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Tatoo

Debajo de la camisa, a la altura de la cadera, tengo un tatuaje que dejó de tener su encanto hace veinte años, cuando el cuerpo empezó a trazar curvas inesperadas sin previo aviso, como de panadero vocacional que todavía vive con sus padres. A esa edad no contemplas la posibilidad de abandonarte al hedonismo o, peor aún, de que el hedonismo te abandone a ti. Nos ha pasado a casi todos, ¿eh? Máxima tranquilidad. Un día te vas a la cama afirmando orgulloso que puedes pimplarte todo lo que te apetezca sin engordar y al siguiente te despiertas con una talla cuarenta y uno de pantalón susurrándote al oído: "recuerda que eres mortal, repoliño". 

Ciudad de DiosYo, con diecinueve años recién cumplidos, un Opel Corsa GSI en el garaje y cuatro perras en la cartera, me enamoré a lo loco de una pelirroja con cara de muñequita y acento de Marín. Lo de casarnos y tener una camada de hijos le pareció precipitado, afortunadamente, así que el paso natural hacia el compromiso se redujo drásticamente a dos posibilidades: ir juntos a las bodas de plata de mis padres o hacernos un tatuaje. Ganó la segunda opción por goleada, que es una manera más o menos sutil de decir que cada uno votó en conciencia pero venció ella por el valor doble de los goles fuera de casa. "No creas que no quiero ir a lo de tus padres", me dijo poniendo ojitos de cordero degollado. "Es que lo de hacernos juntos un tatoo me apetece muchísimo". Y yo, claro está, no me lo creí pero acepté encantado la posibilidad de que una desconocida me marcara la piel con una máquina diabólica en el sótano de una peluquería. 

Para ella elegimos —sí, exacto: la misma democracia que antes— un sol azteca. O inca. O maya… Quién sabe la de cuentos que te tragas a esa edad mientras a una señora de Estribela le dan mechas en el piso de arriba. Para mí, más macarra, más estúpido, un tribal a dos colores que, según ella, tenía forma de delfín. Si lo piensa uno fríamente, cuesta creer que no me hayan agredido más veces en las playas, ¿verdad? A Julio Verne, por ejemplo, le cambió la vida una paliza que le propinó su padre, allá por 1839, sin necesidad de que su novia lo convenciera para tatuarse algo parecido a un pez que no es un pez en el abdomen. Con once años, el niño no se presentó a comer, un comportamiento anómalo que encendió todas las alarmas. Pierre Verne, desesperado, lo buscó por toda la ciudad —incluido el puerto— donde un marino le dijo haber visto a un niño subiéndose a un barco de nombre Coralie: el pequeño Verne pretendía irse a la India. 

El paso natural hacia el compromiso se redujo drásticamente a dos posibilidades: ir juntos a las bodas de plata de mis padres o hacernos un tatuaje 

Sobre mis pretensiones con aquella aventurilla del tatuaje no diré nada, cualquiera se las puede imaginar. El romanticismo ha fabricado más estúpidos que la escuela privada y en mi caso confluían las dos vertientes, era solomillo de la mejor carne de cañón. El amor, a tan tierna edad y sin internet, es una fuerza centrífuga que te empuja hacia el suelo hasta pegarte como un chicle a la suela de la primera —o el primero— que pasa. Nuestras madres nos atiborraban de azúcar y telenovelas, nuestros padres de clásicos del oeste donde la gente va a la guerra con los indios, o con los mexicanos, por una desconocida a la que se le cae un pañuelo desde una carreta. Con estos antecedentes no es fácil tomarse las cosas con calma, vivir, probar, jugar, extrapolar… Todo nos parece rotundo, absoluto, y todo debe suceder a mil por hora, como si uno tuviese miedo de que al pasar las dos horas que solían durar las películas de entonces, el embrujo se desvaneciera. 

Curiosamente, la gente se tatúa más ahora que entonces, donde uno estaba dispuesto a pasarse las agujas por amor. Ayer mismo, en un programa de televisión, vi a un pobre analfabeto explicando a una muchacha muy neumática el significado de unas letras chinas tatuadas en su brazo. Y por su brazo quiero decir el de ella, que en el de él no tendría la misma gracia por razones obvias. Que un muchacho sevillano —o de Culleredo, tampoco soy muy bueno para esto de los acentos— con dificultades para decir su propio nombre de corrido, se aventure a la traducción del chino mandarín en la piel de otra persona es una de las consecuencias primeras de esta escuela de pensamiento que están estableciendo los tatuadores de medio mundo con el permiso del otro medio. Todo el prestigio intelectual que antes recaía en arqueólogos, filósofos o pintores, se concentra hoy en figuras semidesconocidas que conocen los entresijos del mundo mejor que los más reputados politólogos o tertulianos de la televisión y, curiosamente, muy pocos de ellos llevan algún tatuaje bajo la camisa de El Ganso: da que pensar. 

"El hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado", decía el arquitecto y escritor Adolf Loos. "Los tatuados que no están detenidos son criminales latentes o aristócratas degenerados. Si un tatuado muere en libertad, esto quiere decir que ha muerto antes de cometer un asesinato". Con lo que llevo encima, diluido el tono violeta en un triste azul sucio, procuraré no pasarme ser categórico, como el autor de Ornamento y delito, pero les dejo —gratis— una advertencia: sospechen de cualquiera que no entienda el valor artístico de una vida desdibujada, no importa de qué lado de la piel.

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