonía sorda de complicidades, deseos e inconformismo. Todo se vuelve confuso, hasta el punto de que son las manos las primeras en encontrarse, como si la entrega definitiva necesitase de ciertos formalismos. El aliento cálido, los labios entrelazados, las lenguas que se tocan… Todo eso llega después. 

"No te acuerdas de nada, ¿verdad?", dice o piensa él. A menudo ya no sabe si verbaliza sus pensamientos o simplemente oculta sus palabras. Habla con ella pero no puede evitar sentir la sensación de que está hablando solo y eso lo desgasta. La soledad es peligrosa porque te obliga a enfrentarte una y otra vez contigo mismo, a debatirte entre tú y el otro, el que habla o el que piensa. "Y ahora un poco de agua para quitarte este jabón, espera". Ella mira al frente, mientras tanto. Siempre lo hace, siempre la vista clavada en ese plano fijo en el que parece buscar respuestas, puede que incluso preguntas. "¿Qué se te pasará por esta cabeza tuya tan estropeada?", se enfada él. Esta vez, está del todo seguro, lo ha pensado. "Qué bien te portas siempre", dice en voz alta para compensar su mala conciencia. 

Se besaron hasta que cesó la música y, varias horas más tarde, seguían buscándose por los portales, asustados de quererse tanto pero divertidos por apenas conocerse. Después, antes de despedirse, vuelve ese silencio administrativo que señala el final del concierto. Ella se aleja mirando hacia atrás cada tres o cuatro pasos y él no la pierde de vista, como si tuviese miedo a olvidarla tan pronto como se cierre la puerta a su espalda. Se llamarán, volverán a verse. Improvisarán más allá de los besos. Se irán a vivir juntos, criarán a un hijo con el mismo pelo quejumbroso de su padre. Ella será la madrina de bodas, cuidará de los nietos y un día, cualquier día, empezará a olvidarlo todo, a no saber quién es ese hombre que le moja el pelo con agua tibia mientras clava la mirada en ningún sitio porque es su única defensa contra el miedo.

"Teníamos quince años, aunque ya no te acuerdes", le dice mientras trata de secarle la cabeza con una toalla. "Y ahora volvemos a tener quince años, mucho más viejos pero quince años, al fin y al cabo". Salen de la ducha, la sienta frente al tocador y comienza a peinarla con un cepillo de púas gruesas, negras como aquel cabello suyo de juventud. Es entonces cuando ella se lleva un dedo a la boca. Se toca los labios, los ausculta y balbucea algún sonido con dificultad, la mirada clavada en su propio reflejo, visiblemente intrigada. "Si, amor", sonríe él por primera vez en mucho tiempo. "Nuestro primer beso, ¿te acuerdas? Llovía fino, muy fino".

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