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De peluqueras, cabezas pensantes y pistolas

ME LO PARECE a mí o sucede con las campañas electorales lo mismo que con la típica boda de pueblo, que cuando llega el momento de sentarse a la mesa ya no quiere uno ver más comida ni en pintura?

A David, mi peluquero, se le nota el hartazgo en el ritmo frenético con que mueve las tijeras, un poco por donde caigan, como si en lugar de sanearme las puntas estuviera pergeñando una nueva reforma laboral. "¿Cuánto llevamos ya con la dichosa campañita?", me pregunta en el momento álgido de su exposición. En cualquier otra circunstancia me dejaría llevar por el oficio y le confesaría la verdad: que no ha hecho más que comenzar. Pero allí sentado, completamente a su merced, opto por guardar un escrupuloso silencio y fingir cierta indiferencia porque, en el fondo, siento que me preocupa más la viabilidad de mi nuevo flequillo —incluso la pérdida de un ojo— que su derecho a la información.

Supongo que es esa, precisamente, la primera lección en firme que saco de esta experiencia electoral: no subestimar jamás el instinto de supervivencia de los políticos. Solo así se explica que Pedro Sánchez y las cabezas pensantes del PSOE —incluído el enorme busto de su fundador que luce totémico en Ferraz— hayan optado por rechazar el debate propuesto por la televisión pública. A los socialistas les preocupa que la extrema derecha se incruste en las instituciones pero al mismo tiempo exige su presencia en los platós, lo que me lleva a la segunda lección de campaña que apuntar en mi diario: no se entienden unos comicios electorales en este país sin la típica contradicción flagrante del PSOE. Su estrategia parece basada en la máxima latina del divide et impera que tanto gustaba a Julio César y Napoleón, pero yo me pregunto si no estará siendo Pedro Sánchez demasiado optimista a la hora de elegir referentes.

Por lo demás, las primeras horas de campaña nos están dejando imágenes tan magníficas como el posado de Santiago Abascal con La Santina en Covadonga, que ya es más de lo que consiguió Alba Carrillo con Thibaut Courtois. El líder de Vox aspira a convertirse en el nuevo Don Pelayo y liderar una segunda Reconquista, lo que no deja de tener su gracia por dos razones evidentes: que en su día se escaqueó del servicio militar obligatorio y que ni antes, ni ahora, había nada que reconquistar. Si ya dan miedo los peluqueros histéricos al uso, imagínenselos con pistola.

De peluqueras, cabezas pensantes y pistolas
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