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Aquelarre y gusanitos

MUCHO se habla estos días del cinematográfico cartel electoral de Ciudadanos, también a las puertas de un auditorio en el que una marabunta nostálgica espera la reaparición del viejo líder. "Está copiado de una película de Denzel Washington", me dice un conocido de las juventudes populares. No es mal punto de partida, supongo. A fin de cuentas, el actor norteamericano es una mezcla bastante aproximada de Barak Obama y Arcadi Espada, ese arco ideológico de amplio espectro en el que se ha movido Rivera antes de la irrupción de Vox. En estas estamos, poniendo verde al publicista de los naranjas, cuando aparece un coche negro y los flashes de las cámaras comienzan a dispararse frenéticos, centelleantes. Al otro lado de la calle, vigilados por la policía, un grupo de manifestantes increpan al recién llegado —el contraste siempre viste mucho— mientras Mariano Rajoy desciende del vehículo con cara de no haberse ido nunca.

Es el primer mitin con grandes cabezas de cartel al que asisto en mi vida y la puesta en escena me parece impecable, al menos a simple vista. La inevitable decepción llega al enterarme de que no hay servicio de catering, ni siquiera el típico menú de empanada gallega y vino español con el que solían apuntalar sus mayorías los grandes alcaldes de los noventa. "A los mítines modernos hay que venir cenado de casa", dice un compañero de la prensa gráfica que ha leído mi gesto de incredulidad como Aquelarre y gusanitos un libro abierto. "Con suerte te darán una butaca, un tríptico y una palmadita en la espalda". Algo es algo, mira.

A mí izquierda —finalmente me han sentado en las escaleras— dos chavales se ponen en pie al detectar la presencia de Ana Pastor sobre el escenario. Se les ve tan encendidos en el aplauso, tan entregados al aliento, que yo no sé cómo la expresidenta del Congreso se pone a hablar de política en lugar de arrancarse con el Wannabe de las Spice Girls. "Nosotros no escondemos nuestras siglas bajo una bandera", explota la candidata provincial tras un ardoroso elogio a Mariano Rajoy. "¡Nosotros, letras grandes! ¡Nosotros somos el Partido Popular!". Aquello rompe en un estruendo colosal y yo empiezo a sentirme un poco intimidado hasta que una niña —dos, tres años a lo sumo— se sienta a mi lado y me ofrece gusanitos. "¿Cómo te llamas?", le pregunto bajo la atenta mirada de su madre. "Partido Popular", me responde. Parece que el mensaje central del aquelarre va calando.

Aquelarre y gusanitos
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