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Una historia moderna

HACE ALGO más de dos horas que mi avión debería haber aterrizado en su destino y sin embargo aquí me tienen, fumando el enésimo cigarrillo en la entrada principal del aeropuerto mientras una señora con acento andaluz le explica a un señor con bigote por qué pasan las cosas que pasan en este país. “Esto es lo que nos ha traído la democracia, vaya; si ya lo decía mi difunto marido”, se lamenta mientras espachurra otra colilla en una peana metálica llena de arena. El tipo asiente, supongo que por educación, pero parece haber tenido suficiente así que mira su reloj, recoge su maleta y se despide como si llevase mucha prisa, como si él no estuviese atrapado en la incapacidad de la maldita aerolínea para cumplir sus compromisos. Ella me mira de arriba a abajo, sopesando si soy otro de esos tipos solitarios capaces de soportar su incesante palabrería por pura cortesía así que, al primer intento por establecer contacto, le suelto cuatro palabras inconexas en inglés y un gesto evidente de que no hablo su idioma.

De regreso a la cafetería de la terminal me compro un bocadillo minúsculo y una cerveza que me cuestan la friolera de nueve euros con cincuenta céntimos, un atraco a todas luces ante la mirada de un Guardia Civil apoyado en el mostrador, más preocupado por el contoneo del trasero de la camarera que por mis derechos como consumidor. Por la megafonía, mientras pago a la chica del culo bonito bajo la atención inquisidora del representante de la ley, una voz cálida y a la vez burocrática anuncia en tres idiomas que el embarque del vuelo VY1705 ha sufrido un nuevo retraso: la compañía se esfuerza por solucionar el problema cuanto antes, gracias. “Ojalá ardáis todos en el infierno”, pienso para mis adentros con gran cuidado de no exteriorizar mi indignación y ofrecer al amante uniformado la más mínima disculpa para sacar su arma reglamentaria. Sin duda es uno de esos tipos dispuestos a disparar al primero que ose maldecir en presencia de la futura madre de sus hijos, lo lleva escrito en la cara.

Busco una mesa vacía, lo más alejada posible del mostrador, y me dejo caer sobre una silla que me devuelve el golpe, vengativa, y me provoca un dolor agudo en la rabadilla. Abro la lata de cerveza y me bebo la mitad. Quitar el envoltorio al dichoso bocadillo me ocupa un buen rato, tanto que la cerveza ya se ha calentado para cuando me lanzo a por el segundo sorbo.El pan está tan duro que podría utilizarlo como arma defensiva en caso de que, finalmente, el Guardia Civil me rete aun duelo de honor en el aparcamiento.

Desde una mesa cercana me observan dos chicas con pinta de venir de un concierto de rock así que adopto una pose de tío interesante que he ensayado mil veces ante el espejo. Cuchichean entre ellas, a una se le escapa una risita descarada que me obliga a esforzarme un poco más por resultar atractivo así que me atuso el pelo y me acaricio la mejilla, como un pistolero en O.K. Corral. Bebo lo que me queda de aquel caldo enlatado que una vez fue cerveza y levanto un poco la vista, sin darme importancia. Una de ellas me apunta con el teléfono y en la carcasa distingo una pegatina de difícil descripción, una de esas cosas brillantes que se supone aportan cierto glamour a los dispositivos electrónicos. ¿De verdad lo está apuntando hacia mí? Sí, lo está apuntando hacia mí.

Quizás me haya reconocido y esté inmortalizando el momento para presumir ante sus amigas o la propia familia, en el peor de los casos. “Aquí lo tenéis, el chico ese que escribe en los periódicos, ¿cómo se llama? Lo vi en el aeropuerto. Le hice una fotografía, mirad”, dirá visiblemente emocionada. Entonces veo que se levanta y se acerca sin quitar ojo al teléfono, como si me estuviese filmado o buscando el mejor ángulo para captar la esencia del escritor, del artista. “¡Ah, Cabeleira! La vida te sonríe”, pienso. “Estás tirado en un puto aeropuerto, te han timado en la barra de la cafetería, casi te pegan un tiro por mirar el culo a quién no debías y has tenido que soportar las barbaridades de aquella andaluza con añoranza del franquismo pero, amigo mío, aquí tienes tu recompensa: la fama, el reconocimiento, su gozo… ¡Por fin!”.

En mi cabeza empiezo a pergeñar un esquema de autógrafo, unas palabras amables y cargadas de ingenio por si se tercia la ocasión y entonces es cuando ella, que apenas está a un par de metros, ya, se decide a hablar y me pide si, por favor, puedo levantarme. “Será solo un segundo”, dice amablemente. Dos besos del artista, claro, claro… De repente, el teléfono emite un sonido que no comprendo del todo, la muchacha se gira emocionada hacia su compañera y corre para enseñarle su botín: ha cazado un Pokémon rarísimo con una moderna aplicación. “¡Maldita seas, Nintendo! ¡Maldito seas, mundo moderno y cruel!”. Me auto compadezco y me hago pequeño de vuelta a la silla, casi invisible, mientras la megafonía anuncia un nuevo retraso en el embarque del vuelo VY105. Quizás ha llegado el momento de jugarse la vida y comprar otra cerveza, de enfrentarme nuevamente a la muerte vestida de uniforme. A fin de cuentas, qué más puedo perder.

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